4/2/09

Una historia intrascendente

Medianoche. Había pasado todo el día y no había una palabra escrita que valiese la pena. “Todo lo que cuenta ya ha sido escrito”, piensa. Pero la duda sigue allí, instalada en su mente. Ella se presenta sibilina, esquiva, lasciva, como toda duda. ¿Y si existiera esa historia, la que nunca ha sido contada? “Mañana sigo… ¿Quién sabe?”


El amanecer se presentó amigable. Silencio, rosas, violetas y celestes entremezclados en un cielo singular. El lago, siempre imponente, estaba en paz, descansando. Es posible que invitara al equívoco, seduciendo al desprevenido, para someterlo luego a sus olas embravecidas a la hora del recurrente viento. Pero no había viento. La Naturaleza estaba en calma, probablemente aún dormida. “Otro día”, se dijo. El deseaba e insistía en escribir una historia jamás contada. La mañana invitaba, sembraba la esperanza. “Podría ser…”

Anduvo un buen rato de aquí para allá. Frases sueltas, ideas anotadas al margen, palabras inútiles que nada decían. “¿Existirá esa historia?” se preguntaba, mientras borraba una vez más unos cuantos archivos de texto a los que no encontraba sentido alguno. “Curioso –se dijo- antes hubiera tirado cuadernos, hojas de papel. Ahora basta con poner un dedo en delete y ¡puff! Desaparecen los intentos fallidos, esos hijos tullidos de los que nadie desea hacerse cargo.”

Debía insistir. Estaba convencido que escribir esta historia -que no salía- era lo único que le restaba hacer para cumplir con su deber. Los árboles e hijos ya habían pasado. Luego podría morir con la tranquilidad de quien ha cumplido, no en paz. A nadie le interesa demasiado morir. Es muy fuerte la incógnita del más allá. En realidad, era un tipo común, uno más en este mundo, probablemente sin las dotes del que sabe contar historias. Además, obsesivo, no percibía su error, toda vez que los mandatos de la vida, suelen y pueden ser otros.

A media mañana el lago seguía imperturbable, liso y tramposo. El viento no aparecía. Las olas y turbulencias del lago, tampoco. Lo curioso era que las nubes desalojaron el cielo, dejando que el sol austral se mostrara en todo su esplendor. Normalmente, es el viento quien empuja nubes o desaloja neblinas. “Día raro”, pensó, mientras salía de su cabaña con ánimo de recorrer la costa pedregosa del Fagnano.


La perrita, guacha y cachorra, se le arrimó buscando una caricia y algo que comer; lo siguió moviendo levemente su cola. Ella tenía sus expectativas, aunque moderadas, más bien tímidas… o temerosas. Sabía del rechazo o el posible cobijo del ocasional paseante, aunque también y muy pronto, había aprendido sobre la soledad. “Podría ser”, pensó ella.

La imagen –si alguien la hubiese captado- se hubiera presentado bucólica, especial para ilustrar alguna publicidad destinada a capturar turistas. Un hombre sentado sobre un tronco frente al lago, a su lado el animal, sumiso y entregado a las caricias del hombre; luz, agua hasta el horizonte enmarcada en un coro silencioso de montañas y el sol dominando la esfera celeste. Ideal.

Sin embargo la realidad era otra: la de la duda. Ninguno de los dos estaba tranquilo, ambos angustiados. Uno por no dar con esa historia, que no era otra que su propia historia; la otra pensando en el momento del abandono. Se estaban perdiendo la felicidad del encuentro.

3 comentarios:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Hey, Frankye, qué lindo post! Pero, qué bueno!

ars dijo...

Gracias, amigo. Pero no está tan bueno, aunque admito que me gustó el cuentito. Felipe me ayudó. Sus resoples manifestando aburrimiento me inspiran.

Anónimo dijo...

Excelente texto, Francisco.
Desde mis tardes calurosas recorriendo barrios populares de la siempre linda Buenos Aires y admirando, entre otras cosas, sus cupulas, leer este relato ambientado a las orillas del Fagnano me refresca y maravilla. Gracias.

Paulina