El Gobernador Rosas ordenó la construcción
de un fuerte para contener el avance de los malones en lugar estratégico, hacia
el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires. El Coronel de Milicias Pedro
Burgos partió entonces desde los pagos de Chascomús y en diciembre de 1832 fundó el antiguo
fuerte de San Serapio Mártir del Arroyo Azul. Esta presencia militar posibilitó la colonización de la zona, a
partir de la donación de tierras decretada tres años antes por el gobierno
provincial, bajo una serie de requisitos en cuanto a poblamiento y defensa de
la frontera. Así nació la
Ciudad de Azul, declarada como tal en 1895, hoy Ciudad Cervantina.

Centenares de ciudades de la República Argentina, Azul una de ellas, se desarrollan en ordenada cuadrícula y poseen una plaza, digamos “central”. En torno a este espacio se distribuyen
(¿emplazan?), los edificios más importantes institucionalmente hablando, si nos
atenemos a épocas fundacionales. Como en muchas ciudades del país la plaza
lleva el nombre del Libertador, José de San Martín. Hay una explicación
histórico urbanística sobre el particular, que nace en tiempos del viejo
Imperio Romano, pasa por la Leyes de Indias y remata en algunos conceptos
desparramados por buena parte del mundo de la mano del urbanismo neoclásico del
Barón Haussman, el de la ambiciosa renovación de París en tiempos de Napoleón
III. Pero esta es una historia que no viene a cuento en este cuento. Luego, no creo
que haga falta explicar la alusión al Padre de la Patria, repetida a lo largo y
ancho de este país, bastante largo y razonablemente ancho por cierto.
Una de las cabeceras de la Plaza San Martín, la de Azul, está ocupada por el Palacio Municipal. En la otra hay dos edificios sobresalientes: la Catedral, de un depurado estilo neogótico, y un teatro: El Teatro Español; edificio que llama la atención por su equilibrada arquitectura, de impronta neoclásica. Este teatro, fundado en 1897, es el más antiguo de la Argentina en su género.
-- o --
Camino a la Plaza San Martín, entre tanta construcción "moderna", iban apareciendo majestuosos edificios de porte clasicista y ecléctica arquitectura, mojones del pasado que ratifican el relato de un tiempo singular de nuestra historia, ese que va de fines del siglo XIX a las primeras décadas del XX. También algunas casonas, características de pueblos y ciudades camperas, algunas impecables, las otras sumidas en un injusto olvido.
Mientras manejaba el vehículo con destino a un bar o confitería donde yantar (en lo posible con aire acondicionado), registraba las paradas que haría al retornar a la ruta para capturar estas imágenes en la memoria de mi cámara fotográfica, sabiendo que las damas de la familia que completaban el pasaje en la travesía harían uso explícito del derecho a queja, impaciencias mediante. La experiencia en estas lides domésticas, supongo, hizo que detuviera el vehículo en plena plaza. Por lo pronto, en esto de encontrar un sitio para el resuello tendría a mano y al pasar, varios objetivos a los que apuntar mi cámara. Sólo sería cuestión de caminar un par de cuadras bajo los rayos del sol, que derretían todo lo que se les pusiera a tiro. Las caminamos por cierto, hasta encontrar un bar en el que no había aire acondicionado, apenas unos sufridos ventiladores. La parada fue dura, pero los especiales de lomito resultaron reparadores. Y yo saqué mis fotos, al menos unas cuantas.
En las fotos estaba, concentrado en la fachada del
Teatro Español, ya de vuelta y haciendo la digestión. De pronto me pareció oír
unos ruidos extraños, posiblemente gritos. Como soy algo distraído y estoy un
tanto sordo, no presté mayor atención. Además se imponía la necesidad de
hacer caso omiso por unos minutos a las quejas familiares. Gajes del oficio diría un amigo, que no viene al caso nombrar.
“¡Carajo! A vos te estoy hablando (acoto: lo de hablar era a todas luces un eufemismo), no jodas con la bicicleta.” ¿Se dirigía a mí el hombre que, calle de por medio, gesticulaba ampulosamente? No, seguro que está increpando a alguien, me dije, mientras atendía al “clic” de la cámara fotográfica. Por las dudas volví la mirada a mis espaldas: no había nadie. Sólo la plaza vacía, incandescente bajo los rayos del implacable sol. A lo lejos, digamos una media cuadra, me esperaba el resto de la tripulación, con cara de culo, bajo la exigua sombra de un árbol que pedía a gritos una buena dosis de agua. Las tripulantes también.
“¡Carajo! A vos te estoy hablando (acoto: lo de hablar era a todas luces un eufemismo), no jodas con la bicicleta.” ¿Se dirigía a mí el hombre que, calle de por medio, gesticulaba ampulosamente? No, seguro que está increpando a alguien, me dije, mientras atendía al “clic” de la cámara fotográfica. Por las dudas volví la mirada a mis espaldas: no había nadie. Sólo la plaza vacía, incandescente bajo los rayos del implacable sol. A lo lejos, digamos una media cuadra, me esperaba el resto de la tripulación, con cara de culo, bajo la exigua sombra de un árbol que pedía a gritos una buena dosis de agua. Las tripulantes también.
“Te dije… bicicleta… no…” Evidentemente –clic- el señor se dirigía
al irresponsable que andaba a cabeza descubierta –otro clic- sacando
fotos al voleo, luciendo un atuendo fiesteramente veraniego que por pudor no
describo, con anteojos de los que se utilizan para leer a partir de cierta edad
superpuestos a las gafas de sol, calzando unas cómodas alpargatas; pelos, barba
y bigotes desenfrenados: yo. Admito que mi accionar podía resultar sospechoso,
sino insólito. “No te permito, la p…”, exclamaba el sujeto. ¿Y a este qué le pasa?, pensé. De todos
modos –clic otra vez, la última- mejor irse, decidí. Si no retomamos el viaje
tronará el escarmiento familiar. Encima, la radio no caza una emisora que pase
algo de buena música y no tengo un miserable CD como la gente. Si no la corto
ligo hasta Cañuelas. Son más de cien kilómetros. Mejor nos vamos de una buena
vez. Y nos fuimos nomás.
¿Qué le pasaba al tipo de la plaza? La pregunta daba
vueltas en mi cabeza mientras conducía el automóvil, esquivando camiones, hacia nuestra destino. ¿Qué le habré hecho? Nada, si yo estaba sacando fotos al
teatro… ¿Se tratará de un gallego[i] cascarrabias? No creo.
¿Por qué le molestaría que fotografíe el edificio? Vaya uno a saber. Pero ¿por
qué estaba tan enojado? Es más, bien podría haberle expresado mis quejas por
haberse interpuesto entre mi cámara y el edificio, arruinando la toma limpia de
su fachada. ¿Quién lo mandó a meterse? En fin… Seguí manejando. Ya estaba
inmerso en el caos de tránsito que caracteriza a los accesos a la Capital y el
horno no estaba para bollos.
Unos días después, muy lejos de Azul, me pongo a repasar las
fotos que guardaba en la memoria de mi cámara, copiando una selección de las
que considero mejores en mi computadora, descartando el resto. Y entonces vi,
comprendí lo había pasado aquel día. Al mejor estilo Blow Up (Michelangelo Antonioni), lejana versión cinematográfica
inspirada en el cuento Las babas del diablo
(Julio Cortázar), registré sin proponérmelo algo inconveniente. Acá no hubo
asesinatos ni la música de los Yardbirds, apenas sonaba por ahí, lejana e
indefinible según recuerdo, una cumbia de Gilda. Tampoco estuvieron David Hemmings ni Vanessa
Redgrave, sino el tipo y yo. Años luz separan lo que cuento del relato de Julio.
Sin embargo, cuando el zoom hizo su trabajo comprendí que había capturado la
imagen un afilador[ii]
callejero. Un afilador de los de antes, similar al que pasaba por el frente de
la casa de mi niñez, rara avis en los tiempos que corren. Y con él lo más
sabroso: sus armas secretas. Como para no enojarse.
¡Salud, señor afilador! Ha sido usted descubierto in fraganti
gracias a un bello teatro, la curiosidad de quien escribe y aquel calor que
imponía un necesario descanso, por todos merecido, usted incluido. Puedo
comprender su enojo, después de todo a nadie le gusta que registren sus personalísimas
armas: la bicicleta-taller y el infaltable instrumento de viento que anuncia
con sonido inequívoco su llegada.
Sepa que por un instante, mirando las fotos, me ha
trasportado hacia tiempos felices, aquellos de las calles del viejo barrio en
las que no había zapatos que resistieran más de una temporada, pateando pelotas de rastrón, emulando a los “cracks” que las figuritas
inmortalizaban, sin miedos ni fantasmas. Sepa también que me encantaría que se
diera una vuelta por casa, un imposible, claro. Eso sí, las puteadas te las
podés guardar en el bolsillo, pibe.
[i] En la Argentina se llama
genéricamente “gallegos” a todos los españoles (o sus descendientes), del mismo modo que “Tanos” a
los italianos, “Rusos” a judíos y naturales de países del este europeo o "Turcos" a las gentes que provienen de diversos países islámicos. Cosas de la inmigración, por definirlo de algún modo.
[ii] Quien afila cuchillos,
tijeras y demás, a domicilio, en forma ambulante.











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