7/12/08

Volver

Pasaron varios meses. Finalmente volví al barrio, este barrio que vivo en cuotas pero que definitivamente me ha atrapado. Aquí estoy de nuevo, en el Abasto, mientras miro a Buenos Aires desde el nido del piso 24.


También ha vuelto Soledad, mi hija, con su carga de cajas (muchas), la mayoría de ellas abarrotadas de libros, apuntes, publicaciones y demás. Mucha palabra impresa, algo propio en una socióloga que crece cada día más.
Pero no todo son libros, hay pilchas, la piba no es sonsa. Diría que demasiadas pilchas, tantas que me acaba de decir que “no le alcanza con un placard, ni siquiera dos.” Aquí sólo hay dos, así que estamos en medio de una crisis por el uso del espacio. Para profundizarla y celebrar el encuentro, nos acabamos de comprar un par de libros (uno para cada uno, salomónicamente) en la librería Cúspide. Que no falte decían los viejos, a la hora de la comilona.

Buenos Aires, como siempre. Crispado. Por ahí ahora un poco más, lo suficiente como para seguir siendo imposible, insoportable, desquiciante y siempre amada. ¡Ay! Reina del Plata, tan bonita y tan jodida.
De todos modos, es la tarde del sábado, comienza el fin de semana y el que escribe ha decidido un cambio y fuera. El lunes volveremos a los líos; ahora es cuestión de dejarse estar y, lo recalco, disfrutar el barrio, aunque la vida no sea color de rosa y los sueños de otros tiempos hayan sido eso, solo sueños.

Cerró el boliche cuasi ferretería de Corrientes casi Gallo. Lo atendía una señora mayor, bastante mal entrazada. ¿La crisis o sólo el inexorable paso del tiempo? Nada, que no están ni el boliche ni la señora. Y lo sentí mucho esta mañana. Necesitaba un destornillador para resolver un problema doméstico y la ausencia pesó. Tanto como seis cuadras bajo el sol de esta primavera caliente. Tanto, también, como para ver una vez más como crece la lista de desaparecidos en la gloriosa y épica era K, tan fructífera para la economía, en especial la de la gente común y corriente, es decir quienes debemos trabajar para vivir y nos empeñamos en no entender el arrollador éxito, al cual parecemos condenados, según supo decir un conocido político a quien debemos agradecer el presente griego que vino de tierras santacruceñas.

No está más la parrilla, la de tenedor libre, en la esquina de Lavalle y Agüero. Allí no solo había parrilla libre. Te podías ver el clásico del fin de semana por T.V. gigante y había sitio para los viciosos fumadores, como uno.
El único problema era que el dueño era de Boca y yo de River, pero después de un par de clásicos transcurridos en contenido silencio y disimulo, encontramos un punto de equilibrio, de manera tal de cantar los goles sin vergüenza alguna o lanzar alguna exclamación cuando la pelota no entraba.
“Buena la de Palermo, jefe.” “Gran gol el de Orteguita.” Y así. Claro, en tanto pensábamos (“Palermo las pelotas, grandote con suerte, morite de una vez”, o bien “¿Orteguita? Pero ¿por qué no te lo metés en el tujes?).
A esto lo llamo pensamiento saludable, el que nos permite ser civilizados. Porque putear hay que putear, sobre todo si los del equipo de tus amores se acaban de comer un gol de cabeza de Palermo, mientras uno se come un trozo de chinchulín, que se te clava en alma.
El asunto es no llevar la puteada a los hechos. La pasión, como el barrio, debe ser positiva, afectiva. Después, claro, está la camiseta. Y no solo eso, nadie puede obviar la satisfacción de una parrillada bien comida, por caso la mía, parroquiano e hincha de River, y la de una cuenta bien cobrada, por parte del bostero, es decir, el dueño de la parrilla.
No va a pasar más, allí está el local, vacío, sin vida. Ahora es un recuerdo.

Si los de Pizzería Juanita, de Gallo y Guardia Vieja no te dejan dormir cada vez que se mandan el show paraguayo; si los Kosher no siguen increíblemente con sus sombreros y trajes negros en medio del calor de Buenos Aires, enfrascados en su Sabath; si no siguen los muchachos del taller de la calle Gallo, ocupando la vereda; si el chino del supermercadito de Corrientes no persiste en hacer caja contra viento y marea, a pesar del gigantesco hipermercado que tiene a solo dos cuadras; si el paisano porteño del lugar imposible no sigue como si nada hubiera pasado, ¿cómo ejercer nuestra civilidad, puteando educadamente? El peor error que cometen los fundamentalistas de toda laya, es pensar o creer en un imposible, propio de estúpidos: que la gente debe ser u obedecer a un único patrón, todos iguales.

Para variar me he ido por las ramas. Volvamos a la ausencia de la parrilla, que ha sido una ausencia a la rusa, bien jodida. Pero la vida, que te quita y te da permanentemente, me permitió conocer a los muchachos de Mochica. Ellos, peruanos, han puesto un restaurante (está bueno) en el que uno se puede enfrascar en cuestiones tales como un Seco de Pato, una Causa Limeña o un Ceviche Caliente a la Piedra. Anoche, después de un vuelo desde Ushuaia hasta el barrio, atormentado por la pérdida parrillera y con hambre, me entregué en cuerpo y alma (diría más cuerpo que alma) a un Arroz Chaufa Especial Mochica. Debo confesar que, una vez más, he comprobado que Dios existe. El Señor me ha mostrado un camino para mi desconocido, que merece ser recorrido: la cocina peruana.

Volver, siempre se vuelve, “con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez.”



Me voy, por ahora. Gardel es Gardel, eso está claro. Pero ¿se han dado cuenta de la poesía de Le Pera?

1 comentario:

Miguel A. Mastroscello dijo...

"Sentir que es un soplo la vida...". Creo que a Le Pera no se le ha hecho justicia, quizá opacado por la enorme figura del Morocho.

Y hablando de éste, qué pinta (soñada por cualquier cacatúa) tenía y qué bien cantaba...