5/3/08

Imagen urbana II

Corrientes al 3.200. Estoy en la esquina donde hace poco se abrió un resto bar, Pertutti. Enfrente, cruzando Corrientes está el Abasto. En la otra esquina, el Banco Patagonia, al lado del cinco estrellas. Allí me dirijo, debo hacer un trámite. La luz del semáforo indica que me detenga. Mi instinto de autoconservación también. El torrente de automóviles desbocados que circula por Anchorena hacia el norte intimida. Acá nadie frena. Mejor desensillar hasta que aclare (pensé), aunque hay quien se obstina en cruzar de todos modos, a riesgo de su pellejo y –probablemente- el de todos nosotros; si se produce un accidente en el lugar, alguno de los ases del volante que andan sueltos por la ciudad termina arrasando la vereda que, hoy por hoy, no es garantía de nada. Estamos en Buenos Aires, es jueves, una y media de la tarde. Es duro.
Me pongo a najusar de cotelete la esquina que se encuentra en diagonal a mi posición. Allá está Carlos Gardel, tamaño grande, sonrisa congelada, eterna, bastante mal pintada por cierto. Pero… ¿Qué hace Carlitos ahí? ¿Qué es ese pajarraco que sobrevuela su funyi? Me olvidé del semáforo, también del batuque de la calle, desbordante de confites con motor y cuatro ruedas, o dos, por ahí más peligrosos. Vean lo que cuento.


Sucursal Carlos Gardel… ¡Ay! Carlitos, ahora te usan de sucursal, a vos –único ídolo indiscutido de la Argentina- que cada día seguís cantando mejor. A vos, hermano, que sos de bronce. “Qué atropello a la razón…”
Sigo viendo, el trámite ya no importa; que se cobren intereses, para eso están los cuervos. Me capturó la escena, una que se replica por todo Buenos Aires. Porque hay dos Buenos Aires (¿sólo dos?). La que la mayoría ve y la que está ahí y no vemos, toda vez que para ello es necesario alzar la mirada. Sí, hay que mirar para arriba, sacarse la cara de culo, olvidarse de las baldosas (flojas) de la vereda e, insisto, alzar la vista. Se trata de orientar la mirada hacia la vida.
Y allí está él, el edificio. Bello, pero atravesado por la brutal intervención, la de los carteles y la "necesidad" comercial. Esa que no respeta la prosapia ni se acuerda de sus padres.


Arriba, ahora, hay un “Hotel”. Sitio deteriorado, lugar de mistonguelaje, bulín o cotorro donde suena una encordada o descansa la feba. Ámbito de la fiaca, lugar del farabute, ausencia de vento.
A pesar de su aspecto decadente él es bello. ¿Qué se cocinará tras esas cortinas? Está visto que hace calor, las ventanas están abiertas de par en par, vuelan las bastas cortinas, intentando impedir el rayo de sol, buscando el frescor de la sombra, afirmando el equívoco arrabalero de la media luz. “A media luz los besos…”
Me desvío. No cruzo la calle para llegar al banco, voy para el otro lado y sigo observando –espantado- esa porquería (la llaman, con hipócrita inocencia, “marquesina”), que ha despachurrado la bella arquitectura de la Reina, esa que los porteños persisten en destruir sin entender que allí está el negocio, si eso es lo que están buscando. También están el pasado, las raíces, el maravilloso proceso de la fusión que hace de soporte y da sentido cultural a la metrópoli. “Es lo mismo que sea cura…”


El edificio no es superlativo, sin embargo es bello. Está sencillamente enfarolado. Sus balcones, pocos, simétricos, diría estratégicos, lo completan. Se nota que hubo un maestro frentista que, por enésima vez, replicó la gran creación de Miguel Ángel, cuando le tocó completar la fachada del palazzo Farnese. Ese Miguel Ángel que se animó a curvar lo griego. El maestro.


Veo la ajada fachada del “Hotel”, el balcón a la calle Anchorena, los dinteles manieristas, alguna flor, aunque no haya setenta balcones y probablemente se trate de un par de malvones que agonizan entre tanto smog. También veo los cables, eternos desquiciantes de la imagen urbana, producto de la ruindad y la falta de imaginación humana, esa de los sindicatos, los bombos irracionales y los negociados a flor de piel. Cables inmundos que rompen la imagen, señal del deterioro y la irresponsabilidad, expresión de los brutos. Veo la arquitectura del cinco estrellas, carente de personalidad, igual en todos lados, modelo que a nadie responde salvo al negocio seriado, como el Ford “T”.


Miro al piso, estoy triste. Y veo que el águila, ahora símbolo fashion de la vida saludable de la ropa súper sport, también se desgasta. No hay mal que dure cien años.


Mejor voy al banco y me dejo de joder. Una garabita me espera, nada menos que mi hija.

Nota: Ver (si se quiere) diccionario de lunfardo.

1 comentario:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Liiiiindo post, Frankye. Muy didáctico, porque una cosa es que uno intuya -a partir de la sensibilidad, pero también del desconocimiento- y otra muy distinta, cuando a uno le enseñan a ver.

Ese cinco estrellas podría estar en el Abasto como en Toronto o Sidney, pero en cualquiera de esos lados sería sapo de otro pozo. En cambio, el modesto clon del Farnese tiene esa dignidad que ni siquiera el adefesio de Montagne logra menoscabar.

Pobre Zorzal, se ha hecho cada cosa en su nombre...