“Lo que aquí cuenta, desde el principio hasta el
final, no es el supuesto conocimiento de unos supuestos conocimientos de unos
supuestos hechos, sino la visión, ver. Ver (…) va asociado a la fantasía, a la
imaginación. Esta vía de indagación conducirá, de una constatación visual de la
interacción de un color con otro, a una conciencia de la interdependencia del
color con la forma y la ubicación, con la cantidad (que mide las magnitudes de
extensión y/o número, incluida la recurrencia), con la cualidad (intensidad
luminosa y/o tonalidad) y con la acentuación (por límites que unan o separen)”[i].
Noche. Presencias, penas y olvidos se diluyen, sin
desaparecer. La luz nos abandona y no vemos, aunque nuestro pensamiento continúe haciéndolo. Podría tratarse de sueños aunque no
hace falta tanto: las imágenes están allí, siempre. Y con ellas el color. No podemos desprendernos de él,
porque hemos visto y nos han contado. Así y todo, las sombras hacen su trabajo, inquietante. Lo
visto y lo que nos ha sido relatado nos pertenece, es inherente a nuestro ser. También lo que no podemos ver. Imaginamos.
El día que acaba ha sido azul, quizás celeste. Apenas unas horas atrás un
cielo apabullante acompañó nuestro despertar. Azul y cielo, asociación
instintiva, cultural me animo a decir. Azules esperanzadores que ensanchan expectativas e
invitan a levantar la mirada. Pero… ¿Dónde está el cielo? ¿Es azul?
Podría ser rojo, también gris. ¿No era, acaso, que los grises pertenecen al
reino de la noche, donde se regodea la penumbra? ¿Y si se trataba del mar, el
que suele ser verde?
No. Definitivamente el cielo fue azul y en él brilló el rojo
intenso del sol. Porque lo vemos amarillo pero sabemos que es más rojo que
amarillo. El explota, es fuego, y gases de color incierto lo rodean. Sin
embargo dudo: hemos visto llamas azules en el fuego. Van
Gogh lo vio naranja, también amarillo. No recuerdo si el rojo estuvo en su
paleta. Pero El es rojo… ¿Lo es? ¿Dónde están las sombras de la noche,
me pregunto, mientras pienso en los colores del sol? ¿Acaso el sol tiene color,
o el aire, es decir el cielo?
Y el mar también está, verde o azul. Gris y marrón en la tormenta, dorado en la paleta de Caspar Friedrich, atardeceres mediante o a la luz de la luna; blanco
en la cresta de sus olas, cuando estallan en algún acantilado o simplemente se
diluyen en el llano de la playa, aunque el agua es
incolora, lo sabemos. Como sabemos de los cambiantes colores del mar, que es agua. Es
curioso, hablo de los colores del mar y resulta que es de noche, no hay luz. No lo veo, solo lo intuyo, sé que allí está y pienso en su color. Podría tratarse del bosque y no del mar. ¿Es el bosque verde? Hay fuego en el bosque, entonces es rojo. ¿Puede ser rojo el mar? Dicen que las noctilucas lo aseguran.
¿Qué vemos los que decimos ver? Colores. Todo un tema.
[i]ALBERS, Josef. La
interacción del color. Madrid, España, 1º edición 1963, Yale University,
Alianza Forma, 1979.
Enero 2012, el calor aprieta. Andar por las calles de Buenos Aires es un
desafío, sino el destino del laburante.
En la superficie dirimen supremacías asfaltos y hormigones, acompañados por una
comparsa insoportable y vocinglera de automóviles, buses, ambulancias, motos y
cuanta fuente de ruidos puede existir en una ciudad. A pesar de ser época de
vacaciones los embotellamientos no aflojan. Como no aflojan el sonar de bocinas
e impaciencias, las ocupaciones callejeras y el trasiego de los equipos de aire
acondicionado, aportando más temperatura al ambiente. Mientras tanto, en las
entrañas de la ciudad se desparraman sesenta kilómetros de vías por las que
circulan los trenes del Subte transportando
a diario más de un millón y medio de ensimismadas personas que –estoicas-
soportan más calor todavía y el hacinamiento de las horas pico. Seis líneas, 78
estaciones, diversas combinaciones, comercios de todo tipo, comidas al paso,
una millonaria recaudación diaria en concepto de pasajes, publicidad, cánones
de uso... También un espacio de oportunidades, ámbito de subsistencia de
soñadores y desplazados, habitantes de un mundo bajo el mundo. Otro mundo.
Avenida Corrientes y Agüero, estoy en el Abasto. La noche se va
acomodando. Cenaré en casa de mi amigo, recientemente mudado a la zona Parque
Saavedra. Es un trecho, Buenos Aires no es una ciudad corta. Encaro para el subte,
estación Carlos Gardel, línea “B”. A esta hora, pienso, se puede viajar
tranquilo (a pesar de los calores), tanto que me animo a portar un viniyo espumante para brindar,
pudendamente disimulado en una bolsa muy bonita, de las que te entregan cuando
comprás una pilcha. Antes de llegar
al molinete de acceso a los andenes del tren subterráneo, en el pasaje que
empalma el shopping emplazado en el lugar del viejo mercado con el sector de
boleterías y los infaltables locales soterrados, siempre mínimos, escucho una
melodía de Mozart. Si no me equivoco se trata del Concierto para Piano Nº 21.
Lo ejecuta una señora delgada, de porte elegante, pelo muy corto que no oculta
las canas que el tiempo regala a todos sin excepción. No me llama la atención,
la he visto (y escuchado) en varias oportunidades, siempre en el mismo lugar.
Es más, no hace mucho descubrí que tenía voz y un fuerte acento propio del este
europeo, mientras le indicaba a un transeúnte cómo llegar a la Estación Once,
de la línea “A”, aquella que fuera inaugurada en 1913. Comento lo que comento
porque ella, la señora, no suele hablar. Simplemente se limita a interpretar a
distintos compositores clásicos durante varias horas. Bajo el piano se
encuentra la funda del mismo, haciendo las veces de escaparate en el que
exhiben para la venta unos ocho o nueve CDs que guardan su música. En la pared,
bendiciendo el lugar, hay un cartel fileteado con la imagen del Zorzal Criollo, que aquí muestro.
“Señoresss passsajerosss, vengo a
ofreceeer la novedá: la tiritaaa iluminadaaa, para diversión de niiiños y
adultosss, recién immmportadaaa de Malasssia…La tiritaaa que no puedeee faltaaar
en niiingún hogaaar…” Estamos
en el tren, camino a la estación Pueyrredón y el infaltable vendedor de lo que
venga, o mejor dicho uno de los vaya a saber cuántos que andan por los trenes
del subterráneo, nos ofrece al módico
precio de diez pesitosss, una especie de culebra plástica que, histérica,
cambia de colores y es capaz de adoptar diversas formas para ser enroscada en el brazo, el cuello o donde el niiiño desee. Mientras
observo el desarrollo del ciclo de ventas (magro, por cierto, cosa esperable;
la “tirita iluminada” no entusiasma demasiado), que dura exactamente lo que el
tren demora de ir de una estación a la siguiente, relojeo el avance de un par de muchachos, todavía en el vagón
siguiente de la formación. Y escucho una tambora, o algo por el estilo.
El tren encara hacia la estación Pasteur. Los muchachos, dos para ser
precisos, una guitarra convenientemente amplificada y efectivamente una tambora (más otros instrumentos de percusión), regalan a los pasajeros unos sones
carnavalescos, en una especie de “mix” de murga y candombe que abarca las dos
orillas del Río de la Plata. ¡A
divertirse amigas y amigos!, proclaman los músicos. Es posible que se trate
de una impresión subjetiva pero se me ocurre que no faltaron ganas de ponerse a
bailar. Cerrado aplauso de los pasajeros y una gorra que recibe varias monedas y algún billete. Y esto no es nada.
Mientras se desarrollaba el recital entre estaciones, digamos unos tres
minutos, quizás cuatro, también anduvo por allí un ciego, canchero en esto de sobrevivir bajo tierra, al punto de haber
ensayado unos moderados pasos de baile, siguiendo el ritmo de los muchachos. El
ciego también ligó.
Entre Pasteur y Callao, un hombre de mediana edad ofrece a damasss
y caballerosss CDs que contienen la
música de diferentes artistas, todos “estrenos”, al quinto de su valor habitual.
Para que la amable audiencia
corrobore la calidad de la mercadería que ofrece, el hombre carga un equipo
portátil de reproducción bastante sonoro. El detalle está en los parlantes que,
cual apéndices con aspiración de alas, surgen de su espalda a la altura de los omóplatos.
Curioso ángel, pensé.
Ya vamos a la estación Uruguay. La cosa se presenta dura. Mientras el
hombre de las alas electrónicas avanza hacia el siguiente vagón, aparece una
suerte de heterodoxo de la Sierra Maestra, pero de acá: barba y pelo desaliñado,
camiseta tipo “musculosa”, shorts a media pierna y ojotas. Mentalmente pido
disculpas a José Martí por el zafarrancho que el personaje hace con su poesía,
tan hermosa por cierto. El quía se ha
disfrazado de revolucionario posmoderno y canta como la mona. Y bueno, allá va
el hombre. Después de todo, admito, el calor condiciona. El hambre también. Por
suerte, del vagón vecino llegan los acordes de una chacarera de Don Andrés Chazarreta que, camino a la estación Carlos Pellegrini, se desparraman por el
vagón gracias a la sonora voz de otro ciego, hombre bien plantado, que se
acompaña con una gastada guitarra. Fórmula infalible. Hubo aplausos nuevamente
y la gorra capturó algunas monedas.
Me bajo para combinar con la línea “D”, debo ir hasta Congreso de
Tucumán. Se va haciendo tarde y el enjambre de pasillos, andenes, escaleras,
sucuchos y quioscos que configuran el nudo gordiano que en la superficie corona el Obelisco, se despeja. A estas horas es posible caminar por allí sin
que el río humano propio de los horarios diurnos te lleve por delante. Las
cortinas metálicas van bajando, los mostradores en los que expenden dudosos
comestibles se vacían, aunque persiste el aroma de la fritanga. Un tipo, acovachado
junto a una escalera arranca de un fuelle
las últimas notas de un largo concierto ofrecido a todos, que no es para
nadie. Adiós Nonino, Piazzola. La romería de músicos de toda laya, aventureros,
vendedores ambulantes, tullidos, pungas,
lastimados e indigentes, continúa su tránsito por los vagones que siguen
circulando, posiblemente en la última ronda. Y se van yendo, nadie sabe dónde,
como el día.
Entre 9 de Julio y Congreso de Tucumán median catorce estaciones. Es
prudente interrumpir aquí este relato. Vaya mi homenaje, entonces, a los seres
anónimos que habitan las entrañas de la ciudad, invitando al lector a ver este
video, uno de los tantos que registran cosas que ocurren a diario en la Reina
del Plata, bajo tierra.
“Año Nuevoes lafiestaque celebra el inicio de un nuevoaño.”
Esta esclarecedora
definición inicia el artículo publicado en WikipediAsobre esta generalizada
fiesta, que no es de ahora, dicho sea de paso. Tampoco la única, aunque cierto
es que por distintos motivos la mayor parte de este planeta festeja de algún
modo el cambio de año según reza el calendario dispuesto por el papa Gregorio
XIII tiempos del Renacimiento, allá por el siglo XVI, si no me equivoco.
No tenía en mente
formular una crítica a la (para mí) interesante y muy peligrosa WikipediA. Pero
no puedo con mi genio. Interesante porque es una herramienta formidable. Y por
la misma razón, peligrosa: se pueden construir herramientas formidables que
posibiliten la generalización de inexactitudes y/o giros literarios del tenor
del señalado, formateando el pensamiento
de cientos de millones de seres humanos. Por eso, amigos lectores de este
pequeño espacio repito algo que no me he cansado de manifestar a cuanto joven
estudiante se cruzara en mi camino: “cuidado con la Wiki.”
Volviendo al Año
Nuevo o, mejor dicho, a los Años Nuevos,
apenas digo que es bueno esto de festejar lo que está por venir. No conozco
civilización, pueblo, cultura, o lo que fuese, que no tenga o haya tenido una
celebración en este sentido cosa que, si lo pensamos un poco, es absolutamente
lógica. En definitiva los seres humanos tenemos –entre otros- un motor
existencial cuyo combustible se compone de esperanzas y expectativas por lo que
vendrá, más miedos e incertidumbres por similares razones. La esperanza se
festeja, la incertidumbre se conjura. Moraleja: necesitamos una fiesta.
Me voy yendo hacia el
nuevo año mientras pienso que si nos ponemos ecuménicos, no faltarán motivos
para reiterar festejos y conjuras. Apelando a la información aportada por la
WikipediA, paso un calendario que, por las dudas, sugiero verificar.
Africa
Enkutatash, la celebración del Año Nuevoetíope, el11 de septiembre.
América del Sur
We Tripantu, la celebración del Año Nuevomapuche, tiene lugar el24 de junio.
ElAño Nuevo Aimarase celebra cada21 de junio, la época delsolsticio, con la llegada delinvierno.
Medio Oriente
Rosh Hashanah, la celebración del Año Nuevojudío, suele llevarse a cabo enseptiembre.
ElAño Nuevo musulmánse celebra el 1 demuharram, cuya fecha correspondiente
en el calendario gregoriano varía de año en año puesto que elcalendario musulmánes lunar.
Asia Oriental
Losar, celebración del Año Nuevotibetano, se realiza entre enero y
principios defebrero.
Sudeste Asiático
EnTailandia,Camboya,BirmaniayBengalael año nuevo se celebra el 14 de
abril.
Tết, celebración del Año Nuevovietnamita, se celebra junto al Año
Nuevo Chino.
Asia del Sur
El Año Nuevohindúse celebra dos días antes del festival
deDiwali, a mediados denoviembre.
Ugadi, celebración del Año Nuevotelugú, se efectúa entre marzo yabril.
Nouruz, celebración del Año Nuevoiraní, se lleva a cabo en elequinoccio de la primavera(21 de marzo, aproximadamente).
Naw-Rúz, la celebración de laFe bahá'í, se realiza en el equinoccio
primaveral (21 de marzo).
Europa
Algunos miembros de laIglesia ortodoxa, como mantienen elcalendario juliano, festejan el Año
Nuevo el14 de enero.
Entre los aborígenesguanchesdeTenerife(Canarias,España), el Año Nuevo se celebraba con
la recogida de las cosechas (aproximadamente el 15 deagosto), y se conocía con el nombre de
Beñesmer.
Entre losrosacrucesdeAMORCse celebra el nuevo año entre el 21 de
marzo y el 23 de marzo, lo más cerca posible delequinoccio de primavera.
1 de Vendimiario, celebración de Año Nuevo según
elcalendario republicano
francés, equivale al22 de
septiembre.
Samhain, celebración de Año Nuevo delneopaganismocelta, cerca del1 de noviembre.
En fin, no estaría nada mal festejar
todo el año a los nuevos años. Es, supongo, una forma interesante de encarar
las cosas que nos van pasando. Cada día de nuestras vidas implica una
renovación.
Felicidades. Nos vemos el año que
viene. Es decir siempre.
Nota 1: Por cierto, a los occidentales
y cristianos todavía nos queda, pasada la fiesta del Año Nuevo, la llegada de
los Reyes Magos. Al respecto, me remito a este post,publicado doce meses atrás.
Nota 2: No me quiero poner pesado con
la Wiki. Sin embargo, si se lee la relación de “años nuevos” que allí se
publican, rápidamente se concluirá en que no solo es incompleta sino que está
pésimamente redactada. Es lo que hay... Y no es resignación lo mío. Sólo una lectura, por decirlo de algún modo.
“Necesito, Walter, que
incorporemos un buzón en el cerco de obra. El cliente recibe correspondencia y
si no ponemos el buzón nunca la va a recibir. Ya sabés lo que pasa con la
correspondencia en una obra: desaparece. Y poné el número de puerta, no lo olvides, por favor."
“Por supuesto,
arquitecto. Déjelo en mis manos. Duerma tranquilo.”
Al oír esto de “Duerma tranquilo”, pensé en que ya no
conciliaría el sueño por un tiempo. Rara sensación, habitual para quienes persistimos en esto de materializar lo pensado, los arquitectos, claro está.
Hubo que esperar una
semana para ver cumplido el objetivo. Walter es de los pagos de Formosa y sabe
muy bien tomarse las cosas con calma. Una calma, confieso, que envidio.
El tipo, la imagen lo
demuestra, se tomó el asunto muy a pecho. Allí, en la imagen, está el pensador.
Bien pensado, digo. Y el buzón, qué duda cabe.
Hoy el catolicismo
celebra, recuerda, honra a María. Nada menos que la madre de Jesús. 8 de
diciembre. En muchas partes de este vasto mundo esta fecha no tiene
significación alguna. Son otros los parámetros culturales. En otras la
celebración religiosa ocupa todos los espacios. Finalmente hay sitios, como mi
país, en que se mantiene una tradición, no necesariamente con sentido
religioso. Los usos y costumbres vienen de algún sitio y a otros se dirigen,
como no podría ser de otro modo, dinámica sociocultural mediante. Digo más,
mañana –viernes 9 de diciembre- nada hay que festejar o recordar y, sin
embargo, la Presidente decidió incorporar un día feriado más, “puente”, de modo
tal que son cientos de miles quienes de una manera u otra pasaron en menos de
lo que canta un gallo a saborear un anticipo de las vacaciones estivales, ya
cercanas. Obviamente los católicos practicantes y de otro modo diferente los
genéricamente llamados cristianos, hacen de este día una jornada reflexiva,
festiva también, acorde a la fe que profesan. Me parece fenómeno. Cada uno
celebra lo que entiende debe ser celebrado.
No sé en el resto del
mundo, pero por estos pagos este es el día en que instalamos el set de
símbolos navideños en nuestros hogares, y en todas partes, en particular los shoppings,
ávidos de ventas. Y, como si biblias y calefones fuesen elementos concurrentes
y necesarios para la vida de cada uno de nosotros, aparecen los pesebres, el
árbol navideño, los adornos de todo tipo, y hasta más de un toque oriental, velas y saumerios incluidos.
Nada, que se viene la fiesta de fin de año y hay que ir preparando el terreno.
Lo curioso, sinceramente lo digo, es que hasta quienes no tienen registro
alguno de la figura de María, el 8 de diciembre sin excepción proceden al
armado escénico que más les place. Luces fabricadas en China, o en Burundi,
vaya uno a saber, a estas alturas de la globalización en crisis.
Sabiendo que en mi
carácter de hombre occidental y cristiano, centro estos pensamientos inconducentes
y al voleo en la figura de María, me animo a decir que Ella, representa algo
aún más importante que su evangélico rol de madre inmaculada de Jesucristo.
María es la mujer. Concepto irrefutable, de la Venus de Wilendorf
hasta el día de la fecha. Sólo la mujer (ellas, digamos) puede derretir
semejante espacio social. Lo extraño, me parece, es que en estos últimos tiempos no son
pocas las féminas que se han esmerado y esmeran, en autodestruirse como tales,
en menos de cinco segundos, como las viejas cintas de la más que vieja serie de
T.V. “Misión Imposible”.
Espero otra cosa. Me
ilusiono con Marías que definitivamente sean ellas, mujeres, lejos de pretender
replicar conductas devenidas de siglos de machismo absurdo. No se trata de
reemplazar en términos similares a lo existente, sino de innovar
(¿evolucionar?), cimentados en la diferencia. Alguna vez, pares y diferentes,
es posible que María y José completen una síntesis aún imperfecta. O no. ¿Acaso
no nos define la imperfección?
Por lo pronto informo
que estoy haciendo un curso acelerado de carpintería.
Es muy posible que mirando esta imagen, detalle de una gran pintura, un
observador desprevenido piense en maestros comoConstable, o Corot, con su
escuela de Barbizon a cuestas. ¿Por qué no Thomas Gainsborough?
Si ampliamos el foco para apreciar la obra completa, no llamaría la
atención que pensáramos en Caspar David Friedrich. El tronco y ramas retorcidas
del árbol que a la derecha de la imagen da escala y referencia al conjunto, así
como la ruinosa edificación del fondo así lo sugieren.
En otras palabras, no sorprendería que a partir de este momento este
escriba aficionado se despachara con momentos notables de la pintura, todos
ellos propios del gran siglo XIX, ese que comenzó allá por el XVIII. Algo
hablamos alguna vez de estos tiempos y sería una desconsideración de mi parterefritar lo dicho, por “largo” que uno sea al intentar expresar algunas ideas,
según dicen quienes me conocen.
No sorprendería, insisto, si observamos ahora cielos tan sugerentes
como el que aquí muestro. Cielos cargados de esquivas nubes, expresivos, nunca
definitivos.
En rigor de verdad, en los tiempos que corren nada nos sorprendería.
Sin
embargo –y ya dejo este juego de adivinanzas- lo que vemos pertenece a la obra
de Jacob van Ruisdael (1628-1682), artista barroco neerlandés, maestro superior
del paisajismo, que en su obra El Molino de Wijk (hacia 1670, óleo sobre
lienzo, 83 x 101 cm, Rijksmuseum, Amsterdam), muestra una apertura del espacio
pictórico a la profundidad y una preferencia hacia los paisajes planos y
melancólicos, que están cubiertos por inmensas nubes.
El paisaje, la pintura paisajista, puede revelar con más frecuencia de
lo que se cree un doble sentido. El objetivo central de los paisajistas
holandeses de aquellos tiempos fue la representación de su país y de su
independencia, por la que habían luchado con ahínco. Espacios llanos, profundos
horizontes y cielos inmensos que se reflejan en el agua son pintados –por lo
general- en formatos pequeños con el objeto de decorar la sala de estar de
hogares burgueses. Curioso contraste: formatos reducidos para plasmar imágenes
de vastas extensiones. También ríos y canales, espacios ganados al mar o vistas
panorámicas de ciudades. Lo dicho, ellos relatan a su país.
Pero (siempre lo hay) resulta que estos paisajes no son necesariamente
representaciones exactas de la realidad. No se trata de una versión holandesa
delvedutismo italiano, sino que tiene dos caras: son copias y alegorías
simultáneamente. Son, entonces, sensuales representaciones naturalistas en las
que se percibe el viento y el calor de los rayos del sol, cuando logran cruzar
oscuras y pesadas nubes.
En el Molino del amigo Jacob es posible parcibir un significado alegórico
en esa atmósfera tal sensual. El gran molino, en su monumentalidad, se asemeja
a una torre de defensa, obstinada, enfrentada a un cielo inabarcable en el
que se está formando una gran tormenta. Detrás suyo se esconde un pueblo en
busca de protección en el llano paisaje cercano al río. Las nubes, grandes y
pesadas, reflejadas en el agua; las velas que se izan en la embarcación,
anuncian la tormenta.
Sin embargo y a pesar de tan contundente símbolo, el molino, los pilares de
madera de la orilla –supuesta barrera de los avances de las aguas- están
torcidos, desnivelados, como si sólo pudieran ofrecer una endeble protección
ante el inminente enfurecimiento de los elementos.
Extraordinaria imagen, que captura un instante liminar. Profunda
melancolía pacífica que se convierte en imagen de dudosa paz; aquella que
precede a la tempestad.
Nota 1: En algún momento del siglo XVIII a algunos señores “ilustrados”
se les ocurrió defenestrar este tipo de expresiones artísticas bajo la
calificación de “arte cotidiano”. Pues se equivocaron. Tanto que el
Romanticismo, el Naturalismo y el Impresionismo, supieron ir poniendo ciertas
cosas es su sitio no mucho tiempo después. Remitiéndome al título de este
artículo pregunto: ¿hay algo más sensual que la Naturaleza misma?
Nota 2: La obra mostrada en
primera instancia pertenece también a Jacob van Ruisdael, y se la conoce como
El Cementerio de los Judíos.
Es una nube. En
realidad dos. ¿Tres? Ellas señalan la continuidad de espacios fragmentados.
Flotan en la atmósfera cercana, aunque forman parte del cielo, concepto
inabarcable. Mientras lo pienso creo flotar, aunque soy prisionero de la masa
de hormigón y hierro que me sostiene. Se trata de la tierra y, en ella, la
ciudad.
Lugar equívoco, humano.
Tanto como los sueños que inspira un cielo despejado, teñido de efímeras nubes.
Un instante, breve ilusión.
La aventura de Ícaro
es vana. Hoy no hay Olimpo, sino torres apiñadas de hormigón, absortas, sin
alma. Es lo mismo. Pobre Ícaro, abruma tu inocencia.
Jean Auguste Dominique Ingres ha sido, posiblemente, el alumno más notable de Jaques David. Como su maestro también pintó cuadros que transmiten un claro mensaje ideológico aunque, contrariamente a la manifiesta actitud militante de su maestro, Jean Auguste estuvo lejos del activismo político.
Respecto del activismo político de Jaques hay un detalle que no puedo pasar por alto, aún a costa de repetir lo ya dicho en otra ocasión. Resulta que Jaques Louis David, creador de una obra paradigmática en términos plásticos e ideológicos, manifiesto político contundente, El Juramento de los Horacios, terminó ocupando un puesto como pintor de cámara en la corte de Napoleón I, Imperator. Gran paradoja.
Vuelvo a Ingres. Y lo hago sin anestesia: no se me mueve un pelo cuando observo su obra. Por más esfuerzos que he hecho para que su pintura me cautivara, no me gusta. No me penetra, no siento nada frente a sus cuadros. Y nada es nada.
Sin embargo no puedo pasar por alto que Jean Auguste ha sido uno de los más importantes artistas del movimiento neoclásico del siglo XIX. Una cosa es que la obra de un artista dispare sentires, reflexiones, pensamiento, placer estético, admiración, o lo que se te ocurra; muy otra es que ella no tenga la calidad suficiente como para ser apreciada o reconocida. No siento el impacto de ningún disparo pero reconozco una presencia indiscutible.
He leído por ahí que Ingres concibió una suerte de “idea” de la belleza basada en formas clásicas puras, concepto que le ayudó a encontrar la armonía y el equilibrio absoluto entre los elementos del cuadro. El se consideraba principalmente un dibujante y se mantuvo cerca de la naturaleza, a la que idealizaba de forma neoclásica. La iconografía del neoclasicismo que encontró en David la señal portadora de la virtud revolucionaria, con Ingres deviene en la expresión de una belleza casual de las formas básicas o elementales. Justamente es este el punto. Pienso que los movimientos artísticos, los que pesan y trascienden, o son contundentes o no son. El neoclasicismo lo ha sido. Ingres, a su modo también, aunque me da la sensación que hay “algo” que está faltando.
Las expresiones clasicistas son diversas y es común caer en errores de apreciación cuando se pretenden identificar diferencias a la hora de revisar o analizar períodos, momentos de la historia occidental, todos ellos distintos pero fundamentados en el paradigma clásico. El calificativo “clasicista” aplicado a las artes visuales puede resultar un tanto confuso y es excelente para "salir del paso" en más de una ocasión.
Creo haber comentado en anteriores artículos que este clasicismo propio de buena parte del siglo XIX es una variante en el complejo y amplio espectro de las reacciones contra el barroco y, sobre todo, el rococó. La pintura de Ingres se inscribe en este contexto y se contrapone claramente a una suerte de neobarroco propio de los románticos franceses, con Delacroix y Géricault a la cabeza.
Lo interesante del caso es que estos románticos también rechazan el estado ficcional o absorto -digamos decadente- del rococó mientras abren su crítica a la supuesta objetividad de las ideas neoclásicas, denunciando sus contradicciones, asumiendo una actitud militante, construyendo otra ficción. Buena ensalada ¿no?
Ingres, un tanto más desapasionado, sometió su pintura a una exacta observación y posterior representación de naturaleza, actitud que lo llevó a centrar toda su atención en el contorno de las formas, creyendo que de allí surgía la pureza, la belleza, el esplendor de sus representaciones. Digo “representaciones”, vocablo clave si se pretende una aproximación al tema que nos ocupa.
Una de las obras más difundidas de Jean Auguste es La gran bañista de Valpinçon, un óleo sobre lienzo que data de 1808, 146 x 98 cm, que pertenece a la colección del Musée du Louvre, parís. A primera vista parece una obra intrascendente. Si nos atrevemos a una segunda mirada es posible que podamos ir desgranando detalles interesantes en esta célebre pintura que no es otra cosa que un desnudo más. Ingres es preciso, casi exacto. No está tan mal, por más que –repito- en lo personal no me llame demasiado la atención. No puedo dejar pasar la precisión y detalle que el artista logra, el sutil uso de la luz, la cuidada intimidad del momento reflejado.
Vamos terminando. Dicen los que saben que la unidad del arte se rompió finalmente en las postrimerías del siglo XVIII. Desde ese momento diferentes estilos artísticos convivieron paralelamente. Al crecimiento de la mirada neoclásica se opuso un estilo pictórico que antepuso una forma gloriosa e idealizada de los sentimientos al cálculo racionalista: el romanticismo. Y, aunque ambos estilos parezcan tan diferentes, no son otra cosa que dos caras de la misma moneda que representa la liberación del arte de sus ataduras, que se alzó como máxima premisa la expresión subjetiva y el mensaje personal. No es poco. Nada menos que el comienzo del cambio.
Théodore Géricault (1791-1824) fue en su tiempo un nuevo tipo de artista. Poseyó ingresos propios, por lo que nunca precisó de encargos, viniesen de donde viniesen. Tuvo (y ejercitó) la libertad de elegir los temas que más le interesaban. No es este un dato menor a la hora a intentar abordar la que sin duda es su obra maestra: La Balsa de la Medusa (1819; 491 x 716 cm; óleo sobre lienzo; Museo del Louvre, París), concebida poco después del regreso a Francia del artista, luego de estudiar durante dos años a los maestros de la pintura italiana, en particular dos grandes entre los grandes: Miguel Angel y Caravaggio.
Este cuadro abrió nuevos caminos por cuanto condujo al arte al aún inexplorado terreno de la protesta política. En él se retrata a escala monumental el momento en que los supervivientes de un naufragio (abandonados a su suerte por su capitán, en un episodio escandalizó a la sociedad francesa), ven en el lejano horizonte la nave que los salvará. Este suceso se entendió en aquel tiempo como una metáfora de la corrupción reinante en el país a la caída de Napoleón.
En el post anterior comentábamos otra monumental obra. El Juramento de los Horacios. No es casual que ahora dediquemos este espacio a la creación de Théodore.
Artística y conceptualmente, me parece interesante establecer una comparación entre ambas obras, de tamaño similar, expuestas una junto a la otra en el Museo del Louvre. Ambos artistas se apoyan en conceptos estéticos clásicos, sin embargo sus miradas se diferencian. La obra de David aboga por el servicio al Estado; en la que ahora intentamos analizar se recrimina al Estado por abandonar a sus servidores. En otras palabras: el deber ser y el ser.
Géricault organiza la composición formando dos pirámides. La primera es dibujada por los vientos que sostienen a la vela. A la segunda se suele aludir como una “pirámide de la esperanza”: las figuras inferiores han muerto, y la pirámide se alza, pasando por los enfermos y los moribundos, hasta llegar a la figura de la cúspide, que cobra nuevas energías ante la perspectiva del rescate. Se trata de una progresión, entonces, desde la desesperación hasta la esperanza. Ella es encarnada por dos jóvenes figuras que agitan sus camisas intentando ser avistados por la lejana nave que se insinúa en el horizonte. Uno de ellos, a la cabeza del conjunto, tiene su piel morena. Todo un detalle, si nos ponemos en contexto histórico.
Luego, utilizando un grupo de figuras recortadas contra el cielo (recurso frecuente en la obra de Géricault), guía la mirada del observador desde la base del cuadro hasta aquel punto, aportando movimiento y emoción. El brazo en escorzo del personaje situado a la derecha del grupo, alargado hacia el horizonte, es contundente. Obsérvese también la intensa emoción reflejada en los rostros y gestos de los supervivientes: las manos juntas del hombre con los cabellos peinados por el viento conmueven.
La esperanza (a través de la luz, su encarnación) también está presente en el tumultuoso espacio marítimo que sirve de fondo a la escena narrada. Entre nubarrones tormentosos y amenazadores cúmulos que repiten las formas de las olas que se encrespan por debajo, aparece un rayo de esperanza, naciente luminosidad, que permite la visión de la nave salvadora. Pero también vemos a quien ya no tiene consuelo. Sumido en la desesperanza, el hombre sentado a la izquierda de la escena, próximo a la base de la pirámide, da la espalda al futuro, abrazado al despojo de su hijo, cuyo rostro expresa la faz de la muerte.
Por allí hay una vela que remeda la forma de la gran ola del fondo, y con ello la agiganta y resalta. La vela hinchada y la violencia del mar nos recuerdan al poder destructor de la naturaleza. El conjunto, el relato mismo, obligan a reflexionar sobre las actitudes que los seres humanos tenemos frente a semejante poder. También sobre nuestra frágil existencia, aspecto que habitualmente olvidamos, generándonos daños innecesarios que muy poco tienen que ver con lo "natural" y mucho con los discursos que pretenden justificar (o esconder) nuestras peores miserias.
No deseo extenderme mucho más. En rigor de verdad estamos hablando de una obra sobre la que hay mucho dicho, ejemplo célebre del romanticismo francés o, más aún, del pensamiento romántico del siglo XIX que en opinión de quien esto suscribe, no ha perdido vigencia en estos tiempos, en los que falta el tiempo y parece ser que todo se reduce sin demasiado espacio para la reflexión.
Alguna vez, con pocos fundamentos en mi haber, tuve el privilegio de observarla personalmente. Impacta, puedo asegurarlo. E impacta la cantidad de detalles, minuciosos, que incorpora Géricault en este cuadro: un hacha ensangrentada (referencia a los hechos de canibalismo ocurridos durante la travesía al garete de quienes fueron olvidados); un uniforme militar abandonado, obviamente descartado por algún soldado, a modo de metáfora del derrumbe político y moral del Estado; el minucioso estudio de cuerpos y rostros (evidente influencia de los maestros italianos) llevado adelante por el artista, recorriendo hospitales, observando cadáveres, analizando la anatomía del cuerpo humano hasta el más ínfimo detalle. La genial aparición, casi invisible, del Argus (la nave que por casualidad encuentra a los sobrevivientes y los rescata) en un horizonte inalcanzable.
David y la ética dogmática nos señalan con claridad un límite corto: el muro definido por tres arcos romanos, que acotan y condicionan el drama humano. Géricault se permite refutar tan tajante definición, denunciando las miserias del poder como así también las que pertenecen a cada uno de nosotros, sin dejar de señalar que allí, en ese horizonte, podemos redimirnos.
Son tres arcos, perfectos, romanos. Se los ve gastados. Al parecer ha pasado el tiempo aunque aunque la obra es una expresión de su tiempo. Tres arcos, tres núcleos de atención en un relato gráfico exacto, que rezuma un mensaje clarísimo y más también. Se trata de la revolución ilustrada, aquella de fines del siglo XVIII.
Tres arcos simplísimos, fondo ascético de una escena sin igual, que expresa las virtudes republicanas o, si se quiere, justifican el privilegio del “deber ser” por encima de cualquier otro valor, toda vez que aquello que no responda a tal mandato se convierte automáticamente en disvalor.
Hablo de una obra paradigmática, El Juramento de los Horacios, obra maestra de Jacques-Luis David (1748-1825), realizada en 1784, muy poco antes de la Revolución Francesa. Es un óleo sobre lienzo, 330 x 425 cm. Pertenece a la colección del Museo del Louvre, París.
Esta pintura es sin duda un canto a la vida y moralidad de la antigua Roma. La república romana está en guerra (para variar, diría este observador), y la disputa será dirimida por el combate a muerte entre tres hermanos romanos, los Horacios, y tres hermanos enemigos, los Curiáceos. La historia presenta el juramento de lealtad al Estado de los Horacios ante su padre y su disposición a morir por defenderlo. Pero hay un problema, nada menor. Un dilema moral. Uno de los Horacios está casado con una de las hermanas de los Curiáceos y una de las hermanas de los Horacios está prometida a uno de los Curiáceos. El sacrificio y la lealtad a la República prevalecerán sobre los sentimientos y lazos familiares.
“Esas muestras de heroísmo y virtud cívica, conocidas por las gentes, sacudirán los espíritus y sembrarán las semillas de la gloria y la lealtad a la patria”. Así se expresaba David en la Convención Revolucionaria de 1793. Gran artista y también un militante político, amigo de Marat y ferviente seguidor de Napoleón, resultado final de la contradictoria Revolución Francesa.
Pero volvamos a la obra, que es lo que cuenta. Hablábamos de tres arcos y son tres los elementos que configuran la composición. A la izquierda los jóvenes Horacios, jurando. En el centro, el pater familias, eje de la organización social romana. A la derecha el drama, expresado en la congoja (y resignación) de las mujeres, incluyendo algún hijo y señalando la sombra de la muerte. Porque la habrá y cualquiera que fuere el resultado de la contienda, será trágico. Una composición clara, simétrica, apoyada en una perspectiva de un punto de fuga central, sin afeites y muy alejada de los efectos y fantasías del pasado barroco y su desmesurada exégesis, el rococó.
Las cabezas de los Horacios muestran perfiles pétreos y se disponen de un modo tal que recuerdan los bajorrelieves de la antigua arquitectura romana. Los contornos son definidos, prevalece el dibujo por sobre el color, lo que implica –me parece- la convicción de David respecto del mensaje moral que lanza a la sociedad de su tiempo. Las figuras son rotundas, las líneas marcadas, los colores claros y brillantes. Ni aún en las sombras se aprecia la ambigüedad.
Ellos son soldados modelo, hermanos guerreros que representan un ideal creado para cautivar e impresionar, con la determinación dibujada en sus semblantes. No caben dudas, no las puede haber. El mensaje es claro: el deber y la disciplina son las virtudes supremas, y si es preciso, los soldados morirán por ella.
Es especial el detalle central de la obra, eje del juramento. Cada uno de los gestos confirma la sumisión total al mismo. Las manos y las duras espadas de los varones confluyen, resaltadas por la luz del sol y no de otro origen, posiblemente equívoco. Mientras tanto el padre mira a los cielos implorando a los dioses. Sus piernas están firmemente plantadas en el suelo. El soldado más próximo al observador recibe el poderoso abrazo de su hermano en la cintura.
Y luego están las mujeres. La dama de blanco es Sabina, hermana de los Curiáceos y esposa de uno de los Horacios. Ella se reclina sobre Camila, prometida de uno de los Curiáceos. El destino de Camila es morir a manos de su propio hermano por lamentar la muerte de su enamorado. Las dos mujeres personifican el dolor y la tragedia. Sus manos parecen inertes y pasivas si las comparamos con las de los hombres. Además es contundente el contraste con las líneas rectas y poderosas que definen al grupo de varones, la preeminencia de curvas suaves, redondas, en el dibujo de las mujeres y los niños.
Voy terminando, si es que se puede terminar cualquier comentario sobre semejante drama, y la obra misma, señalando la postura heroica del padre, pretendiendo acentuar la nobleza de su sacrificio. El ángulo de su cuerpo se equilibra con la lanza que sostiene en primer plano uno de sus hijos.
Termino, ahora sí. Lo hago mostrando un par de obras –notables, en el contexto del Neoclasicismo- de David. La primera, La Muerte de Marat. Dejo al lector, por si no conoce la historia, indagar sobre este personaje y sus acciones; también sus miserias y las circunstancias de su muerte.
La segunda, es el retrato de Madame Recamier, princesita (bah, persona cercana al poder revolucionario) de su tiempo, obra en la que podemos observar a una dama que se ha "romanizado”, dadas las circunstancias y modas de la época.
Epílogo: se supone que este post es un simple y coloquial comentario sobre algunas obras de arte. Pues no es así.
"Está ya colocada mi escalera para que pueda ver a los dioses."
Hay una pintura que trata de muros y escaleras. También hay rampas. Escaleras y rampas tienen un marcado énfasis ascendente, sintetizando ideas de ascensión, gradación y comunicación entre diversos niveles de la verticalidad. La obra que aquí intento comentar es de Óscar Agustín Alejandro Schulz Solari, es decir Xul Solar (1887 - 1963), Muros y escaleras, 1944; 35 x 50 cm; témpera sobre papel montado en cartón. Colección privada, Buenos Aires. Ella integra una serie de pinturas realizadas por el artista entre 1943 y 1944, normalmente utilizando la misma técnica, que se caracterizan por tener como motivo sombrías montañas o muros con escaleras y rampas. Los que saben de estos temas dicen que se trata de escenas, podríamos decir visiones, que remiten a un símbolo universalmente utilizado en iconografías religiosas o herméticas.
Xul se caracterizó por ser un colorista nato, dueño de finísimas armonías y transparencias que se apoyan en brillantes colores. Sin embargo en esta serie de pinturas cambia drásticamente el tratamiento del color, utilizando una gama de colores sombríos, ascética: tierras, ocres, grises y algunas tonalidades blancuzcas. El clima es de amenaza y misterio. El espacio que se abre a nuestra mirada es misterioso. Lo es, entre otras cosas, por la cualidad que le confiere el minucioso registro de las escaleras y los muros que se pierden en el lado superior de la escena sin que podamos tener certeza respecto de su finitud. André Breton decía que “la pintura es un balcón abierto a lo desconocido.” He aquí un claro ejemplo.
El italiano Giorgio de Chirico, creador de la escuola metafisica, supo plasmar paisajes urbanos (sueños) en buena parte de su obra. En ellos los edificios afectan la memoria produciendo una sensación de pasado temporal. En el caso que nos ocupa esto también ocurre, aunque desde un punto de vista diferente, cargado de misticismo. Y si de pasado hablamos observemos las escaleras que aparecen en primer plano, a la izquierda de la imagen, y las edificaciones apenas sugeridas a la derecha. Además de revelar la capacidad compositiva del artista, aportando equilibrio y enfatizando la mirada necesariamente ascendente que nos propone, uno no puede dejar de pensar en ciertas tradiciones iconográficas. Las montañas y las construcciones como las que presenta Xul, nos remiten a la pirámide de Sakkara, a los zigurats mesopotámicos y a los teocalis precolombinos de América. Como en esas arquitecturas, en su pintura se hace referencia en la vía para la ascensión hacia el espíritu. Es evidente un lenguaje plástico cuyo vocabulario responde a la necesidad de ordenar las motivaciones profundas de su mundo espiritual.
A la derecha, en la parte superior de la pintura percibimos una luna con símbolos gráficos. En su obra, Xul usó diversos símbolos de tradiciones herméticas y de distintas religiones históricas; de la Cábala, la alquimia, el Tarot, la astrología, diferentes tradiciones chinas o hindúes, y otras. Allí está uno de los personajes que realizan distintas acciones en la pintura: una pequeña figura con los brazos en alto, en una actitud de plegaria o invocación. El resto de los personajes, así como las arquitecturas y los símbolos ya citados, nos llevan a inferir que la adición de detalles aparentemente incongruentes hace que resulten inagotables las interpretaciones a las que nos conduce el fuerte simbolismo de la obra, balcón abierto a lo desconocido.
Un santo, con la cabeza aureolada, lee un libro sobre una plataforma. Muy lejos, un hombre, quizás un peregrino, asciende por la rampa. Una mujer parece detenerse en otra rampa y observa a un guardián que asoma su cabeza por una ventana. En primer plano, a la izquierda de la escena, asoma una extraña cabeza con la cabellera iluminada.
“Xul me dijo que él era un pintor realista, era un pintor realista en el sentido de lo que él pintaba no era una combinación arbitraria de formas o de líneas, era lo que había visto en sus visiones.”(2)
El año ya dobló el codo y va llegando a la recta final. Se termina 2010. Ha pasado una década después del mítico año 2000 y la tentación de andar haciendo balances asoma. Pero, amigos y amigas de este sitio, pueden relajarse: no pienso intentarlo. Ya hay demasiado escrito o dicho al respecto y sería un atentado a la salud pública echar más agua al mar. Que sigan las olas con su paciente rutina.
Así y todo no pude menos que revisar lo publicado en ars hace un año y me encuentro con una hermosa canción del uruguayo Jaime Roos: Colombina. Me pareció oportuno, entonces, volver a Roos. Vamos con Los Olímpicos. Bella canción, según mi criterio. Interesante mensaje, además. Que estés bien.