7/2/09

Historia Banal

Siendo niño las cúpulas atrajeron mi atención. Es culpa de Buenos Aires. Por entonces no sabía de Miguel Angel, Borromini, Brunelleschi y tantos más. Ni que hablar de Andrea Pozzo, que logró a fuerza de perspectiva e ilusión óptica una cúpula donde no la hay.
No importa, lo hermoso es la redondez, como el pecho que nos amamantó. No hay forma que pueda superar lo que primero se conoce en la vida. Cúpula, sitio mágico e inquietante. Lugar donde todo podría pasar.
¿Y por qué las cúpulas? ¿Es que no hay sitios mejores en la arquitectura del mundo? Buena pregunta. Yo tengo mi respuesta: allí, en alguna cúpula de Buenos Aires conocí la pasión.
Éramos jóvenes y no nos conocíamos demasiado. Nos unía el ansia de aventura, la necesidad de conocer el amor. Pero las cosas no podrían ocurrir en un triste zaguán, lo nuestro era romanticismo puro, exactamente lo imposible. Todo debía suceder en el contexto de un cuento de Cortázar o una historia de Borges. La vida, que es mucho más simple de lo que generalmente se supone, no podía serlo. La Maga no lo perdonaría. Sin aventura nada valía. Eran tiempos extremos.
Y lo hicimos.
Ya no está aquella cúpula. No está el edificio que la contenía. Hoy hay un prisma de hormigón y vidrio, hotel internacional donde ocurre el amor. No es lo mismo, todo es más funcional, diría que hasta profesional. Con dinero todo se arregla.
Tampoco se de ella y ella no sabe de mi. Fue una vez, la primera vez que conocí realmente el cuerpo de una mujer. Nunca nos volvimos a ver. Apenas un día, es decir un instante.
Tiempo pasado, hermoso recuerdo, aventura. Es Buenos Aires, la culpa de todo la tiene Buenos Aires. Y sus cúpulas.

1 comentario:

Norma dijo...

LAS CIUDADES Y LA MEMORIA. 1 (Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles)

Partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas en bronce de
todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro,
que canta todas las mañanas sobre una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las
conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que
quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas
multicolores se encienden todas juntas sobre las puertas de las freiduras, y desde una
terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber
vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices.

(Cuando leí Historia Banal, recordé este hermoso texto que comparto en este comentario).
Norma