6/9/09

La Villa


"Nos encontramos el 10 a la tarde en la parada de micros de Gesell." El estudiado plan de la aventura a compartir en aquel enero del '69 se basaba en tan elocuente consigna. Juancho y quien escribe nos la pensábamos pasar fenómeno en la Villa. A último momento, mientras ya arrancaba el tren que dejaría a Juancho en la estación Constitución y yo caminaba hacia mi casa en un andén de la estación de Quilmes, Juancho me grita desde la ventanilla: "yo llevo la carpa".

Y así pasó. Allí nos encontramos y fuimos felices, entreverados entre algunos médanos, muy poco protegidos por la excéntrica carpa que Juancho llevó. Se trataba de un rezago de guerra, más precisamente parte del equipo de emergencia que llevaban a bordo los pilotos de la RAF durante la Segunda Guerra (¡vaya hallazgo!), si es que sobrevivían a los disparos del adversario. Verde, de lona común, sin sobre techo ni piso y, sobre todo, para una persona. Nosotros éramos dos (y deseábamos fervientemente ser cuatro, no sé si me explico), llovió siete días seguidos, la arena nos invadió al punto de suponerla sabrosa a la hora de masticar algo y todas las noches no dejábamos de pensar en lo interesantísimo que sería haber seguido de vacaciones con la familia, arropados y alimentados por nuestros progenitores. Por suerte, no faltó la paciencia (o compasión) de la madre de nuestro buen amigo Fernando. Nuestro "campamento" estaba emplazado estratégicamente cercano al chalet en el que su familia pasaba sus vacaciones.

Pero, mis amigos, las aventuras son aventuras. Nada superaba los fogones playeros que cada noche se armaban, guitarras en mano y entusiasmo juvenil a flor de piel. Nos bastaba con cantar hasta el amanecer y ver el sol salir, una vez más, en el horizonte marino. Luego, a la hora de la necesaria supervivencia, bastaba con recorrer los almacenes de la zona y "mangar" los culotes de piezas de fiambres y chacinados. Luego, ingresar a la Jirafa Azul y ordenar al mozo: "por favor, una panera, una jarra de agua y dos vasos". Lo fantástico era que el mozo nos recibía el pedido solemnemente y cumplía puntillosamente con el mismo. A esto llamo yo ser comprensivo. Tal actitud ameritaba una devolución o reconocimiento de nuestra parte. Una vez cada tres días ordenábamos un plato de sopa (y dos cucharas), más precisamente un arroz en caldo. Gigantesca inversión, por cierto.

Tiempos de irresponsable bohemia y rebeldía estacionados entre los pinos de aquel vergel que Don Gesell construyó a partir de la arena de los médanos de la costa atlántica del litoral bonaerense y sus vientos. Pero no éramos los únicos. Algo estaba pasando en aquel entonces, flotaba en el aire un tiempo de cambio o en todo caso, pensábamos en él. Aunque, según se cuenta, Carlos Barocela no se había terminado de decidir.

"Yo todavía no voy a protestar", asegura, en cambio, el longilíneo Carlos Barocela, un adolescente de 28 años a quien CBS (el sello protector de los baladistas jóvenes) acaba de lanzar en un 33 simple, que incluye dos temas: Muchacha de mar y Lluvia. El mar y la lluvia son los resortes que habitualmente disparan a Barocela (un estudiante de Letras que escribe poesía) hacia las regiones del canto, en las que su voz se mece en cadencias parecidas a las del bolero, pero "con otra cosa" adentro. El poeta no había pensado nunca que pudiera cantar en público: su familia tiene casa en Villa Gesell, y allí entonaba Barocela algunos sones propios, acompañándose con la guitarra, "que estudié un tiempo". Se corrió la voz de que era "el trovador de Gesell", y unos amigos lo convencieron de que actuara en el ciclo organizado por Inés Quesada en el Club Defensores de la Villa —donde la Walsh estrenó Juguemos en el mundo, Dina Rot refrescó a la musa sefardí y Susana Rinaldi le dio una nueva voz al tango—, el verano pasado. De allí pasó, siempre con los fieles amigos que lo impulsaban, a grabar un disco, en forma privada, Baladas de la Villa, un 33 doble con cuatro temas: "Fue la locura, en 20 días se vendieron mil y pico de placas, y eso que ya era casi el fin del verano".

Lo arriba reproducido es parte de un artículo publicado por Ernesto Schoó en la revista Primera Plana, en junio de 1968, referido a la nueva canción argentina. (VER) . No creo que haga falta comentar que si algo estaba presente en nuestros fogones playeros eran, justamente, las muy románticas canciones de Barocela, empezando por la paradigmática "Muchacha del mar".



Gracias, amiga Paulina, por haber disparado tan gratos recuerdos... Aunque no todos ellos lo son. Fernando (este no era su nombre real, me lo guardo para mi, como el dolor por el amigo perdido), pocos años después cayó luchando contra un comando de la derecha peronista, en la ciudad de La Plata, en medio de una emboscada a las instalaciones de una agrupación universitaria en la que militaba.

4 comentarios:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Muy lindo post, Francisco.

A propósito de este tema, dejame hacer un comentario producto de una suerte de deformación profesional mía, que puede aportar, digamos, una nota de color.

El padre de don Carlos Gessel (el fundador de la villa) fue un economista alemán de nombre Silvio, que en el siglo XIX tuvo su "cuarto de hora" en el ámbito académico europeo; a tal punto fue importante su pensamiento que se trata, nada más ni nada menos, que del autor más citado por Keynes en su obra "Teoría general...".

Dejo el link:

http://www.eumed.net/cursecon/economistas/Gesell.htm

Abrazo.

ars dijo...

No lo sabía hasta ayer. Casualmente anduve indagando sobre la biografía del Sr. Gesell y por ahí aparació el dato. No sé si se relaciona pero, digo, el trípode "inversión, producción y trabajo" siempre da resultados. Fijate vos que "La Villa" explota justamente hacia fines de los '60 con un plan que consistía en la rebaja del 50 % del valor del lote si el comprador levantaba las paredes de su casa hasta el coronamiento o dispositivo de apoyo del techo. No era boludo el Sr. Gesell.

Miguel A. Mastroscello dijo...

Y, sí, es evidente que don Carlos había recibido varios genes del padre...

Paseando por Uruguay este verano, me enteré de un caso parecido -en términos de inversión, producción y trabajo- al de la villa (seguramente hay muchos más): el de Piriápolis, fundado por un tal Francisco Piria. El tipo era un emprendedor que ya había loteado un montón de barrios en Montevideo, y para su nueva iniciativa puso plata para, por ejemplo, traer cepas de árboles desde Francia; también lanzó un plan de pagos a plazos para los compradores, y construyó un gran hotel para impulsar el turismo. Fue entre fines del Siglo XIX y principios del XX.

Ah, las baladas de Barocela eran buenísimas. Se conseguirá algún CD suyo?

ars dijo...

Se puede "bajar" de Internet. Por una "billeta" te lo puedo pasar. ¡Ja, ja, ja!
Después te paso el LP completo. Vale por el recuerdo. En cuanto a "la música"...