29/6/08

Composición tema: La Vaca


-¿Qué te gustaría ser cuando seas grande, Francisquito?
-Vaca, Señorita. Yo quiero ser vaca.

El diálogo ocurrió hace unos cuantos años y “Francisquito” era quien esto escribe, en tiempos de mis primeros palotes.

Es que no podía salir de mi asombro al enterarme, maestra mediante, que existiera animal tan generoso, al que jamás había visto, salvo en las figuras de mi libro de lecturas o en la lámina que se expuso en el pizarrón, aquella que anoticiaba a quien quisiera entender que tal prodigio de la Naturaleza –la vaca, digo- era un bicho extremadamente útil y -agregaba yo- en formato “milanesas con papas fritas”, fascinante.

Imaginen: la leche con vainillas a la hora de la merienda, las citadas milanesas, el cuero (y con este la tan soñada pelota número cinco, amén de zapatos, portafolios, cinturones, carteras, adornos y la extravagante alfombra que a mi madre se le ocurrió instalar en casa, un cuero de vaca entero, con pelos y todo), la grasa de los bizcochos para el mate, el dulce de leche y, lo más significativo, los caramelos Mu Mu, aquellos que te llenaban la boca hasta reventar de dulce placer infantil. No cabía espacio para la duda, a la vaca no había con que darle.

En mis aventuras por el barrio y el potrero junto a las vías del ferrocarril cercano a mi casa, donde corríamos detrás de una pelota que alguna vez llegó a ser de cuero -en Quilmes, no tan lejos de Buenos Aires- no había vacas. Ellas estaban en el campo. Había un caballo, matungazo él, que no viene a cuento aunque es parte del cuento. El estaba.

Nosotros jugábamos a la pelota y el matungo se ocupaba de cortar el pasto. A esto llamo yo una asociación convergente y, por que no, productiva. ¿O acaso los goles, las gambetas y las patadas que nos propinábamos no fueron productivas? Ni les cuento del festín del matungo, que terminó panzón.

Los pibes del barrio estábamos creciendo, comenzando a ser lo que hoy somos. Había de todo: morochos y rubios, hijos de tanos, gallegos, polacos, correntinos, formoseños o cualquier otro sitio. Teníamos nuestras diferencias y peleas, como era de esperar. Así y todo, podíamos andar juntos, encontrábamos la forma de saldar las contradicciones y, cuando no estaba claro si había sido gol u orsai o a quien le correspondía llevarse el pozo de figuritas o las bolitas, tras dura competencia callejera, recurríamos a Don José, un jubilado ferroviario –sabio, por ferroviario y por viejo- que terciaba e impartía justicia. En todo caso para nosotros representaba la autoridad que dan los años, cuando se han llevado con dignidad. No necesitábamos código de convivencia, simplemente convivíamos. Los códigos estaban implícitos.

Mi maestra no sólo había enumerado las virtudes de la vaca. También nos contó del campo argentino y sus gauchos, entre ellos los de Güemes, tipos con pelotas si los hubo (¿debería decir huevos?).
Contó de labradores y cultivos, habló de gente de trabajo y a todos nos quedó claro que, por suerte, habíamos nacido en un rico país. También habló de estancieros. Y no solo eso. Pude enterarme que miles de inmigrantes, corridos por las miserias y las guerras de otros sitios, habían puesto manos a la obra. Era simple: oportunidad y trabajo. Allí estaban los chacareros. Pensamos en el futuro.

Poco tiempo después conocí al campo. Me apabulló. Tantas estrellas en el cielo, tanto verde; el horizonte más allá del horizonte. Y las vacas, por supuesto. Y los paisanos, ya no gauchos, el fruto de la generosa fusión entre el inmigrante y quien por ahí andaba, fuera gaucho, indio o cimarrón.

-Mirá, mirá. ¡Vacas! Mis hermanos y yo nos entusiasmábamos señalando a los mansos bichos desde la ventanilla del ómnibus que nos llevaba a un sitio en el que pasaríamos las vacaciones. Los bichos, las vacas, ni bola. Rumiaban y, ahora lo pienso, esperaban su destino.

Años después, ya enterado de mataderos y frigoríficos, se me fueron las ganas de ser vaca. Romántico sí, pero no estúpido. No tengo vocación de convertirme en media res.

Más tarde mis conocimientos académicos avanzaron lo suficiente como para seguir rindiendo pleitesía a la vaca: conocí el asado, el de los argentinos, el mejor de la tierra, no lo duden.
Y si no lo es, no importa, el asado no es una comida, es mucho más. Se trata de una ceremonia, algo ritual, artístico. La parrilla es un objeto sensual, absolutamente estético. Las brasas aportan el calor, el punto justo de la vida. El vino hace lo suyo, vaya novedad. Y, amigos, la paciencia del asador es inimitable, tal como la paciencia de los argentinos, empezando por la de los campesinos.

Porque los argentinos, aunque no siempre nos mostremos ni nos vean de este modo, somos pacientes, extremadamente pacientes. Tanto que tenemos una consigna, un valor (¿o disvalor? Es para pensarlo), que no es otra que “El aguante”. Los argentinos aguantamos.
¿Y qué aguantamos los argentinos? Respuesta: a nosotros mismos. A nadie más, porque los demás, los otros, no somos nosotros y, lo que hagamos nosotros, será respetado por los demás en tanto nos sepamos respetar.

Hablé de conocimientos académicos. Los hubo. También de los otros, a veces más ricos. Con el tiempo fui conociendo y comprendiendo nuestra historia. Aún estoy en eso, ya que nunca se terminan estas cosas, siempre hay algo nuevo que aprender. También entendí que los procesos sociales, en todo sentido, tienen necesariamente su contexto y es en él que debemos analizarlos, si resulta que hacemos honor a la honestidad intelectual.

Pero parece que mi punto de vista no es compartido por algunos connacionales. Así, frente al conflicto o el choque de intereses (por caso, qué hacer con las dichosas vacas, los granos, etc.), se persiste en dividir, chocar, doblegar. Hay odio en el ambiente. Y, sinceramente, no puedo comprender la pertinaz insistencia en intentar reinstalar odios del pasado, cuando –precisamente- son del pasado, se dieron en otro contexto y, encima, nos bañaron de sangre y dolor. Hoy, no mañana, tenemos la necesidad de resolver otros, nuevos, problemas. No hay tiempo que perder.

Es incomprensible que, como ha comentado el periodista Joaquín Morales Solá, en vez de hacer honor al concepto chino de crisis, en tanto oportunidad, fabriquemos una crisis desde la oportunidad. Es muy loco, en todo caso insensato.

Es posible que peque por inocente. Así y todo espero, deseo y creo que al final de esta obra de teatro de enredos que supimos concebir, aparecerán los equilibrios, aún a pesar de sus actores. Los pacientes somos más.

22/6/08

Saber crecer

En el diario La Nación, en su edición de ayer, 21 de junio, se publica un excelente artículo que invito a leer. Espero lo disfruten.


Alfombra roja en Gualeguaychú

Por Bony Bullrich


LANACION.com | Opinión | Sábado 21 de junio de 2008

Democracia


La imagen reproduce un obra de Paul Klee. Su nombre: "Caminos Principales, Caminos Laterales". Klee la realizó en 1929, en tiempos de la Bauhaus. Se trata de un óleo sobre tela, de 83 x 67 cm. y hoy pertenece a la colección del Museum Ludwig de la ciudad de Colonia.
Soy admirador de la obra de Klee y me parece oportuno volver sobre esta imagen y, sobre todo, asociarla al significado que le podemos asignar a la hora de hablar de democracia, palabra tantas veces meneada, muchas menos cabalmente aplicada.
Hace poco más de tres meses se desató un conflicto entre el Gobierno Nacional y el conjunto de los productores agropecuarios del país por una cuestión estrictamente económica: la suba -para mí inoportuna- de los impuestos ("retenciones") a la producción de granos, en particular la vedette de estos tiempos, la soja.
No voy a repasar ni relatar lo que ya todos los argentinos sabemos que ha ido pasando y, quien no lo es, bien puede revisar en los innumerables portales periodísticos o de noticias que Internet nos ofrece.
Lo que me importa destacar es que una vez más se repite una lección de oro: frente a las actitudes irreductibles y absolutas de quien tiene en sus manos la responsabilidad de gobernar una nación que se pretende democrática, en representación del pueblo, tarde o temprano éste reacciona, dando la espalda y repudiando a sus gobernantes. Se podrá decir lo que sea y podrán esgrimirse argumentos de todo tipo, lo cierto es que de un conflicto impositivo, las cosas devinieron en múltiples manifestaciones de desagrado, masivas concentraciones, cacerolazos, desabastecimiento, etc.
Es que hubo algo más importante que los impuestos. Se puso en tela de juicio un modo de entender la política, una forma de gobernar que -al parecer- se basa en la existencia de caminos únicos, sin admitir lo que es una verdad a gritos: hay caminos principales y los hay complementarios, y todos ellos nos llevan a destino. Si los diversos caminos son aceptados, combinados, integrados, este destino será el mejor, el que las mayorías esperan.
Se trata -en definitiva- de un modo de vida, de una cultura democrática que rechaza ser avasallada a empellones y aspira a los equilibrios.
Felizmente el instinto de autoconservación de buena parte de la clase política argentina, oficialismo incluido (y también de la dirigencia agropecuaria, que supo dar algunos ejemplos), ha llevado las cosas al plano que nunca debió abandonarse, el Parlamento.
No hay sistema democrático que funcione si la institución legislativa, expresión política de la sociedad, no es actora en las decisiones que norman la vida del conjunto. Y no hablo sólo de los resultados finales que mayorías y minorías electorales pueden producir. Allí deben expresarse, sin excepción, las corrientes de pensamiento de una nación, sean éstas mayorías o minorías; o de otro tipo, producto de la sana y legítima negociación. Porque, para bien de todos, también se han retomado la negociación y el diálogo.
No tengo la menor idea de los resultados finales que presenta el nuevo escenario. Lo que sí creo es que la política ha recuperado un espacio largamente perdido y sus actores tienen una oportunidad inmejorable de estar a la altura de las espectativas del común denominador de los ciudadanos. Creo que debemos saber revalorizar la política, en el más amplio sentido, entendiendo de una vez por todas que en una sociedad que se pretende democrática, nunca hay colores absolutos, sino matices.
Tantos matices como caminos y parcelas nos muestra la obra de Klee. En ellas estaremos quienes pisamos este hermoso suelo, laborando, avanzando más distendidos hacia el cenit del cuadro, curiosamente celeste, blanco y celeste.

21/6/08

Enjaulados

El sujeto estaba bien, expectante. Sábado a la tarde. Las cuatro paredes de su departamento, piso 27 con vista al Río de la Plata, lo separan del resto. Tiene su PC último modelo que -Internet mediante- lo comunica con el mundo entero y si esto no bastara, está la T.V. tamaño gigante. Ella le cuenta lo que a sus actores se les da la gana, haciendo de la realidad un perverso juego de imágenes que el sujeto incorpora con convicción.
La heladera conserva un razonable stock de alimentos precocidos congelados y el microondas será fundamental a la hora de poner a punto algún engendro alimenticio congelado “listo para ser servido en menos de lo que canta un gallo” y, si esto fallara, siempre está lista y servicial la cocina alimentada a gas. No es muy complejo hervir un huevo y una papa para completar un nutritivo puré.
Hay reproductor de DVD, hay películas en DVD… En fin, que no faltan aparatos ni tecnología. Hay de todo, nada falta.
La noche, quizás el fin de semana completo, se presentaban prometedores. Julia (una morocha nacional, argentinamente linda, también admiradora de las pantallas, los botoncitos y, en su caso, las siliconas), prometió compartir una cena en su castillo, el del piso 27 con vista al río marrón, rodeado de vigilancia, alarmas, extintores contra incendios, cartelitos, seguro médico, ambulancia sin cargo y la mar en coche. El castillo tiene paredes de yeso, a la usanza ultramoderna.
Está todo bien, él paga por estar bien. Después de todo es ahora gerente del pomo en la compañía de la felicidad de los jóvenes ejecutivos, siempre felices, en sus pisos 27. Ya usa corbatas de seda, toda una señal.
Abajo se escucha el rumor de la ciudad, el sordo ruido de la vida agitada, cada vez más viscosa, del conglomerado urbano, en este caso Buenos Aires. Abajo pasa de todo, pero no le importa. Arriba también, pero no lo sabe. El está en su refugio de yeso, se cree protegido, por ahí pasa algo con Julia y, en todo caso, se va a castigar con algún chat caliente o, de última, vuelve a ver “Corazón Valiente”, como para darse manija con la epopeya amorosa de Mel Gibson a los efectos de replicarla con la secretaria del departamento de suministros (¿Felisa... Melisa...Cómo era?) de la compañía de la felicidad, en este caso rubia teñida, posiblemente una morocha arrepentida. Para ello acometerá a mails, memos y presentaciones al reventado gerente de la felicidad que compite con él por las mismas intimidades femeninas y las mismas corbatas de seda.
A las 21:00 hs se cortó el suministro de energía eléctrica. No hay PC, ni DVD, ni microondas, ni nada. Nada.
El portero electrónico no fue mantenido como correspondía por el administrador del consorcio y, en consecuencia, al interrumpirse el suministro de energía deja de funcionar. Por ahí Julia se gastó el dedo índice apretando el botón correspondiente o, eventualmente, no vino nunca. No lo sabrá jamás. La morocha no apareció y, si lo hizo, lo mandó al depósito de los descartables por no tener sus botones en orden.
Los de la vigilancia se habían borrado. Decidieron comenzar medidas de fuerza porque no se sienten contenidos y les duele el callo del dedo meñique y, como los de la C.G.T. los apoyan (hay internas en el ámbito sindical y no es cuestión de andar perdiendo votos), deciden tomarse las de villadiego un sábado a la noche sin aviso ni anestesia, por más que haya corte de energía o, por ahí, porque lo hubo y les tocaba trabajar, hacer lo suyo.
El sujeto tenía un libro para leer, sólo uno (es comprensible, entre tanto aparato, vigilancias y Julias, no debe sobrar el tiempo para leerse algo), pero no hay luz. Sale al pasillo, las de emergencia tampoco funcionan. Ya se dijo, el administrador es un trucho, solo administra su cuenta personal. De lo demás que se ocupen sus abogados.
Después de bajar y subir los 27 pisos un par de veces (no hay una tercera, el físico no aguanta), para ver si la fémina aparecía, sin éxito alguno, decide llamar a cuanto 0800 de “atención al cliente” o “de protección al ciudadano” existe. No hay caso. Las líneas están ocupadas y/o “todos nuestros operadores se encuentran ocupados”, que es lo mismo que decir que no hay nadie, nos fuimos y, en una de esas nos está pasando lo mismo que a vos, gil.
Mensaje ulterior, más elaborado, “¿pero cómo te has creído que te íbamos a atender, si eso no es lo nuestro? Pibe, nosotros estamos para cobrar subsidios en esto de la distribución de la riqueza. Vos sos una excusa.”
La energía no vuelve. El sujeto recordó que la noche anterior el recontra ministro de las energías, las construcciones y todo lo que implique dinero, afirmó rotundamente que la energía sobraba. Pero no, no hay, está cortada y a otra cosa. Parece que el tipo se mandó una mentirita. ¿Le crecerá la nariz?
Excitado y a las puteadas, opta por la papa y el huevo hervido, a la luz de una vela que, por suerte, dejó alguna vez por allí su vieja, que por vieja, era previsora.
No hay gas, bajó la presión, no se sabe bien que ecuación de los subsidios falló o que lío se armó en Bolivia, pero el gas brilla por su ausencia. No hay ni papas ni huevos hervidos y la vela se consumió, no es de goma ni eterna, tampoco su pobre vieja… mucho menos el equlibrio del sujeto.
Luego del apagón, que se tomó su tiempo, unos días después, las siempre sonrientes y conspicuas caras de los comunicadores radio televisivos, con cara de póquer y brillo de aceite monetario extra sueldo en sus falquitreras, anunciaban el extraño caso del sujeto del piso 27.
En una apretada síntesis (ya se sabe, no hay tiempo para el análisis, el tiempo es tirano, sobre todo si se trata de desgranar las cosas como corresponde), se informó que el pobre infeliz repetía a modo de letanía “nada funcionaba… Julia no apareció… no tenía PC…. Julia no apareció… estaba solo… la vela… sin huevo ni papa, sin Mel Gibson...”
Por lo que se comenta, la mención de la vela asociada a Mel Gibson fue lo que decidió a los peritos a internarlo en un psiquiátrico.
Es edificante vivir en el siglo XXI sabiendo que nos espera un destino de grandeza, conociendo que los indicadores oficiales muestran mes a mes lo bien que nos está yendo. Da gusto ser eternos campeones “morales”, por más que nos maten a pelotazos.
Julia, mientras absorbía los comentarios del telenoticiero, enroscada en un quía de otro piso 27, también de yeso y con vista al río aunque -al parecer- con mejor ángulo y T.V. más grande todavía, pensó: "menos mal que zafé".

11/6/08

A bola


Reina indiscutida del espectáculo, ombligo del universo, objeto deseado. Mujer esquiva tantas veces maltratada aunque, cuando se le prodiga una caricia, produce el mayor de los placeres: verla entrar ahí, en el ángulo.
Sueño de los pibes, pesadilla de los troncos, amiga de los que saben con ella. La pelota, que no dobla y no se mancha. Esa que a veces no quiere entrar.
La globa, dueña y señora del potrero o la placita de la esquina; conocedora de la calle y las veredas; testigo del encuentro entre amigos o el desafío de solteros contra casados, compañía insoslayable del postrer asado.
El útil en la disputa de la fecha del domingo, balón o el esférico, para los de verba más ilustrada, esos que te explican por qué se fue a la tribuna mientras proporcionan datos tales como velocidad, azimut y que se yo cuántas pavadas más, mientras los players ponen huevo y transpiran la camiseta.
La redonda en el barrio o, si se prefiere, la número cinco esperada, premio casi ficcional, escondido en algún –vaya uno a saber cuál- paquete de figuritas, aunque se tratase de una Pulpo de goma.
Nada, pero nada, la superará cuando se deja acariciar y contener por la red, en conjunción celestial, mientras el grito sagrado de gol revienta en el aire y estremece a la vibrante multitud.
Pelota de trapo o sofisticado producto tecnológico. Señores, a bola.

8/6/08

Campeones otra vez



Y van 33. Falta envido.

Piazzola


Hace unos días cayó a mis manos un ejemplar de la primera edición del libro Astor Piazzola – A Manera de Memorias.(1)
Se trata de un trabajo del periodista Natalio Gorín publicado en 1990 por la Editorial Atlántida de Buenos Aires. Luego, según he podido ver por ahí, esta obra fue reeditada por la Editorial Perfil, también de Buenos Aires. Es posible, aunque no tengo noticia de ello, que se haya vuelto a reeditar.
Pretender escribir sobre Astor Pantaleón sería una imprudencia de mi parte. Hay mucho y muy bueno dando vueltas por ahí. Me limito a recomendar la lectura de este amigable libro a quienes no se hayan cruzado con él, basado en memorias del artista expresadas en los meses de marzo y abril de 1990. El 4 de agosto de ese año su salud se quebró allá, en París. Es más, Piazzola nunca llegó a ver los resultados de esta experiencia compartida con su amigo Gorín en la que comienza diciendo:

“Tengo que decir la más absoluta verdad. Yo puedo contar una historia de ángeles, pero no sería la verdadera historia. La mía es de diablos mezclada con ángeles y un poco de mezquindad. Hay que tener algo de todo para seguir adelante en la vida.”

Toda una definición del maestro. Por su parte Natalio Gorin dice en su prólogo:

“… Siento mucho afecto por Piazzola, admiro su música desde hace treinta años, no somos dos desconocidos ni esta idea nació ayer. Astor la conoce desde tiempo ha. Venía madurando, necesitó una investigación previa. Esos son avales para desarrollar la obra. Mi modesta ambición es dejar testimonio para el futuro. Quien fue Astor Piazzola. Qué hizo. Que pensaba. Cómo transitó la parábola de la vida.”

Pues, francamente lo logró.

(1) Natalio Gorín, Astor Piazzola. A Manera de Memorias. Editorial Atlántida S.A., Buenos Aires, 1990. ISBN 950-08-0920-6.

7/6/08

Bergantines, marinos y majas

Ya que estamos, si hablamos de corsarios y aventuras, invito a reir recordando esta genialidad de Les Luthiers: Las Majas del Bergantín.

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Corsarios y piratas


San Clemente del Tuyú. Hace varias décadas, tantas que en aquel entonces las dunas de arena cercanas a la costa se tragaban, corridas por los vientos, de temporada en temporada, alguna que otra de las pocas casas que allí enfrentaban a la Naturaleza, verdadero testimonio del empecinamiento humano, aquel que concluyó con un balneario turístico de la costa atlántica de la Provincia de Buenos Aires. Allí estábamos de vacaciones mis padres, mis hermanos y quien escribe. Tendría, creo, unos cinco o seis años.
Luego de la cena, inmersos en la oscuridad de una noche sin luna, con el rumor del mar muy cerca, mi padre (fiel a su costumbre) relata a su audiencia (nosotros, sus hijos) una extraordinaria historia de corsarios y piratas, con doncellas rescatadas y todo. Las batallas eran épicas, los personajes de temer, aún los “buenos”, el suspenso intenso.
En lo más álgido del relato, su voz castiza me espeta:
-Quico, sal fuera y haz de vigía. Dinos si se acerca una nave sospechosa. Debemos proteger a las princesas- Vale aclarar que ellas no eran otras que mis hermanas, también protagonistas del relato.
Francamente la consigna del corsario Pata de Palo (o sea mi viejo), no me gustó nada. A esas alturas (y diría que, hoy por hoy, tampoco), no me atraía demasiado esto de salir a la nada, en medio de una noche cerrada, con el rumor del mar –insisto- allí, siempre presente.
-¿Por qué no sale el alférez?- ensayé, en un intento de trasladar responsabilidades hacia mi hermano que, como era mayor, ostentaba un grado intermedio. Escalafones son escalafones.
-¡Hombre! Los tenientes no son vigías. Tú eres grumete y te corresponde el lance.
A regañadientes y con evidente cagazo, enfrenté mi destino. Enfilé hacia la puertita de atrás, la que daba a la playa; la abrí, dí dos pasos, dirigí mi vista hacia la oscuridad haciendo visera sobre mis cejas con una de mis manos, tal como mi padre me había enseñado que se miraba hacia el horizonte y, sin ver nada de nada, no tardé ni un segundo en decir a viva voz:
-¡Bergantín enemigo a tres mil leguas!
Mientras me enfrascaba en una rápida vuelta al interior de la casita que nos cobijaba, atronaba la carcajada familiar seguida del abrazo de mi padre diciendo:
-¡Muy bien, grumete, muy bien! ¡Ojo avizor!

Sobremesa del domingo. Tarde gris de invierno, niebla y humedad. Nada nuevo, si de Buenos Aires hablamos. En el combinado sonaba un long play de un cantor quien estrenaba su primer disco solista, luego de haberse hecho notar en varias orquestas típicas: Roberto Goyeneche. El hogar de leños nos cobijaba y la digestión de la inevitable paella de los días festivos invitaba a la siesta. Ese día, no me acuerdo cual, no hubo siesta. Pata de Palo sacó uno de sus libracos y comenzó a leer:

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.


El poema, de José de Espronceda, es extenso. Y bello. Me impactó tan colosal comienzo y, además, caló muy hondo en mí esta estrofa:

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.


Hubo un tiempo en que podía recitar con razonable solvencia La Canción del Pirata, al punto que mi maestra de la escuela primaria, ya harta de soportar mi hormigueo infantil, logró calmarme por un tiempo bajo promesa que recitaría tal poema en el acto de fin de año, cosa que ocurrió. La platea (o sea mis padres, hermanos, los amigos del barrio y –obviamente- la maestra), aplaudieron a rabiar, razón por la cual consideré que el asunto había sido un éxito rotundo y, después de todo, horadar a mi joven y paciente maestra había dado sus frutos: como todo niño buscaba su amor y reconocimiento.

Como no podía ser de otro modo, pronto me enfrasqué en la lectura de las extraordinarias aventuras del Tigre de la Malasia, Sandokan, y otras tantas. ¿Leen hoy los jóvenes a Salgari? Si no lo hacen, cosa que me parece no ocurre, no saben lo que se están perdiendo. Una lástima.

Ha pasado mucho tiempo y con su paso se produjeron cambios. Sin embargo hay cosas que, aunque nos esmeremos, no cambiarán en su esencia. Y si no, que alguien me explique la razón del éxito del tema de Joaquín Sabina, La del Pirata Cojo:

Pero si me dan a elegir
entre todas las vidas, yo escojo
la del pirata cojo
con pata de palo
con parche en el ojo,
con cara de malo,
el viejo truhán, capitán
de un barco que tuviera
por bandera
un par de tibias y una calavera


O si volvemos a la literatura, las recientes historias del Capitán Alatriste, personaje de Arturo Pérez Reverte, que disfruto en las noches de insomnio o algún fin de semana, cuando las obligaciones dan paso al descanso, la imaginación y la aventura, aún sin salir de casa. Se trata de disfrutar y también de reflexionar. Una de cal y otra de arena, diríamos por estas tierras.

Eso sí, haciendo honor a los escritos de Reverte, es del caso no confundir entre piratas y corsarios. Parece no ser lo mismo. Leamos:

“Y pues de ingleses hablamos, debo señalar que quienes se conducían en el Mediterráneo con menos vergüenza y más desafuero no eran los turcos o los berberiscos, que solían ser puntales en cumplir los acuerdos entre naciones, sino aquellos perros de agua venidos de mares fríos, desalmados y borrachos, que con el pretexto hipócrita de hacer la guerra contra los papistas, se comportaban no como corsarios sino como piratas, comprando complicidades en puertos como Argel o Salé. Tal era su calaña que hasta los mismos turcos los miraban con poca simpatía, pues de tapadillo saqueaban a todos sin reparo de carga ni bandera, amparados por sus reyes y comerciantes; que mientras disimulaban en público, fomentaban en privado sus correrías, embolsándose los beneficios. He dicho piratas, y esa es la palabra que les cuadra; pues, según la vieja usanza, el corso era una ocupación antigua, tradicional y respetable: unos particulares asociados y provistos de su patente –el permiso real para saquear a enemigos de la corona- armaban una nave para el lucro privado, comprometiéndose a pagar su quinto al rey y a regirse por leyes concertadas entre naciones.”(1)

Si uno lo piensa dos veces y observa más allá de las palabras e imágenes mediáticas encontrará, creo, a corsos y piratas. No es lo mismo. Hay códigos. O debería haberlos.

(1) Arturo Pérez Reverte, Corsarios de Levante, Alfaguara, Buenos Aires, 2006. ISBN 978-987-04-0630-3