13/12/08

Se nos recibió el pibe

Era un grupo heterogéneo. Poca contención familiar, al menos en lo que a la escuela se refería. En él estaba el pibe. Grandote, dos segundos más tarde que el resto, dormilón. No entendía nada. Primera impresión, la que no nace en el compromiso, este está jodido.
Fué pasando el año y las sucesivas clases. El pibe seguía dos segundos más tarde, torpón, pero intentaba, insistía. Una mula.
Llegó fin de año. El promedio no le daba, estaban faltando unas centésimas y el fatídico redondeo lo desfavorecía. Momento de decisión, momento que muchos profesores vivimos y, si tenemos consciencia de lo que estamos haciendo y nos importa la materia prima con la que trabajamos, es un momento de angustia. Nuestras decisiones, inapelables (salvo flagrante desaguisado, pero muy flagrante debo decir) son centrales, tanto que -a veces- determinan el futuro de un adolescente. Es que muchas veces esto es un juego de trapecistas sin red, un error puede dejar estampado a un joven en el piso, del que puede no levantarse nunca más.
-¿Qué hacemos, pibe? Le dije al joven niño que tenía delante, grandote, torpón pero, insisto, persistente.
Silencio. Normalmente los chicos hacen silencio. Tienen miedo, no se animan. Podrían animarse más pero, claro está, se les debería enseñar a hacerlo, enseñarles a expresar lo que piensan o sienten.
-Estamos en el horno, el promedio no da- continué aquella mañana, en ese momento crucial, hace ya unos años.
-No sé, dijo el pibe... ¿No me puede dar una oportunidad?
Estuve a punto de contestarle que hacía nueve meses que estábamos de oportunidad en oportunidad, y varias cosas más, todas ellas propias del repertorio habitual. Pero no sé por qué no lo hice, abrí mi boca pero no salió de ella ninguna palabra. Sólo hubo un silencio denso (para mí, supongo que para el pibe más que denso fue torturante), unos segundos, dos segundos más tarde, como los del pibe, finalmente pude hablar.
-Hagamos un trato, dije. Un trato de caballeros. Te dejo un par de ejercicios que solamente vas a poder resolver en un par de años, cuando estés en el último curso del Polimodal (aclaro, en Argentina, la escuela media); si hoy comprendiste que esto es un trabajo, una construcción (la materia en cuestión era, justamente, Introducción a las Construcciones), una pared que se levanta de a un ladrillo por vez, me vas a venir a ver con tu diploma en la mano y los ejercicios resueltos.
-Los voy a hacer, me dijo el pibe.
Allí se zanjó el conflicto, heterodoxamente.

Pasaron los años, específicamente tres. Los dos que al muchacho le faltaban para terminar su escuela media, y otro más.
Una mañana, bien temprano, llego a mi estudio embarullado en los líos del día que comenzaba. Ya me había olvidado, lo confieso, del pibe que ese día, frente a la puerta del estudio, me estaba esperando.
-¿Qué hacés? Tanto tiempo sin vernos. ¿Qué es de tu vida?
-Vengo a traerle los ejercicios.
-¿...?
-Los ejercicios, profe, los que me dió a fin de año.
En ese momento recordé aquel momento y, obviamente, invité a pasar al muchacho a mi oficina. Admito que, mientras subíamos la escalera, me divirtió la situación y sonreí para mis adentros.
Entramos, preparé un par de cafés, nos sentamos en mi oficina y dije:
-¿A ver, qué tenemos?
El extendió frente a mí unos rollos de planos y láminas, desprolijas, borroneadas varias veces (señal de trabajo), desordenadas... pero bien resueltas. Había hecho los ejercicios, le había costado hacerlo, pero los pudo hacer. Confieso que tuve que contener la emoción. El chico había cumplido su compromiso, el pacto de caballeros.
-¿Y en qué andás ahora? ¿Estás trabajando? ¿Vas a seguir estudiando?
-Vengo a pedirle trabajo, profe.
-Pero yo no te puedo pagar. Trabajo hay, pero las cosas están muy complicadas y sinceramente no estoy en condiciones de poder pagar.
-Yo quiero aprender. Dijo.
-Pero repito que no puedo pagar y acá nadie trabaja si no cobra.
-Yo quiero aprender, insistió tozudamente, cual mula, como cuando lo conocí en su adolescencia.
-¿Así que querés aprender?
-Sí.
-Bueno, vas a aprender. Te aseguro que acá te vas a hamacar. Pero hay una condición.
-¿Cuál? Ya le dije que no me importa cobrar.
-No, pibe, cobrar vas a cobrar; no se jode a la gente. No esperes un gran sueldo, pero si trabajás con nosotros vas a cobrar.
-¿Y qué tengo que hacer?
-Seguir estudiando, recibirte de Maestro Mayor de Obras. No te podés quedar con lo que tenés, no alcanza, vos tenés un título secundario que es bastante inservible, mal que nos pese. Tenés que completar tu tecnicatura.
-¿Seguir estudiando?
-Si, boludo, seguir estudiando. Si te cabe, estás contratado.

Pasaron dos años. El muchacho, ya un joven hecho y derecho, no solo trabajó y aprendió en la práctica de la realidad cotidiana. Formó una pareja, tuvo un hijo hace unos meses atrás (un bebote tan grandote como el padre) y, finalmente, se recibió. Dos segundos más tarde, pero lo hizo. Fue ayer.

Ayer, viernes, mi cabeza estaba en Marte y mis pensamientos andaban por Plutón, o más lejos. No sé por qué se me ocurrió preguntarle a mi colaborador, el pibe, en qué andaba con sus materias.
-Bien, ya aprobé la de fulana y mengana. Me queda la de la reventada de zutana.
-¿Y qué da y quién es la reventada de zutana? Pregunté, ya que no conocía a zutana (es decir la señora profesora), cosa que es habitual en mí, toda vez que uno es un dinosaurio que todavía trasiega algunas aulas, pero el espacio escolar ha sido ocupado por otra generación y, encima, soy un despistado.
-Estructuras, me contestó.
-Jodido. Por ahí la profesora no es tan reventada y lo que pasa es que no entendés nada. Yo tampoco entendía nada cuando estudiaba estas cosas. Bueno, no te calentés. ¿Conocés a Piero?
-(...)
-Es un tipo que cantaba, no demasiado bueno. En una época se le dió por hacerse el "gurú", se vistió de blanco y se puso a cantar una canción que decía: "tranquilo, manso y tranquilo..."
-¿...?
-A ver, repetí conmigo, traaanquilo, manso y tranquilo... El pibe, que ya me conoce de memoria y sabe que cuando estoy loco, estoy loco, empezó a seguir tímidamente mi desafinada interpretación. "...con las buenas ondas, achicando el pánico..."
Si mis clientes hubieren visto la escena, rescinden inmeditamente sus contratos. Ellos creen que están tratando con gente seria. En realidad creen bien, somos muy serios, tanto como para darle ánimo a quien creía que fracasaría en su último examen. Nada menos que uno de los nuestros.

Seguimos con nuestras tareas y me enfrasqué en la resolución de unas polinómicas relacionadas con las variaciones de precios que son un galimatías.
Después de la "lección de canto" le había pedido al pibe que pasara por el negocio de informática de mi amigo Alejandro, para cambiar el mouse que habían vendido. No me gustaba. Y como Alejandro es un amigo, yo saco, pruebo, devuelvo, vuelvo a sacar, y dale que va. El no es sonso, tarde o temprano me cobra.
Como había pasado un buen rato y mi colaborador estaba desaparecido, lo llamo a su teléfono móvil.
-¿Dónde estás?
-Estoy rindiendo. Contestó susurrando.
-¿Rendías hoy? ¿Por qué no me dijiste? Dije yo, también susurrando, aunque estaba en mi oficina.
-Francisco, estoy rindiendo...
-Bueno, rendí bien. Acordate, manso y tranquilo.

Un par de horas más tarde, con un mouse nuevo en la mano, se planta el pibe frente a mí y dice:
-Me recibí.

Era un grupo heterogéneo. Poca contención familiar, al menos en lo que a la escuela se refería. En él estaba el pibe. Grandote, dos segundos más tarde que el resto, dormilón. No entendía nada. Primera impresión, la que no nace en el compromiso, este está jodido.

2 comentarios:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Me estoy poniendo viejo, Frankye: cuando terminé de leer el post, tenía un nudo en la garganta. Viejo y llorón...

ars dijo...

Mike: Ni te imaginás los lagrimones míos. Es que el "pibe" existe y la historia, más allá de algún detalle literario, es la pura verdad. Y sí, uno se pone viejo...