25/5/10

Doscientos (25 de mayo, esta historia aún no ha concluido)


Apenas se ha mandado la nota, hizo irrupción una “multitud de gente” que sube en alboroto la escalera y golpea la puerta de la sala de sesiones. Leiva se asoma y tolera que algunos personeros entren al recinto a hablar “acaloradamente” con los señores asombrados de la irreverencia: “el pueblo se encuentra disgustado y en conmoción porque no acepta al virrey en la Junta y menos con el mando de las armas”. Responden los señores, con calma, que han formado la Junta conforme a las facultades que el pueblo les había conferido. “El Cabildo se ha excedido de las facultades” dicen los personeros: no había sido la permanencia del virrey lo resuelto y debe por lo tanto dejarse sin efecto. Leiva para “serenar aquellos ánimos acalorados” promete que los capitulares “meditarían sobre el asunto con la reflexión y madurez de las circunstancias”, y consigue que los personeros se vayan con la “multitud de gente”. Lo hacen profiriendo amenazas: si los señores no procedían conforme la voluntad del pueblo “podían ocurrir desgracias demasiado sensibles y de nota.”

Ante la amenaza, y convencidos que ceder a la imposición tumultuaria quitando del mando “al jefe de estas Provincias, sería primer eslabón de nuestra cadena”, los capitulares buscan el apoyo de los comandantes de los cuerpos “no obstante que el día de ayer se comprometieron a sostener la autoridad.” A las 9 y media se hacen presentes. Leiva les habla de lo ocurrido y recalca “los males que iban a resultar siempre que se innovase en lo resuelto, recordándoles su compromiso anterior.” Menos los jefes de las tropas veteranas (Orduña, de Artilleros; Lecoq, de Ingenieros; José Ignacio de la Quintana, de Dragones), que se mantienen en silencio, los demás (Romero, segundo de Patricios; García de Montañeses; Ocampo, de Arribeños; Terrada, de Granaderos; Ruiz, de Naturales; Esteve y Llac, de Artilleros de la Unión; Merelo, de Andaluces; Martín Rodríguez, del 1° de Húsares; Núñez, del 2°; Vivas, del 3°; Castex, de Migueletes; Ballesteros, de Quinteros) contestan “que no sólo no podían sostener al gobierno, ni aún sostenerse ellos mismos y menos evitar los insultos que podrían hacerse al Excmo. Cabildo… que el pueblo y la tropa estaban en una terrible fermentación…” Hablaban todavía los jefes, cuando la gente de los corredores golpeó otra vez la puerta, “oyéndose voces que querían saber de qué se trataba.” Sin apoyo militar, el cabildo manda a Manuel Mansilla y Tomás Manuel de Anchorena al Fuerte a decirle a la Junta que “nuevas ocurrencias muy graves” obligaban a variar su resolución y “era de necesidad indispensable a la salud del pueblo que el Excmo. Señor Presidente (ya no le dieron tratamiento de virrey) se separase del mando… sin protesta alguna para no exasperar los ánimos.”

La multitud no deja los corredores, manteniéndose en una expectativa amenazadora. Esperaban los capitulares que llegase la definitiva renuncia de Cisneros cuando “algunos individuos del pueblo a nombre de éste” se apersonaron nuevamente a la sala para decir que no bastaba la separación del virrey, pues “habiéndose excedido el Cabildo en sus facultades, y teniendo noticia cierta de haber renunciado todos los vocales, había el pueblo reasumido la autoridad que depositó en el Excmo. Cabildo.” Venía a imponer los nombres de una nueva Junta “con la precisa indispensable condición de marchar dentro de quince días quinientos hombres a las provincias interiores costeada con los sueldos del virrey, oidores, contadores mayores, empleados del estanco del tabaco y otros que tuviesen a bien cercenar la Junta, dejándosele congrua suficiente para sus subsistencias… debiendo tener en caso contrario resultados muy fatales…”

Es indudable que la deposición del virrey sería resistida por algunos intendentes, y se hacía ineludible mandar una tropa que se impusiera al interior. El cambio político se hace revolución, y agresiva: la expedición se costeaba con los sueldos del virrey y de quienes habían votado el mantenimiento de su autoridad.

Ante el “alboroto escandaloso” de semejante petitorio, Leiva sólo atina a pedir que “representase el pueblo aquello mismo por escrito”.

No obstante haber renunciado la noche anterior, los cuatro vocales de la Junta estaban en el Fuerte con el virrey a la espera de la resolución final del cabildo. Recibieron la nota rechazando sus dimisiones, y tras ella se presentaron Anchorena y Mansilla a aconsejar la renuncia del virrey “sin protestas”. Tal vez sugirieron que los vocales quedasen en sus cargos, pues se ofició al cabildo que “pase a la elección de vocal que subrogue al Excmo. Señor Virrey publicándose de inmediato un bando.” Ni Saavedra ni Castelli, ni menos Sola e Incháustegui, estaban al tanto de lo que ocurría en los cuarteles.
El cabildo al recibir la nota de los vocales, les pidió que detuvieran la fijación del bando pues acababa de exigirse el nombramiento de una nueva Junta. Rogó a los del Fuerte estar a la espera “de las ocurrencias sobrevenidas”.

“Después de un largo de espera” se presenta la petición solicitada por Leiva, firmada por “un número considerable de vecinos, religiosos, comandantes y oficiales del los cuerpos”.

El petitorio en sellado de un cuartillo (era mucho el respeto por las formas aún en plena revolución) estaba encabezado: “Los vecinos, comandantes y oficiales de los cuerpos voluntarios de esta capital de Buenos Aires que abajo firmamos, por sí y a nombre del pueblo…”, y reproducía el pedido verbal; es decir, el nombramiento de una nueva Junta, el envío de la expedición al Alto Perú pagada con los sueldos del virrey y altos funcionarios. Se reunieron en total 411 firmas, de las cuales ocho repetidas, y seis o siete estampadas por terceros (no debe asignarse a estas rúbricas un carácter doloso dado su escaso número).
Firman todos los comandantes de milicias, la mayor parte de los oficiales, aun de los cuerpos reglados, clérigos (entre ellos los padres de la Merced en cuyo convento estaba el cuartel de Arribeños) y muchos civiles. French y Beruti lo hacen “por mí y a nombre de los 600” refiriéndose a la Legión Infernal que acaudillaban. No firman, por supuesto, ninguno de los propuestos como miembros de la Junta.

Presentado el petitorio, aun Leiva pide “que se congregase al pueblo en la plaza… pues el cabildo debía oír del mismo pueblo si ratificaba el contenido de aquél escrito.” “Al cabo de un gran rato”, dice el acta, salieron los señores al balcón del Cabildo “viendo congregado un corto número de gente”, que hizo preguntar al síndico “¿Dónde está el pueblo?”

Ni la irónica pregunta de Leiva ni el “corto número” congregado en la plaza, permite afirmar a ausencia de pueblo en la Revolución de Mayo. La masa estaba en los cuarteles: se trataba de antiguos milicianos, que aprestaban sus armas para salir junto con los cuerpos e imponerse al virrey y al cabildo.

En respuesta se oyeron voces “que si hasta entonces se había procedido con prudencia, echarían mano de los medios violentos.” Alguien habló de tañer la campana del Cabildo (sin badajo desde el 1 de enero de 1809) y a su falta tocar generala “en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había querido evitar”.
Leiva comprendió que había sido una imprudencia burlarse del “corto” número, pues no tenía a su lado a nadie. Ordenó al secretario leer el petitorio, que será ratificado por los concurrentes. El secretario empieza a leer los artículos del Reglamento, pero tal vez la inclemencia del tiempo los obliga a retirarse del balcón sin concluirlo. Convienen que no hay más remedio que ceder a la violencia “por los que han tomado la voz del pueblo”, y nombrar la Junta propuesta “archivando esos papeles y el escrito para constancia en todo tiempo”. Se procede sin pérdida de tiempo a instalar la nueva Junta “porque estrechan los momentos”.
Son llamados sus integrantes. Saavedra expresa que “el día anterior había hecho formal renuncia del cargo de Vocal”, pero admite su nombramiento “para contribuir a la tranquilidad del pueblo y salud pública”; Azcuénaga pone curiosos reparos a un nombramiento “del Excmo. Cabildo y una parte del pueblo” pidiendo se tomase “la opinión universal de todo el vecindario, pueblos y partidos de la dependencia del Cabildo”. Finalmente todos prestan juramento sobre el Evangelio de “desempeñar legalmente el cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el Sr. Dn. Fernando VII y sus legítimos sucesores, y guardar puntualmente la leyes del reino.”

Saavedra exhorta a los concurrentes a “mantener el orden, la unión y la fraternalidad” y guardar respeto a la persona de Cisneros y familia. Que repite desde el balcón a la gente de la plaza que lo aclama.

Entre repique de las campanas y salvas de artillería, los componentes de la Junta de Mayo pasan al Fuerte a hacerse cargo de sus puestos. No los acompañan los capitulares, dice el acta, “a causa de la lluvia que sobrevino”. Eran las ocho de la noche del viernes 25 de mayo de 1810.

Rosa, José María. Historia Argentina, Buenos Aires, Editorial Oriente, 1981, tomo II (pp.192-196)

Acerca de José María Rosa (ver aquí)

2 comentarios:

Federico Colombo dijo...

Lei muy atentamente toda la zaga de la Revolución de Mayo y la verdad que fue una muy buena idea!! Tenés razón en que la historia continúa, ya que ahora te toca escribir sobre una parte raramente compleja de nuestra historia como lo fue la 1era Junta de Gobierno, sus grandes aciertos y sus muchas fechorías.

ars dijo...

Ni loco sigo con el "cuento", es larguísimo. En realidad no hice otra cosa que transcribir lo que ha escrito José María Rosa sobre estos días tan especiales.