Vamos con el resto del programa Los Protagonistas del Fin del Mundo, realizado por Marcelo Murphy, tal lo explicado en el post anterior. Son tres vídeos más. Yo creo que, si esto te interesa, no estaría de más que te hagas un tecito (o prepares un edificante trago), y vayas degustando de a poco. Antes de ir a las imágenes deseo hacer una aclaración. Hay un segmento en el que comento la obtención de reproducciones de diarios y periódicos de la época en que se construyó la casa original en la biblioteca del Congreso de la Nación. Bien, esta labor la realizó mi hermana Dolores (también arquitecta), por entonces radicada en la ciudad de Buenos Aires. Ella, como otros, formó parte de una pequeña red de amigos y colaboradores que fueron aportando soluciones a diversos inconvenientes que se fueron presentando a lo largo del proceso. Recuerdo a los amigos de ars que todo esto se hizo con un bajo presupuesto, esfuerzo, y en más de una oportunidad, bastante ingenio. Gracias, hermana.
Bien, por el momento creo que ha sido suficiente. Un día de estos volvemos. Hasta la vista...
En 2004, al cumplirse diez años de la inauguración de la que hoy todos conocen como La Casa Beban, el conductor y periodista Marcelo Murphy tuvo la muy amable idea de convocarnos a Zulema Beban y a quien les escribe para realizar un programa del ciclo Los Protagonistas del Fin del Mundo, creado y sostenido por Marcelo a lo largo de varias temporadas en el Canal 11 de Ushuaia. Dudé mucho respecto de la inclusión de estas imágenes en esta "historia por entregas". En fin, finalmente decidí hacerlo y aquí comienza el show. Vas a conocer a Zulema, quien sigue entre nosotros y ha manifestado que ha decidido vivir por menos unos cien años. Que así sea, estimada Zulema y que podamos festejar juntos, en no poco tiempo más, los cien años de esta casa. Luego, quienes han tenido la suerte de no conocer a quien esto escribe, me conocerá (personas impresionables, abstenerse), aunque un poco más joven. Por razones técnicas he subdividido este material en cinco partes. En este post van las dos primeras. Luego seguiremos con las restantes.
Quien ha seguido este cuentito, seguramente no encontró mayores diferencias respecto de lo ya narrado. Así y todo me parece válido este aporte. La seguimos luego.
Nota: Debo agradecer a Chini, la conversión de las imágenes analógicas al formato DVD. Luego he sido yo el responsable del fraccionamiento en partes del programa, el paso al formato MP para subir esto a YouTube y demás. Ha sido una tarea por demás ardua, toda vez que no estoy muy ducho en estos menesteres. Es más, la calidad de las imágenes no es demasiado buena. En fin, ya aprenderemos un día de estos.
De nuevo por casa, con la Casa. Como ven, la saga continúa, soy un resistente. En este caso con un poco de aporte tecnológico, compartiendo imágenes tomadas durante parte del proceso constructivo iniciado una vez que se obtuvieron los primeros fondos para ejecutar la obra y fueron completados los trámites administrativos del caso. El vídeo que compartimos es mudo. No hay música ni palabras. La música, en este caso, se la dejo a la imaginación de cada uno. Las palabras –pretendidamente explicativas, seguramente insuficientes, o redundantes, vaya uno a saber- las aportaré yo.
-Francisco, ¿querés exponer en el encuentro del ICOMOS? (1) -Vos sabés que soy curioso y cada dos por tres me meto en líos de todo tipo, Héctor. Pero estos tipos saben de lo que hablan, que no es mi caso. No quiero pasar papelones. Una cosa es lo que estudiamos en la facultad y muy otra es pasar por un especialista del Restauro. -Dejate de embromar. Lo de Las Goletas hay que mostrarlo. Ninguno de nosotros averiguó lo que vos averiguaste. -Héctor, no jodas, no es para tanto. Además no estoy solo en esto. -Te hablo en serio. Conversé con los organizadores del encuentro y les pareció buena idea. Estás haciendo la obra, ¿o no? -Y sí, la estamos haciendo, pero… -¿Qué? -No sé… se nos van a cagar de risa… -Yo te meto en el programa. Vos preparate. -Yo estoy preparado. Ese no es el punto. Héctor, estos ñatos se desayunan con nostros. -Te meto en el programa. -No. -Sí. -Vamos a pasar papelones, Héctor. -No creo.
Palabra más, palabra menos, este diálogo ocurría en las oficinas de la Dirección Provincial de Estudios y Proyectos del viejo Ministerio de Obras Públicas, en ese entonces a cargo del Arq. Héctor Domínguez. En rigor de verdad la reunión se produjo para explorar la posibilidad de realizar una intervención en el edificio del Museo del Fin del Mundo (edificio de la antigua sucursal en Ushuaia del Banco de la Nación, convertido en museo en 1979, luego de la donación del inmueble al entonces Territorio Nacional, por parte de la entidad bancaria un año antes), con el objeto realizar necesarias tareas de mantenimiento y sobre todo, recuperar el frente y otros sectores exteriores que se encontraban muy deteriorados, en especial la gran vidriera de la fachada. La intervención pudo realizarse tiempo después, aunque esta es otra historia. (2) Debo agregar que Héctor, por su cargo en la Administración, había sucedido como delegado de la Comisión Nacional de Museos a Roberto Rimoldi, su antecesor.
Mi colega y amigo terminó convenciéndome. Lo cierto es que el 1 de junio de 1994 comencé la exposición más o menos de este modo:
-Ustedes, espero, sabrán perdonarme…
Entre otros, estaban allí los delegados de las regiones Noroeste (imaginen, Salta, Jujuy…), del Noreste (¿les suenan las Misiones Jesuíticas?), Córdoba (nada menos), el Arq. Carlos Moreno… Y yo ahí, muerto de miedo, como cuando rendí el final oral de Historia III con la Arq. Scarone, adjunta a la cátedra de su esposo, el Arq. Jorge Gazaneo, sobre todo si te tomaba la mismísima gorda en persona. Aclaro, miedo escénico sí, pero no desarmado. Cuando te jugás, jugás a todo; si no, no juegues. Allí estaban las fotos, los planos y los vídeos. Todo un arsenal gráfico, por las dudas. Parte de este material son las imágenes que aquí se comparten. (3)
Si repasamos estas imágenes, podemos observar, en primer término, las características del terreno en donde finalmente se emplazó la obra, llamado “Paseo de las Rosas”. Este nombre surge de una iniciativa que habían tenido varias señoras de Ushuaia, consistente en plantar en las inmediaciones un rosedal que no prosperó, fundamentalmente por falta de atención y mantenimiento. Lo cierto es que el lugar estaba muy cercano a la costa y allí no había paseo alguno. Hoy, esta parte de la ciudad ha cambiado sustancialmente. El primer cambio fue, justamente, el paseo que se configuró en torno a la Casa Beban. Años después, se construyó la doble mano de la Av. Maipú y chau costa. Quienes han seguido (o siguen) esta saga, habrán podido observar por ahí un plano general de implantación que nunca se llegó a concretar, como suele ocurrir muchas veces. Cada vez que cambian los gobiernos (en este caso el municipal) se empieza de nuevo y lo hecho por el anterior, se deja de lado. Aquella propuesta contemplaba a las rosas. La actual es asfaltada.
Se puede observar también una secuencia en la que hay un operario haciendo equilibrio sobre unos pilares de madera. Esta corresponde a otra obra (nótese que hay dos carteles de obra, ambos de igual tamaño e importancia, uno por la Casa Beban y el otro por una obra menor, supuestamente complementaria) que apenas iniciada la que nos ocupa, aparece como por arte de magia, exactamente delante de la fachada de la nuestra, tapándola o, en todo caso, obstruyendo la imagen paradigmática y, de paso, complicando a los turistas que para sacarse el obstáculo de encima y capturar en una foto limpia la casa escandinava tuvieron que emular durante varios años al hombre de goma.
Se trató de una glorieta, bonita por cierto, aunque no tiene la más mínima relación con la arquitectura austral, sino más bien con revistas de arquitectura en madera editadas en los Estados Unidos o, por ahí, la copia de alguna foto tomada en algún lugar de Alemania, durante un período vacacional. (4) Por suerte, unos cuantos años después, alguien cayó en la cuenta del error y esta glorieta se reubicó más atrás, integrándose al paseo, de modo tal que tuviese como telón de fondo el Canal Beagle (y no la Av. Maipú, calle de alto tránsito), posición mucho más acertada si consideramos que la función de esta glorieta no es puramente ornamental. Allí, en los meses de primavera y verano, se realizan presentaciones de grupos musicales juveniles. ¿Alguien puede pensar un escenario donde se ejecute música al aire libre con un telón de fondo consistente en una avenida de alto tránsito, en vez de recostarse sobre el paisaje del canal y el silencio que el mismo prodiga? Respuesta: no. Sin embargo hubo quien lo hizo. Yo no fui.
Luego, se pueden ver claramente las características generales de la estructura de los tabiques de madera. Todavía hoy son utilizados en muchas construcciones de la Patagonia Austral, tanto en la Argentina como en la República de Chile, aunque la madera ha perdido cierto terreno frente a otros materiales más actuales, a excepción del caso de las construcciones precarias, pobreza –creciente- mediante.
En nuestro caso debemos acotar que las escuadrías de la tirantería utilizada son mucho más robustas que las habitualmente utilizadas (las mismas que se utilizaron originalmente, concretamente 4” x 4” y 3” x 4") y, además, los tabiques fueron rediseñados en función de las exigencias del imprescindible cálculo estructural antisísmico que las normas imponen. Luego, al refuncionalizar parte de la casa, hubo tabiques en los que se practicaron importantes vanos para dar continuidad a los distintos sectores de las salas de exposición, por lo que debieron incluirse vigas reticuladas, apoyadas en pilares o columnas compuestas. Nótese también que la totalidad de los tabiques está construida con maderas nuevas y de la zona. En cambio, la estructura de la cubierta se rehízo con los tirantes originales (también de la zona, pero con unos cuantos años encima; la madera es un material muy noble), agregando algunos refuerzos en los sitios que anteriores intervenciones los habían retirado o dañado. Acoto, no recuerdo si ya se ha dicho, que los materiales de “obra gruesa” no eran transportados desde Europa, sino tomados de la zona. Nosotros hicimos lo mismo que Don Fortunato.
Volviendo al techo, o mejor dicho y en términos más amplios a los revestimientos de chapa de cubierta y tabiques exteriores, se observa con claridad que la mayor parte de la cubierta se reconstruyó con las chapas de cien años atrás. En el caso de los tabiques esto resultaba imposible, no solo por el deterioro, sino porque la mayor parte de estas chapas ya no estaban en su sitio, toda vez que fueron retiradas antes. Si se repasan las imágenes que registran el estado en el que se encontraba la casa antes de ser desarmada se verá, por ejemplo, que la fachada había sido revestida con tablas de madera machi hembrada y que las chapas de laterales y fondo o estaban muy deterioradas, o ya no estaban en su sitio.
Puede ser que a algún colega le interese saber el criterio adoptado para las fundaciones (los cimientos para todo el mundo) que como era obvio, no podían volver a ser simples “zoquetes” (pilares de madera hincados en el suelo) ya que ellos se pudrirían con el tiempo, tal como ocurrió con los originales. Pero además el terreno (repito, muy cercano a la costa) no tenía muy buena capacidad portante, me animo a decir que casi ninguna. El problema residía en que era necesario recrear la sensación de un piso de madera, separado del suelo, apoyado en vigas de mismo material que descargan en los zoquetes (que ofician de pequeñas columnas), con una cámara de aire inferior que resguarda de las bajas temperaturas. Y no solo esto, sino algo más importante: el piso, al ser caminado, suena a hueco. La solución la aportó Bruno βerga, un alemanote venido a la Argentina cuando joven, gran calculista, fanático de las normas DIN y mejor amigo. (5) Lo que ven ustedes en este vídeo no es otra cosa que una platea invertida apoyada en un relleno compactado de suelo seleccionado, con vigas de refuerzo en las que no sólo apoyan los tabiques (todos ellos portantes) sino también el envigado de madera sobre el cual se apoya el piso que, como se podrán imaginar, suena a hueco. Hay cámara de aire y separación entre el nivel de la vereda perimetral y el tabique de madera propiamente dicho a los efectos de separarlo de la acción del agua y/o la acumulación de nieve.
Voy terminando este post, que se ha puesto extenso, señalando dos detalles: el primero, menor, es el de la cañería de gas que se observa por ahí. Los caños delatan la fecha en que estas imágenes han sido tomadas, ya que aún no se conocían en la Argentina los que son ahora de uso corriente, esto es los que llevan un revestimiento epoxi, característico por su color amarillo. También los de Hidro-Bronz para el agua y la calefacción central, hoy superados por los tubos de polipropileno copolímero random (y olé). El segundo, más importante, es la imagen de dos trabajadores dando vueltas por los costados de la construcción. Se trata de Don Vega y su primo, eximios carpinteros de obra de nacionalidad chilena, radicados hace añares en Ushuaia. Si querés hacer una obra de madera bien hecha, llamate a un buen par de carpinteros chilenos. Ellos saben muy bien de que se trata.
Me olvidaba de un detalle. Cuando concluyó la exposición, aquel 1 de junio de 1994, el Arq. Carlos Moreno se acercó, me saludó efusivamente y me dijo: “No se te ocurra bajar los brazos, pibe. (6) Estás haciendo lo correcto y lo hacés muy bien. No aflojés.” Confieso que en ese instante pensé en los frescos de Miguel Ángel en el techo de la capilla Sixtina, mientras un coro de ángeles cantaba el Himno a la Alegría, de la 9na. de Beethoven. También confieso que, a partir de las palabras del maestro, me animaba a todo. Y estoy dispuesto a redoblar la apuesta. Ahora, mis amigas y amigos, me voy a escuchar a Ludwig.
(1) ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios) (2) En verdad esta experiencia, la del museo, tiene unas cuantas aristas interesantes, algunas muy graciosas o curiosas, como el ascensor que actualmente se encuentra en el acceso al edificio. Un día de estos por ahí la cuento. (3) Además no estaba solo. Allí estaba también Bocha Martínez, quien compartió conmigo casi todo este camino. Lo interesante del caso y que muestra hasta qué punto puede llegar la osadía, en tanto jóvenes, es que Bocha no es arquitecto, ni siquiera técnico, ya que tuvo otra formación. Eso sí, el tipo no es ningún boludo y además fueguino, tenía su “chapa”. Cuando recuerdo las explicaciones del Bocha a los ilustres y eméritos colegas no puedo dejar de sonreír con cierta añoranza y pensar en muchos buenos momentos, ciertamente divertidos, a veces hilarantes. (4) Es necesario manifestar que hubo un período bastante prolongado, todavía nos encontramos saliendo del mismo, en el que algunos colegas procedieron a "inventar" una arquitectura "fueguina" que jamás existió en términos históricos. Inventar o promover cierto esquema estético (aunque manierista y poco funcional en muchos casos) no tiene nada de malo. El punto con el que no puedo concordar es la creación de una falacia, esto es una arquitectura que "antes" nunca existió, mientras que se ignoraron los fundamentos de aquella arquitectura que sí existió y simplemente, salvo escepciones, fue lisa y llanamente demolida. (5) Bruno falleció hace ya unos años. Desde aquí mi recuerdo a un muy buen tipo y un mejor profesional. Siempre recuerdo que, en este caso, Bruno me decía: “Frangcisco, acá lo que tenemos que hacer es un bargco. Es lo mismo, como un bargco… la casa flota, bogludo.” Acto seguido, se tomaba una cerveza. (6) Aclaro que yo ya no era ningún pibe. Pero tratándose del maestro Moreno, se acepta. También aclaro que el vídeo que aquí se muestra fue realizado por la gente de Gama Producciones.
"Dos" ha vuelto. ¿Acaso alguien ha pensado que este relato estaba terminado? De ningún modo. Digamos que nos hemos tomado una pausa hasta resolver algunos aspectos técnicos indispensables. Además, un poquito de misterio nunca viene mal ¿no creen? Allí vamos, prosigue la aventura de contar una aventura.
Decía en la anteúltima entrega de esta historia por entregas que teníamos resuelto el proyecto ejecutivo para reconstruir la casa, las ganas de poder llevar adelante esta obra y la decisión política de quien era por entonces Intendente de la ciudad, el Sr. Mario Daniele. Faltaban los fondos mínimos e indispensables para poder solventar la construcción. También el consenso de una parte de los pobladores más antiguos toda vez que, curiosamente, no faltaban quienes se oponían a la obra. También se opusieron muchos (en realidad no éramos tantos por aquel entonces, la mayor parte prestando servicios en distintas dependencias estatales) colegas arquitectos, cuestión que en su momento me dejó pasmado y que –a pesar de los años que han transcurrido- nunca he podido comprender o explicarme desde un análisis basado en la buena fe. Como creo que no cabe otro tipo de análisis, supongo que me iré de este mundo sin haber comprendido tan extraña reacción.
Lo cierto es que cuando los proyectos compartidos, y amados, se estancan en traicioneros bosques que impiden ver con claridad la senda, suele aparecer alguien que aporta una solución creativa que permite encontrar la salida y seguir para adelante. Ese “alguien” no fue otro que el Sr. Raúl Berrone, por entonces Secretario de Obras Públicas del municipio. Palabra más, palabra menos, la idea fue la siguiente:
Muchachos, me parece que quienes resisten la idea no están debidamente informados ¿Qué pasa si convocamos a los viejos pobladores a una presentación integral del proyecto y, en tal circunstancia, proponemos un mecanismo por el cual se obtengan fondos a partir del pago anticipado y voluntario de sus impuestos municipales, por el período que fuere, según las posibilidades económicas de cada uno y nunca más allá de nuestra gestión? Y luego: ¿Se podrá hacer un video que resuma todo esto? ¿Se pueden montar paneles donde se exhiban los planos? ¿Por qué no hacer una buena presentación? Se podrán imaginar nuestra respuesta.
Y volviendo a esto de los proyectos compartidos, o si se prefiere "la buena onda", allí estuvieron Fabián Fiocchi y Hugo Tauro (a quienes ya habíamos molestado para que fueran registrando en video distintos pasos del proceso de desarme de la casa), del mismo modo que Antonio Wallner (gran esquiador y en aquellos tiempos un caracterizado locutor de Radio Nacional de Ushuaia), y nuestro entusiasmo a prueba de balas. ¿Video? Si hubiese sido necesario hacíamos un film completo.
Estuve (para variar) un par de días adherido a aquella arcaica PC que supe tener alguna vez, como ahora, pero con algunas distancias tecnológicas, claro está. Imaginen: disco de 250 megas y el procesador de textos nada menos que el inmortal WordStar 6; diskettes 5.25” 2S/HD. Seguramente cualquier joven que esté leyendo esto pensará, y no sin razón razón (todo esto pasaba en 1993), “mi madre, este tipo es del tiempo de las cavernas.” El resultado: un texto que, hoy por hoy, me suena un tanto grandilocuente. Así y todo, le tengo cariño.
Luego, durante algunos días, nos constituimos en las instalaciones de Gama Producciones y gracias a la infinita paciencia de Fabián, instalado en la mesa de edición cual tornillo autoaterrajante, los aportes muy oportunos de Hugo, la particular forma de decir de Antonio, y las ideas que Bocha y quien esto escribe íbamos aportando, salió el bendito video. Aquí está la pieza de museo.
Con las baterías bien cargadas, revisado a fondo el material que sería presentado, redactado y perfeccionado el mecanismo de financiamiento ideado por Raúl, se lanzó la convocatoria. Gran reunión. Ocurrió en el salón del Hotel Albatros (hoy ya no es el mismo, ha ganado en sofisticación, aunque lo siento un tanto impersonal) y no fueron pocos los que allí estuvieron. Entre ellos dos personas que aportaron un decisivo apoyo al proyecto: el Turco Salomón y Mariano Viaña. La idea funcionó y, si bien no se recaudó la totalidad de los fondos necesarios, alcanzaba para poder comenzar la obra y esperar al ejercicio del año siguiente para destinar en el presupuesto municipal la partida correspondiente, Concejo Deliberante mediante.
Un tiempo después, hechos los trámites del caso, comenzábamos la obra. La seguimos otro día.
Nota 1: Mi agradecimiento a Fabián Fiocchi quien ha tenido la gentileza de digitalizar las imágenes originales que, como se imaginarán están registradas en soporte magnético, en los archivos de Gama Producciones. El resultado ha sido muy satisfactorio si consideramos que las filmaciones y la edición datan de 1993.
Nota 2: Debo reconocer un error de interpretación de mi parte. En algún momento el texto habla de "...la imagen [del edificio] y su ornamentación tienen una fuerte impronta neoclásica." Esto es incorrecto, todavía no había estudiado lo que luego aprendí. La imagen no se corresponde con el Neoclasicismo, sino con otro tipo de arquitectura muy presente en la Patagonia Austral (originado en el centro y norte de Europa), tanto de Tierra del Fuego y sur de Santa Cruz, como la de la Región de Magallanes, República de Chile. De hecho, la primer secuencia de fotografías de similares edificios ha sido tomada en la ciudad de Punta Arenas en el decurso de la investigación oportunamente realizada. Luego, la segunda, se corresponde con edificaciones de la ciudad de Ushuaia. Lo que sí tiene una impronta neoclásica es la ornamentación que presenta la fachada de nuestra casa, en particular las falsas pilastras.
Nota 3: Cualquiera que visitara hoy la ciudad de Ushuaia, no encontraría el paisaje urbano que se muestra en este video como representativo "del hoy". La ciudad no solo ha cambiado, su población también, empezando por el número de habitantes... y de automóviles
Entre los tantos aspectos fascinantes que encuentro en la tarea de llevar adelante este blog, se destaca el intercambio de ideas con la gente que tiene la amabilidad de darse una vuelta por aquí de vez en cuando, ya sean amigos (la mayoría, haciendo "el aguante" correspondiente), u otras personas que tarde o temprano se convierten en nuevos amigos. Lo he dicho otras veces y hoy lo repito: me encanta. Bien, Lucas me ha enviado un correo acerca de la última entrega de "Dos" y, con su permiso, paso a publicarlo. Pasen y vean... o mejor dicho, lean.
Se está poniendo lindo. Sobre todo la hipótesis de porqué los viejos fueguinos quieren tirar todo abajo. Me hace acordar a cuando Frondizi ordenó tirar abajo la penitenciaría, que denunciaba la existencia inevitable del crimen y el castigo en pleno barrio de Palermo, a pocas cuadras del Botánico. Era muy parecida a nuestra cárcel y también una institución modelo, siendo famoso el pan dulce de los presos en las navidades, y la imprenta donde se llegó a editar el boletín oficial. Hoy es una de los espacios verdes más concurridos de Buenos Aires, con mucho de solarium, el colegio JF Kennedy -Lengüitas para los iniciados- y media docena de palmeras que sobreviven a la vieja cárcel. También en su momento derribamos las casas coloniales de San Telmo, donde más se evocaba a la epidemia de fiebre amarilla y a los primeros y sórdidos conventillos porteños que a la perezosa ciudad colonial, demolimos cientos de manzanas para tener la Avenida de Mayo, ensanchar Corrientes, diseñar las diagonales y abrir la imponente 9 de Julio. Ni siquiera el histórico Cabildo pudo resistir a la piqueta que lo dejó convertido en su propia maqueta. Y creo que los porteños, por lo menos una gran mayoría de ellos, miraron con entusiasmo los cambios. Queríamos dejar de ser la ciudad hispana, atrasada, ingnorante y conventual para incorporarnos a la modernidad. Lástima que no comprendimos que el progreso que pretende ignorar su historia es como un barrilete sin cola que no sabe bien para qué está en el cielo.
Lucas Potenze, Ushuaia.
Nota: Lucas es profesor de historia y Rector del Colegio Nacional de Ushuaia.
La respuesta a la pregunta que inicia el último aporte a esta historia por entregas tuvo, en realidad, dos respuestas. Una ya fue contada. Ahora intentaré desarrollar la segunda, casi una obviedad: resultaba necesario producir una documentación técnica que permitiera reconstruir la casa, apoyándose en la investigación histórica y resolviendo técnicamente el desafío. Sin ser en aquel entonces experto en la materia, bien sabía que las trapisondas a la Violet Le Duc no estaban muy bien vistas que digamos en los ámbitos académicos. Una cosa es la reconstrucción y muy otra diseñar desde uno mismo posicionándose como ser del pasado.
No sabía si quienes tenían la potestad de decidir tomarían la decisión que yo esperaba desde el mismísimo momento que me involucré en la aventura: que la casa se reconstruyera. Estoy contando una historia lo más objetivamente que puedo aunque uno jamás es totalmente objetivo, eso no existe, y por tanto solo me queda de ser sincero, aún en mi subjetividad. Yo quería recorrer este camino. Mi curiosidad innata era mucho más fuerte que todo consejo o consideración moderada que se presentara por ahí, que no faltaron. En ciertas circunstancias no suelo ser moderado, mucho menos prudente. La pasión me domina.
La casa se desarmó, hubo algunos dimes y diretes, ella estaba durmiendo –nunca muerta- esperando su resurrección, en un ignoto depósito, por obra y gracia de las circunstancias.
El peso de la prueba estaba en mi “rincón del ring”. Debía demostrar que no sólo era factible reconstruir este edificio sino que tal decisión tendría sentido y no sería un episodio más de los tantos que promueve la gestión estatal (en este caso la municipal) orientadas a las necesidades corrientes de toda comunidad, con sus buenas y malas. Redundante –no lo puedo evitar- me permito decir que no bastaba con rehacer la casa. Esta decisión debía servirle a la comunidad.
Por aquellos tiempos había un puñado de valientes que pensaban a Ushuaia como un destino turístico de peso pero así y todo, ni siquiera estos valientes concebían que tal destino -que se ha cumplido- podía ofrecer lo que hoy se ha catalogado como “turismo cultural”. Salvo excepciones, nadie creía en la potencialidad cultural de la gente de Ushuaia que sin embargo allí estaba, levando como la levadura hace del pan una exquisita explosión. El centro de las estrategias resaltaba los innegables valores naturales que Dios nos ha regalado. El mundo de los humanos no contaba. El pan, el que vendría, no era percibido, ni siquiera soñado, salvo muy honrosas excepciones.
No miento ni peyorizo sino que apenas cuento al afirmar que la mayoría de los antiguos pobladores o, en su defecto sus inmediatos descendientes, tenían una idea fija: demoler lo anterior (considerado de poco valor) para “modernizar” la ciudad. Las encandilantes luces de distintas metrópolis (Ushuaia no responde exclusivamente a “la metrópolis argentina”, Buenos Aires), eran más fuertes que el recuerdo y la valoración del pasado personal y local. Arriesgo una razón: el pasado de Ushuaia se emparenta con vidas y cuestiones asociadas a extremos sacrificios y algo mucho más fuerte: el desarraigo forzado por la pobreza, el aislamiento y la soledad. Los protagonistas de tales circunstancias no suelen resaltar sus miserias. Lo hacen, hacemos, quienes venimos luego y nuestros intereses no necesariamente son compatibles con aquellos protagonistas que dicho sea de paso no son próceres, solo personas en búsqueda de un destino, que no es poco. También lo promueven sus nietos, ya consolidados en una próspera realidad, ansiosos de una legitimación de su poder económico, producto del presente que ya será contado en algún momento y nada tiene que ver con un pasado no tan lejano, aunque absolutamente diferente.
Ante la posibilidad de que se decidiera proceder efectivamente a la reconstrucción de este edificio no fueron pocos los que manifestaron su oposición. Entre tantos argumentos esgrimidos pare ello, hubo uno central y refutado por los hechos: no se podía pensar en reconstruir una vieja casa, que estaba “podrida”. Un gasto inútil, cuando todos clamaban por nuevas paredes de mampostería, en la tierra de los tabiques de madera y chapa.
Roberto, mi amigo, migró hacia Buenos Aires por cuestiones familiares. Ya no tenía “apoyo técnico-político” y nunca un “equipo” que me respaldara. Apenas contaba con un grupo de amigos de entonces y el entusiasmo. Así y todo y contra todo pronóstico lo pudimos hacer: hubo una documentación de proyecto ejecutivo que permitía aspirar con fundamentos irreprochables a la exquisita aventura de ser partícipes de la historia. Nada menos, nada más. Diana, Charo, Viviana, Bocha, Bruno, Luis, Zulema, Mallón… Cada uno hizo su aporte. Y yo en el medio, asociando, resolviendo, asumiendo responsabilidades, poniendo la cara y jugado, como siempre. Contaba también con algunos "colegas" que deberán explicar alguna vez y a la hora de repasar conciencias, sus contradictorias y malintencionadas actitudes.
Lo cierto es que los planos necesarios estaban. Había que tomar decisiones y nosotros no teníamos la potestad de tomarlas.
Una tarde cualquiera se produjo un encuentro en el que se dijeron pocas palabras, las necesarias. -Francisco, en serio, ¿se puede reconstruir Las Goletas? -Vos sabés, Mario, que no miento, en todo caso me equivoco. -Francisco, no me vengas con esto, vos sabés que lo mío es la política. No puedo fallar, si así fuera, me matan. -Mario, si te digo que me animo es que creo que se puede hacer esta obra. -¿En serio? -Tenés mi palabra de honor. Es enserio. -Bueno, la casa se hace. -Fenómeno, Mario, pero ¿vos tenés presupuesto para esta obra? -No -¿…? -Mirá, de algún lado vamos a obtener los fondos. Estoy seguro que a Raúl [Raúl Berrone, entonces Secretario de Obras Públicas, un economista con sensibilidad de arquitecto] se le va a ocurrir alguna idea. Vos empezá a preparar la obra. Te vamos a llamar. Esta obra se hace o se hace. -Como digas. Yo sigo. Te creo.
Y así pasó. Las ideas y los caminos aparecieron. Pero esto es otra historia. Ya te vas a enterar.
Desarmamos la casa. ¿Y ahora qué? Había que guardar en sitio seguro los materiales y partes rescatadas. También las inservibles. La decisión de reemplazar alguna de ellas, por más relevamiento documental que se hubiese hecho necesitaba la prueba contundente de la física realidad. Al menos es lo que supuse en ese momento. Intuitivamente sentía que estaba jugando con algo delicado, importante: nada menos que una historia que no era la mía. Por más que Don Mallón, Bocha Martínez y otros me dijeran que teníamos una selecta colección de maderas podridas o en vías de pasar a mejor vida, leyes de la Naturaleza mediante, no me animé a tirar ni un clavo. Nadie se daba cuenta que nos habíamos involucrado en un caso singular y muy pocas veces visto en la historia de la recuperación y/o conservación de cierto patrimonio. Lo nuestro era muy jugado, diría herético.
¿Por qué el desarme? Bueno, ya he contado las circunstancias. O nos jugábamos o todo desaparecía. En el terreno vendido por la familia Beban se venderían autos provenientes de Rusia, una más de las exóticas cuestiones que sucedieron y suceden en esta Isla Grande de Tierra del Fuego.
-Roberto, ya desarmamos la casa. Decime adónde llevamos las cosas. ¿Te parece bien el depósito municipal? -Eso nunca. -¿Cómo? -Ni soñando, Francisco. Si llevás las cosas al corralón municipal, vamos a ver muchos asados. -¿Asados? -Sí. Los muchachos no van a tener que ir a buscar leña o carbón para el asado del fin de semana. Para ellos eso es madera vieja y sirve para hacer el fuego. -¿Y…? -¿No tenés un lugar donde guardar las cosas? -Bueno, tengo un depósito… Pero no me parece, es un sitio privado, la casa se supone un bien público. No sé, Roberto, es medio extraño. -Pues no te extrañes. Si llevamos la casa al corralón olvidate de ella. ¿Vos podrías guardarla en tu depósito? -Claro que la puedo guardar pero ¿con qué derecho? - Ninguno, Francisco. -¿Y…? -¿Nos jugamos o no nos jugamos? -¿Y por cuánto tiempo debería guardar yo estas cosas? - No sé. - Muy bueno lo tuyo, Roberto. -¿Qué querés que haga? Esto es así. -Bueno, la guardo por dos o tres meses, mientras ustedes ven qué hacer. - Te aviso que no tengo partida. - No, Roberto, eso no importa. Lo que no quiero que pase es que termine con un lío por tener en mi depósito estas cosas que, hoy por hoy, son un bien municipal.
Y así fueron las cosas. Cada tabla, cada tirante de madera, cada elemento que se pudo rescatar, útil o inútil, fueron a parar al depósito que en aquel entonces tenía y luego, ya contaré (o no, veremos) perdí por razones que ahora no tiene sentido detallar.
La anécdota jugosa, si se quiere, es que la torre -el cucurucho- no pasaba por el portón del galpón. Se quedó entonces en la puerta, bien pegadito al depósito, como para que nadie se animara a ir llevándose un recuerdo hasta que no tuviéramos nada. De hecho tuve que contratar a un señor que hiciera las veces de sereno a los efectos de que no nos robaran, porque –digámoslo bien claro- acá antes y ahora, se suele robar materiales y utensilios en depósitos y obras. Y bien que te saquean.
Pero lo jugoso no pasa por esto que comento. Un mes después de hacer lo hecho, aparece en un periódico local una denuncia de una vecina comprometida en la que expresaba que alguien se había robado el Hotel Las Goletas. Sociedad compleja la fueguina.
Conclusión: el sereno es el único que sacó partido de la circunstancia. O no, posiblemente han sido otros más. Yo no. En esos tiempos estaba enfrascado en la posible reconstrucción. La Arquitectura me dominaba.
Don Mallón (aymara occidentalizado por la historia, hombre pragmático por cierto, eterna gorra con visera en su testa, camioneta Ford F-100 roja, modelo nosecuantos que todavía conduce), no dejó de mostrar su asombro frente a las consignas que este sujeto le transmitía. “Como diga Arquitecto”, media vuelta, meneo de cabeza… “El pibe enloqueció…” Pero él, su cuadrilla, moderados y pacientes como todo americano que reconoce raíces que vienen de muy lejos, hacían lo solicitado. Es que para Don Mallón & Cía. lo que estaban haciendo no tenía el menor valor, a excepción de su interesante salario, en este caso doble ya que no demolíamos, sino desarmábamos.
¿Patrimonio? ¿De quién o quiénes? Se puede saber qué le podría importar a un nativo del Altiplano transportado a Ushuaia por fuerza de la necesidad una casa en ruinas de madera que, se suponía, había venido del norte de Europa a estos confines australes. Y, en mi caso, a un hijo de españoles, nacido y criado en las calles de Quilmes, por más arquitecto que fuese.
No me digan que la situación no deja de ser interesante. Para mí lo fue y lo sigue siendo, toda vez que –con los años- he seguido profundizando en este asunto del patrimonio. Hay que saber observar y escuchar. ¿Qué sería o vendría a ser esto de la identidad cultural? Pregunta que los habitantes de Ushuaia deberíamos hacernos más a menudo.
En el embrollo estábamos cuando se nos presentó un tema difícil de resolver: la “torre” o como la bauticé en su momento, el cucurucho.
08:00 A.M. Mallón dice: Mire, Arquitecto, a eso no le podemos dar; va a salir mal. 08:05 A.M. Yo respondo: Mallón, no embrome, ya desarmamos la casa entera, no se me achique. 08:07 A.M. Mallón dice: No Arquitecto, la torre no. Está alta, no tenemos andamios y me parece que si la desarmamos usted no la arma más. Acoto: Mallón sería aymara, pero no sonso, en el fondo comprendía de qué se trataba todo esto o, en todo caso, en el lío que se estaba metiendo su "Arquitecto". Supongo que me quería vivo, con vista a futuras lides. 08:10 A.M. Digo (hacía varios días que pensaba en el asunto y tenía mis severas dudas): Tiene razón, Don Mallón. ¿Qué hacemos? 08:12 A.M. Mallón dice: Traiga una grúa. 08:13 A.M. Pregunto: ¿Grúa? 08:14 A.M. Mallón contesta: Sí. 08:15 A.M. Replico: ¿Se puede saber de dónde carajos saco yo una grúa? 08:16 A.M. Mallón informa: El “Gallego” acaba de traer una para el puerto. 08:17 A.M. Respondo. ¿No me diga? ¿El Gallego? 08:18 A.M. Mallón ratifica: Sí, Arquitecto. 08:22 A.M. Pienso dos minutos y digo: Mallón, que la gente se vaya a su casa. Ordene el predio, limpiemos. Vamos a ver este asunto de la grúa. 08:23 A.M. Mallón (lo infiero) habrá respirado tranquilo. Por ahí llegó a pensar “este está loco pero no tanto”. O no, seguramente siguió convencido que “el Arquitecto” no estaba en sus cabales. Pero él y sus adláteres cobraban en término. Suficiente argumento, supongo, para seguir el juego.
Los “muchachos” limpiaron y pusieron orden (detesto las obras desordenadas, aclaro, es una deformación profesional, casi una obsesión), y partieron a sus casas satisfechos. Cobrarían su salario y ellos se concentrarían en un buen cordero acompañado con papas hervidas, a la boliviana. Fiesta.
Efectivamente había una nueva grúa en Ushuaia. El problema era que no la podíamos pagar. No estaba contemplado este gasto en el presupuesto. Todo un problema. No olvidemos que, si bien se trataba de los inicios de la aventura, esto ya se había convertido en una obra pública y como toda obra de esta naturaleza, estaba sujeta a normas que es imposible no contemplar, si es que se aspira a cumplir con la Ley.
Conclusión: había que convencer al Gallego de la necesidad de hacer un aporte trascendente a la historia de la ciudad. No fue sencillo, admito que cuando le fuimos con el problema lo primero que hizo fue soltar una sonora carcajada. Pero, amigos, la teoría del paso a paso y las bondades de la dialéctica sirven. Al menos en este caso así fue.
Tuvimos la grúa, y sacamos al cucurucho intacto, indemne. Más tarde, trabajado y restaurado, lo pusimos en su sitio y, obviamente, con la misma grúa. Gracias Gallego, estés donde estés. Y gracias amigo Mallón, aunque no lo imagino recorriendo este blog. ¿O sí? vaya uno a saber...
Allí estaba, entonces, el cuerpo herido de la casa, no muerto. A pesar del tiempo, los cambios, el maltrato, ella seguía viva aunque no eran pocos los dispuestos a firmar su certificado de defunción. El punto no era otro que encontrar la terapia adecuada. El problema era, en primer lugar, la falta de recursos y, luego, la escasa información disponible. Sin embargo no faltaban el sentido común (o como suelo definir en mis clases, la teoría del paso a paso), las ganas y, sobre todo la fe. Quienes nos involucramos en esto creímos en el proyecto.
La arquitectura “de chapa y madera” que caracteriza a la región de la Patagonia Austral (incluyendo la que todavía podemos disfrutar en la República de Chile), no es compleja. Nunca podría serlo, toda vez que su esencia no es otra que resolver el hábitat del modo más práctico y sencillo posible, apelando a materiales fáciles de ser trabajados y, sobre todo, de ser transportados. No olvidemos que estos lares no están muy cercanos que digamos a los centros de fabricación y distribución de materiales aptos para la construcción. No sé si lo he dicho por ahí, pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría enviar un barco cargado de ladrillos, aunque sí de chapas, molduras, ventanas, puertas, papeles y telas para revestir muros, etc. Es una cara más de lo que algunos definen como “Arquitectura de Ultramar”.
Estos materiales, justamente por ser “livianos” requieren de cuidado y mantenimiento para no degradarse. Luego, en cuanto a la madera, material orgánico (y ancestral, convengamos) es obvio que los cuidados deben extremarse. Pero también presentan una particular ventaja: no es tan complejo proceder al reemplazo de aquellos elementos que se deterioren, en particular si hay –repito el concepto- un mantenimiento adecuado en el tiempo. En nuestro caso este aspecto hacía rato que no había sido atendido y es así que nuestra casa mostraba heridas de extrema gravedad. Pero no había muerto, insisto, y perfectamente podíamos afrontar el asunto.
En mis tiempos de estudiante las circunstancias me pusieron frente a una investigación que me llenó de satisfacciones, en el contexto de la cátedra del Arq. Molina y Vedia, recordado profesor. El tema: la Arquitectura Ferroviaria. No es ningún secreto la historia de los ferrocarriles en nuestro país, como en la India, en países africanos o la mismísima Europa. No se asusten, que esto no es una clase de Historia de la Arquitectura, tranquilos queridos lectores. Sólo cito la experiencia para comentar (si bien ya casi ni trenes tenemos, sabemos lo ocurrido en la Argentina en las dos últimas décadas) que es muy sencillo detectar un conjunto de elementos y componentes de los distintos edificios que configuran el mundo "ferrocarrilero" que se replican y, eventualmente, son combinados de distintas formas a los fines de lograr distintos efectos, o resultados, incluyendo los estrictamente plásticos o, si nos animamos a decirlo, estéticos. ¿Sabían ustedes que la Estación Retiro del ex Ferrocarril Mitre (no conozco su actual denominación; en la actualidad el sólo hecho de acercarme a una estación de trenes me deprime; yo conocí otro mundo), es similar a una de las principales estaciones terminales de la actual República de la India? ¿Qué me cuentan?(1)
Frente a nuestra casa, sin laureles ni diplomas, sólo con las ganas y nuestra fe, apelamos al sentido común: ¿Por qué razón los suecos no iban a aplicar conceptos similares a -por ejemplo- los ingleses o alemanes, a la hora de diseñar, producir y comercializar cierto tipo de edificios destinados a ser erigidos en cualquier parte del mundo? Pura Revolución Industrial, en particular a partir de la segunda mitad del siglo XIX en adelante, hasta que a Ford se le ocurrió lo de famosa “línea de montaje”. Por cierto, ahora que reviso esto y a la distancia, diría que uno hace mucho que viene ejerciendo descaradamente el arte de formular asociaciones ilícitas.
Sin embargo hay un aspecto que no podía ser pasado por alto: no vale “inferir” a la hora de la puesta en valor y/o rescate del patrimonio arquitectónico. No lo digo yo, sino La Carta de Venecia (1964) ICOMOS. Una cosa es asociar y otra ser un chanta.(2)
(1) No es una "amenaza", sino más bien una expresión de deseo. Un día de estos empiezo a despacharme con los trenes y, mejor aún, la infraestructura ferroviaria. Me encanta el tema.
Imágenes del pasado. Aquí muestro imágenes de una historia que no es la mía. Pasado que en su momento los herederos del mismo no valoraron -hay excepciones, Zulema, por ejemplo- en su justa medida. Resalto, aclaro, que esto no es más que una opinión personal, subjetiva por cierto. Ustedes saben que una cosa es el hecho o la obra. Muy otra la percepción que cada uno de nosotros, sujetos irrepetibles y parciales tenemos de la misma.
Allí están los miembros de una familia que poco tiene que ver con mis raíces, en un jardín, luego un andurrial, ya muertos los muertos. Habrán visto –supongo- las fotografías de anteriores artículos.
También se presentan los jóvenes de ayer. Ellos tampoco están. Apenas estamos los que ya no somos jóvenes y pretendemos contar la historia de otros pensando en la propia. Toda una parábola. Y si no lo es me importa un pito. En algún momento esto significó algo en mi vida. Hoy solo son recuerdos refritados en este minúsculo espacio. Adolescencias tardías diría mi abuela Francisca, a quien le debo mi satisfactorio nombre y nunca pude conocer.
Sin embargo es posible que alguien encuentre aquí una grata referencia. Con uno basta, todo habrá tenido sentido. Soy conformista.
El deterioro producido en el frente por el cambio de nivel de la calle Maipú era evidente. Pero no solo nos enfrentábamos a este problema. La casa no había sido siempre una casa. Unos cuantos años después del fallecimiento de Fortunato Beban Jakovicin, (1880-1958) y habiendo crecido la familia, el edificio es arrendado para que se instalara allí una clínica médica, embrión de lo que luego se convirtiera en el Sanatorio San Jorge, hoy un complejo de medicina privada de importancia en la región. Esto ocurrió hacia la década del ’70. Esta circunstancia generó la primera intervención de magnitud por la cual se produjeron importantes modificaciones a los fines de adaptar los espacios al nuevo destino dado al edificio. Convengamos que no es lo mismo una casona que una clínica. Por ejemplo, aquí ya no hay balcón, sino un “moderno” ventanal.
Entre 1976 y 1978, aproximadamente, la clínica se consolidó como Sanatorio San Jorge y ya contó con su primer edifico propio, que aún subsiste, en otro sector de la ciudad. Es entonces que produce una nueva intervención en el edificio que pasa a convertirse en un hotel: El Hotel Las Goletas. (Dos versión 1.1)
Para nosotros, para muchos, este edificio no era “la Casa Beban” sino El Hotel Las Goletas. Así lo conocimos y ni sospechábamos lo pasado en décadas anteriores.
Cuando me refiero a intervenciones, no hago más que hablar de remodelaciones, ampliaciones, cambios, etc. Obsérvese la fachada antes de comenzar con nuestra experiencia, allá por el ’92, y compáresela con la fachada original. Los cambios habían sido muchos.
Y no sólo la fachada tuvo sus modificaciones y “modernizaciones”. Si volvemos a observar la planta del edificio original, para lo cual repito la publicación de esquema de planta baja al que arribamos después de nuestra investigación y comparamos esta planta con la fotografía que sigue a continuación, tomada desde atrás del edificio, podemos identificar bastante bien las “ampliaciones” o agregados que se había realizado. Vemos en la fotografía la parte de la cubierta (techo) original, distinguible por su color rojo (ya apagado por los años) y el resto que claramente se diferencia. Veamos, por favor.
Pero esto no es todo. Llegó el momento en el que se necesitaron nuevas habitaciones, más habitaciones, ante la creciente demanda de alojamiento. La solución no fue otra que aprovechar el espacio del amplio ático o entretecho. Se realizaron divisiones, se instalaron algunos sanitarios en forma precaria y se llegaron a abrir algunas ventanas en el techo a los efectos de aportar cierta iluminación y ventilación. Pero hubo un pequeño detalle que no fue tomado muy en cuenta: en realidad la estructura de este entretecho no estaba demasiado preparada para soportar este nuevo uso. Apenas si se concibió como lo que originalmente era: un techo y, bajo él, los cielorrasos. El efecto fue demoledor. Veamos, si no.
Termino con una anécdota que hoy me resulta graciosa, a la distancia y con los ánimos más aplacados, aunque en su momento no tuvo ninguna gracia.
Han visto ustedes el conjunto de la totalidad del edificio que había sido vendido y, luego, plan mediante, donado al Municipio. Bien, cuando finalmente tuvimos acceso al inmueble para proceder a su desarme, nos encontramos con que faltaba parte del mismo, en particular el sector posterior. No poca fue nuestra sorpresa. Recuerdo que inmediatamente consultamos a Alberto Beban (fue Director de Ceremonial de la Provincia), quien actuaba como interlocutor o representante de la familia. Su respuesta nos dejó pasmados: “están equivocados, chicos, nosotros sólo donamos la parte de adelante”.
Mi entonces amigo, y a esas alturas compañero de aventuras en este poco común emprendimiento, el Bocha Martínez –tan fueguino como Alberto e intermediario en lo que fue la venta del inmueble al Sr. Carletti- le respondió: “no jodás Albertito, alguien se llevó la galería, ¿de qué estás hablando?” La respuesta de Alberto no nos dejó helados sino más bien calentitos. “Pienso aprovechar los materiales en otra parte”. Uno, en medio de tal discusión, no sabía qué hacer o decir. Sin embargo disparé, fiel a mis diplomáticas actitudes:“si te llevás la carpintería que daba a la galería de atrás te denuncio”. Por suerte la carpintería original sigue ahora en su lugar.
Mientras este amable diálogo se desarrollaba, unos operarios contratados por Alberto y vaya uno a saber quienes más, se dedicaban a arrancar, literalmente arrancar, instalaciones eléctricas, caños de gas y agua, lavabos, inodoros y canillas vetustas. Basura, pura basura, que además nada tenía que ver con la vieja casa. Supongo que el límite del operativo Bubulina (1) fue la carpintería que daba a la galería. En algún punto debía detenerse el recupero de quienes no creyeron que íbamos en serio.
Decía que la mayor parte de lo que los operarios de Alberto & Co. arrancaban no era importante. Sin embargo habían desaparecido algunos elementos que sí lo eran. Por ejemplo la salamandra y las arañas de la sala principal. Ya llegaría el momento de negociar para recuperar algunas. El resto era –insisto- descartable y poco tenía que ver con el objetivo de reconstruir lo que fue una notable casa de un ignoto villorio llamado Ushuaia, luego una clínica; más luego un hotel y por último otra vez vivienda, aunque ya sin el esplendor del pasado. Por allí había pasado mucha gente. Nada menos.
Es que el tema central no era la familia Beban (con el respeto que me merece, debo aclararlo), sino algo diferente. Estaba en juego la memoria colectiva o, en todo caso una memoria que intuíamos necesaria construir. O se plantaba un mojón significativo del pasado, por pequeño que resultare, o inexorablemente la demolición modernizadora avanzaría sin descanso, hasta que todo se terminara de perder. Son apuestas. En ellas se gana y se pierde.
(1) Para los memoriosos, me refiero a una de las escenas más patéticas de la película Zorba el Griego. Nunca me la he podido sacar de la cabeza.
Luego, y perdonen la insistencia. ¿Alguna vez los señores que a lo largo de los años han transitado la Dirección Provincial de Energía (que no es provincial, dicho sea de paso, ya que en Río Grande sigue vigente una cooperativa que viene desde antaño) asumirán el desastre visual en el que nos han metido, a puro cable, postes de hormigón, transformadores a la vista, y cuanta porquería se les ha ocurrido, como si esto no fuese una ciudad sino una chacra habitada por pordioseros y porcinos?
Contamos al principio los orígenes de la casa. También que, desde su mismísima inauguración en 1913, su sala principal y otros sectores (por caso la galería), albergaron concurridas reuniones sociales, no solo familiares. No fueron pocas las veces en que se solicitó poder realizar allí festejos y celebraciones diversas, comenzando por bodas y bautismos. Esa sala podría contar muchas historias. Algunas pudieron ser recuperadas, otras se han perdido para siempre. Y esto no es nada, también tenemos las que nunca ocurrieron y más de un osado se anima a publicar en donde sea como si nada.
Contaba Zulema que, cuando las bodas, los novios solían trasladarse caminando desde la iglesia salesiana apostada a menos de cien metros más allá, en la otra cuadra, hasta la casa de los Beban, donde se realizaría la recepción correspondiente. No dejan de ser jugosas algunas anécdotas referidas a este traslado, sobre todo si consideramos que no había veredas aptas y las calles eran de tierra. Si a tal circunstancia sumamos el habitualmente lluvioso (ni hablar de las nevadas) de esta zona, no necesitamos imaginar demasiado los percances sufridos por más de una estoica novia, con su habitualmente blanco vestido de bodas. Ni les cuento el consorte que, en más de una oportunidad, no tuvo más remedio de alzar en andas a su flamante esposa ante el implacable barrial de la calle.
Pero no sólo bodas, onomásticos y demás reuniones familiares supieron celebrarse en esta casa. También fechas patrias. Se ve que por ciertos años las diversiones no sobraban y era válida cualquier excusa para que “la juventud” lograra reuniones satisfactorias que, como todos sabemos, suelen –solían- hacerse para que unos y otras interactuaran mejor. Miren sino la imagen que sigue.
La mayoría de quienes aparecen en estas fotografías ya no está con nosotros, aunque quedan algunos por aquí y allá para dar su testimonio. Muchos de ellos nos ayudaron y gracias a ellos pudimos avanzar. Otros fueron indiferentes, posiblemente desconfiados. No creían que, ciertamente, queríamos reconstruir lo mejor posible un pasado no demasiado lejano, aunque pasado al fin, parte de la historia de este lugar. Es que estábamos hablando de sus padres, eventualmente algún abuelo.
Hablábamos también de su propia niñez y juventud. No hacía tanto tiempo ¿qué eran cuarenta, cincuenta o sesenta años? Recuerden que aquí contamos una experiencia que nació en 1992, sólo dieciocho años después de haberla transitado. Sin embargo no son pocas las cosas que han cambiado, empezando por la revalorización de ese pasado.
He contado sobre el deterioro de la casa. Sinceramente creo que el mismo había avanzado al punto de hacerla irrecuperable, al menos en el sitio y condiciones en que se encontraba. Recuerdo que cuando le dije a Don Mallón, natural de la hermana Bolivia y jefe de una cuadrilla de obreros de la construcción con el que hemos transitado muchas obras, que procederíamos a "rescatar" la casa, me miró con cara incrédula. Ni les cuento la expresión de sus ojos al explicarle que no demoleríamos, sino desarmaríamos tabla por tabla, chapa por chapa, y encima las numeraríamos y empaquetaríamos por grupos, indicando en un croquis y planillas adjuntas el sitio en que las mismas se encontraban. Estaba lisa y llanamente prohibido romper nada. Cada clavo se retiraría cuidadosamente y de a uno. Meneó la cabeza y, después de preguntarme varias veces si estaba seguro de lo que le decía, se limitó a dar media vuelta mientras decía, más bien rumiaba, en voz baja "como usted diga arquitecto". Siempre pensé que Don Mallón había llegado a la conclusión de que yo desvariaba, víctima de algún extraño mal de ojo.
Creo conducente, a estas alturas, aportar algunas imágenes que posiblemente resulten de interés a quien sigue esta historia. La casa que Fortunato Beban levantó y su entorno inmediato eran como esta imagen oportunamente rescatada nos muestra.
Observen al fondo, no demasiado lejos de la casa, la torre de la antigua iglesia. La cercanía entre ésta y la casa tiene sus sabrosas anécdotas. Alguna ya será contada. Pero sigamos con lo nuestro y acerquemos un poco el foco. Admiremos la imagen que aspirábamos recuperar para la ciudad.
Bien, procedamos ahora a ver qué era lo que teníamos por delante al empezar nuestra aventura. Se darán cuenta que el amigo Mallón tenía toda la razón del mundo al menear su cabeza mientras decía "como usted diga..."(1)
Hacia 1992 (cuando esta fotografía fue tomada) la vereda municipal alcanzaba casi el nivel de los antepechos de las ventanas. Les dije: la casa estaba semi enterrada. Vean por dentro, sino.
Noten los amantes del detalle, la silueta de un automovil estacionado frente a la casa, visible a través de la ventana. Finalmente observemos el resultado de lo que se describe, acción del agua mediante, a lo largo de unos cuantos años.
Esta historia seguirá un día de estos. Por el momento ya está bien de Casa Beban. Ciao.
(1) Detalle al margen: ¿notaron los cables de electricidad? Estaban en el comienzo y erán más varias décadas después. Se llama polución visual. Ushuaia está groseramente polucionada gracias a la irreflexiva acción que a lo largo de los años viene llevando adelante el propio Estado, a través de su Dirección Provincial de Energía. No olvidemos, además, a las empresas prestadoras de servicios telefónicos, televisión por cable y demás menudencias.
Los herederos legales de Don Fortunato decidieron vender una propiedad inmueble que, como todo ser medianamente informado sabe, se vende con todo lo que tenga puesto encima. Vendieron, tenían legítimo derecho a ello y habrán tenido sus razones, que no son de nuestra incumbencia. Creo sinceramente que, al igual que otros descendientes de familias pioneras, no tenían por aquel entonces (estoy hablando de los comienzos de los años ’90) demasiada conciencia del concepto de patrimonio arquitectónico. No han sido pocas las charlas mantenidas por aquellos años con amigos NyC (1) en las que se evidenciaba el deseo de cambio edilicio de la ciudad, apostando a construcciones modernas. Diría que tal circunstancia era esperable y normal. (2)
Pero también habitábamos este pueblo otros que habíamos decidido construir aquí nuestro hogar hacía ya unos años, que sin tener una acabada dimensión del valor que tiene para cualquier ciudad la preservación de su patrimonio arquitectónico, algo suponíamos al respecto. Además éramos jóvenes y afectos a ciertos desafíos. Por más deterioro que presentara este edificio del pasado, no quisimos que su imagen se perdiera. Se imponía buscarle la vuelta al tornillo.
El plan fue sencillo. Las mejores realizaciones nacen de la sencillez. Bastan el sentido común y la voluntad positiva (comenzando por la buena fe) de los actores, cada cual haciendo su aporte. Si el comprador no se oponía (no se opuso) era posible que los vendedores donaran al Municipio los restos de la casa (cosa que hicieron) y, si la autoridad municipal –el entonces intendente Mario Daniele- lo aceptaba (aceptó la propuesta), esta repartición pública podía solventar a un muy bajo costo el desarme prolijo y sistémico del edificio, en vez de proceder a su demolición lisa y llana. Este “costo” no era otro que la diferencia entre las horas hombre que insumiría el hecho de desarmar en vez de demoler. Ningún otro costo. Ninguno.
Ya desarmado nuestro edificio y sus restos útiles clasificados y bien guardados, se podría llevar adelante la investigación que permitiera a conocer como había sido originalmente y producir la documentación necesaria para volver a construirlo, especialmente en lo referido a todas aquellas partes que habían desaparecido en el tiempo por obra de diferentes intervenciones. Luego, si las circunstancias lo permitían, se intentaría concretar la obra. Sencillo, decía. Simplemente había que poner manos a la obra. Es lo que hicimos.
(1) Nacidos y Criados. (2) Humildemente tengo la convicción de que hubo en Ushuaia un antes y un después de la Casa Beban, en lo que valorizar el patrimonio se refiere. Más adelante contaremos algo al respecto.
En el post anterior publiqué una toma de la “fotito” que Amanda supo prestarme. Aquí va otra toma, algo más amplia, en la que se puede observar el famoso Trencito de los Presos. Para los que no conocen su historia, brevemente informo que se trataba de un tren de trocha angosta en el que se trasladaban encarcelados y carceleros desde el penal hacia la zona del Río Pipo para realizar uno de los trabajos principales que debían realizar los presos: obtener madera del bosque natural que rodeaba y aún rodea a Ushuaia, algo más magro y –en mi opinión- con riesgo de disminuir todavía más, con severas consecuencias.
Es posible observar también, a lo lejos y un poco difusa, la Casa de Gobierno y residencia del gobernador. Más lejos, el Banco Nación. El penal está oculto por el caserío. Al fondo, el Olivia. La costa se encuentra a la derecha de la imagen, ahí nomás en ese entonces.
Por último nótese que la actual Avenida Maipú (que ha terminado siendo una impactante “doble mano” cuasi una autopista del sur) no mantiene un nivel constante, casi horizontal, sino que presenta desniveles. Estos desniveles iban oscilando hacia las espaldas del observador, según la topografía natural de la zona costera. Esta situación se iba acentuando en las calles paralelas a la costa, trazadas en sucesivas cotas ascendentes cada 80 metros, siguiendo un eje que nacía en la zona del penal (actual calle Yaganes) y culminaba por el sector en hoy se encuentra el denominado Paseo del Centenario, calle Onas. Estas paralelas a Maipú son las actuales San Martín, Gdor. Deloqui, Gdor. Paz y Gdor. Campos. Estas calles paralelas se vinculaban entre sí por sucesivas calles perpendiculares a la costa, en sentido ascendente. En fin, una cuadrícula característica, con "manzanas" o macizos, de 80 m x 80 m. Ya contaremos más.
Finalmente, a la altura de la Av. Magallanes, la siguiente arteria paralela, se había acabado todo. Es más, unos cuantos años después hubo planificadores que supusieron que la Av. Magallanes sería algo parecido a una “avenida de circunvalación” que marcaría el límite de la ciudad. Que ilusos estos muchachos. Se equivocaron fiero.
Nota: Ya que estamos, recuerdo que la fotografía que ilustra el encabezamiento de esta saga, pertenece a Alejandro Madril, quien generosamente ha permitido su publicación en ars.
- Hay que desarmarla. -¿Y si le ponés unos trineos? –Roberto no se resignaba- Por ahí se la puede trasladar a otra parte. (1) - Ya lo pensé, pero es imposible. La casa está enterrada a unos 70 u 80 cm del nivel de la vereda de Maipú –Respondí- ¿Me decís cómo hago para arrastrarla? Se destruiría definitivamente. La madera de estos muros está podrida. Además es muy grande, aunque pudiera trasladarla con unos trineos no cabría en la calle. - ¿Enterrada? - Lo que pasó es anduvo por acá un Ingeniero, ahora no recuerdo su nombre, que según me contó una vez Don Vicente, no tuvo mejor idea que “nivelar” la calles Gobernador Paz, Gobernador Deloqui, San Martín y la Maipú. La nivelada dejó a algunos medio colgados y a otros bajo nivel, para decirlo piadosamente. Cosas de ingenieros de ministerio, de paso por Tierra del Fuego. Después se ejecutaron los primeros pavimentos de hormigón armado de la ciudad. Acordate de la época de los contratos petroleros y los primeros autos importados. -Y... - Y nada, Roberto, la casa no se puede correr de donde está. Solo queda una posibilidad: desarmarla y volverla a armar. Después, la segunda opción: que desaparezca para siempre. - ¿No te parece arriesgado desarmar la casa para volver a armarla? - A mi me parece que sí pero… ¿Quién te dice…? Supongo que lo que se desarma se puede volver a armar. Además, yo soy un “privado”. Mis riesgos me pertenecen. - Francisco, vos estás loco. - Es lo que dicen en casa. - ¡Andá! Dejate de joder. -No estoy jodiendo, hablo en serio. Además, conversando con Albertito y Zulema Beban surgió una idea que, si vos no te oponés, le pienso presentar a tu jefe. -¿Mario? - Sí, Mario. A ver, ¿quién es tu jefe? - Yo te apoyo. Contame el plan…
La Casa Beban comenzó a ser construida en 1911 y se inauguró formalmente en 1913. Antes fue adquirida por Fortunato Beban, seleccionándola de un catálogo procedente de Suecia. Por aquellos tiempos los habitantes de Ushuaia recibían diarios y otras publicaciones periódicamente, todas juntas. Al recibirlas, se ponían a leer de atrás para adelante, actualizándose así sobre lo que pasaba en el mundo. Después, buena parte de este papel se convertía en un material de construcción, detalle que ya explicaré. De este modo llegó este catálogo o -no puedo comprobar mi presunción, en todo caso una inferencia- posiblemente un aviso inserto en uno de esos diarios o revistas atrasadas proponiendo varios modelos de casas que se podían construir en cualquier sitio. Quienes hemos consumido unas décadas más tarde revistas y otras publicaciones especializadas en Arquitectura, nos hemos cansado de ver publicidades de este tenor en medios especializados tales como Architectural Record y otros por el estilo.
Luego, consumada la operación comercial, vinieron los planos originales y demás instrucciones técnicas (nunca pude dar con ellos, que yo sepa se perdieron y si no se extraviaron alguien los ha guardado muy bien, vaya uno a saber con qué objeto), así como la totalidad de materiales, a excepción de la tirantería de madera que se utilizó para configurar el entramado estructural de los muros. En este caso se utilizó madera extraída del bosque natural fueguino, compuesto fundamentalmente por Lengas, Ñires y Coihues. No tenía sentido (no lo tendría hoy) absorber el costo de traslado de lo que podríamos considerar un material característico de la obra gruesa. Lo importante era (y sería hoy) el resto. En otras palabras: nadie se trae de Suecia un kit de ladrillos. La carga se despachó al puerto de Punta Arenas y, desde allí, se trasladó hasta Ushuaia en las goletas del señor Beban y su familia.
Esta construcción –que se supuso, erróneamente, procedente del Reino Unido- fue en su momento una de las más importantes de la pequeña y remota Ushuaia. Para ponernos en situación vale recordar que en 1910 se habilitó el Trencito de los Presos y apenas se destacaban unas pocas edificaciones: el Presidio (cuya piedra fundamental se colocó en 1902), la sucursal del Banco de la Nación (inaugurada en 1912, luego convertida en el Museo del Fin del Mundo, 1979), la residencia del gobernador y Casa de Gobierno (luego Legislatura y hoy monumento histórico nacional), así como algunas casas más de pobladores que lograban ingresos interesantes con algunas actividades comerciales enfocadas principalmente a satisfacer el consumo de los pocos habitantes que tenía la zona, todas ellas más o menos de la misma época. También –si no estoy equivocado- la vieja iglesia de los Salesianos, emplazada sobre la Maipú (como el banco, la gobernación, la casa que nos ocupa, la del "Turco", la de Don Isorna y otras), es decir frente a la costa. Es imposible dejar de mencionar que la construcción del imponente Presidio daba un cierto impulso comercial a la aldea dormida.
Esta imagen es, a su vez la reprodución digital de una foto tomada en laboratorio con película común y silvestre, de una muy pequeña (pero pequeña, de cámara de “cajón”) que le pedí prestada a Zulema Beban, mientras recorría con ella viejas imágenes familiares y apelaba a sus recuerdos infantiles en muy gratos encuentros que siempre recordaré y agradezco, para determinar cómo había sido realmente esta casa. El original (la foto pequeñita fue devuelta a su dueña, Amanda); mi original (la foto de laboratorio) como la totalidad de la documentación que oportunamente fue presentada al Municipio antes de avanzar con este proyecto, desapareció misteriosamente. Es curioso ¿no creen?
Hoy es fácil observar el uso indiscriminado de esta imagen con fines comerciales y/o supuestamente culturales. Es más, hasta me parece que no son pocos quienes la han comercializado (o comercializan) en formato de postal, folleto, o lo que sea. Aparece reproducida en portales de Internet, por caso el del propio Museo del Fin del Mundo (institución pública), cuestión que resulta más curiosa todavía si agregamos el dato que allí se lo hace bajo el paraguas de una “muestra”, sin citar las fuentes originarias de las imágenes que se presentan, apropiándose de ellas. No, chiquitos míos, eso no se hace. Es trampa y, si hay trampa, yo hago pido gancho el que me toca es un chancho.
En fin, la fotografía vale la pena. Allí están los dos: el edificio y el Monte Olivia. Me parece más importante.
Esta historia continuará…
(1) Un "trineo" no era otra cosa que un robusto tronco. Varios de estos troncos, colocados bajo la estructura de una casa de madera y chapa, permitía que esta casa pudiera ser trasladada de un sitio a otro. Esto ya no se observa en la ciudad, se supone que hemos evolucinado. Sin embargo, hace unos treinta años, y menos también, era común ver casas "transitando" alguna calle de la ciudad, arrastradas por una máquina vial, buscando su destino definitivo.