22/4/08

Mandarinas

No hace mucho mi hija Cata y yo degustábamos en la sobremesa del domingo una mandarina que, debe ser dicho, estaba muy rica. Tanto que decidimos repetir la experiencia, por lo que terminaron siendo dos las mandarinas que hicieron su generoso aporte a nuestros organismos.

Mi tenaz inclinación a las “asociaciones ilícitas” me llevó a reflexionar sobre la extraordinaria cadena de lo que, quienes saben, denominan el ciclo vital. Le manifesté a Cata lo curioso que resultaba que de una simple semilla surgiera un árbol y de él los frutos que habíamos degustado. Ella se limitó a decir, con brevedad, precisión e inmediatez adolescente:
-Papaaaaaa… uno toma una semilla, la hace germinar, luego coloca el brote en una maceta con tierra y sale la planta. Listo.
Y así es. ¿Quién no recuerda aquella experiencia escolar, la de la semilla, en un vaso con papel secante o algodón humedecidos?
-Macanudo- retruqué- pero lo que vos me has contado no es otra cosa que el ciclo vital, en este caso el de la mandarina.

Era de esperar. Las cosas no iban a quedar allí. Uno es un asociador ilícito cabal y decidí apostar fuerte preguntando a mi hija (a estas alturas resignada a soportar los devaneos de su padre al menos por un prudente ratito, dada su proverbial amabilidad y paciencia, mientras determinaba un plan de escape razonable a lo que amenazaba convertirse en un plomazo), si tenía noticias de Federico II (El Grande) emperador de Prusia (no, no las tenía), quien supo darse algunos gustos, tales como construir un palacio rodeado de bellísimos jardines en Potsdam, a muy pocos kilómetros de la ciudad de Berlín. Sans Souci llamó al sitio. Buen lugar, recomendable para pasear por allí, en particular cuando el clima acompaña.


Sanssouci es una expresión francesa que significa sin preocupación. En efecto, el amigo Federico y con él su corte y demás invitados (entre ellos, su amigo Voltaire), se lo pasaban fenómeno. Para ello, además de las archiconocidas (y eroticonas) fiestas acompañadas de bellas músicas surgidas de conjuntos de cámara liderados por músicos tales como el mismísimo Bach, otro amigachín del también llamado “Rey Filósofo” (por su cercanía a las ideas de la Ilustración), el rey ordenó construir cercano al palacio un edificio: L’orangerie, tan o más grande que el palacio mismo, que no es otra cosa que un gigantesco invernadero (también sitio de reuniones) donde se cultivaban cítricos. Allí supo haber mandarinas, fruta exótica para los prusianos. Un rey no se priva de nada, ni siquiera de las mandarinas.


Tan fenómeno se la pasaron que, muerto El Grande, sus descendientes, algo más pequeños, siguieron con la fiebre constructiva y se despacharon con unos cuantos palacetes más, estratégicamente implantados por allí y se olvidaron de Berlín, sitio cada vez más ajeno a la ensoñación cortesana.

-Fijate vos- le dije al bulto de ropa que quedó en el suelo, clara evidencia de que Cata, cual dibujo animado, se había esfumado dejando al descuido algún rastro, casi testimonialmente -hasta qué punto se valora aquello que no se tiene y, por el contrario, qué poca atención se presta a lo que nos es corriente, más allá del valor intrínseco que tiene por sí mismo, se trate de una mandarina o de cualquier otra cosa.

Escapados mi hija y sus rastros también, detuve la mirada en el plato que estaba ante mí. Quedaban en él las semillas de aquellas mandarinas, tan mandarinas como las de la corte de Federico. Recordé mis tiempos escolares ¿Por qué no probar una vez más y asistir al maravilloso renacimiento de la vida?
Lo hice. Y por partida doble. Dos tarritos, dos semillas, un poco de algodón (supongo que ya no debe existir el recordado papel secante, ese que salvó a mi cuaderno “Rivadavia” de las tropelías que mis manos, munidas de lapicera “a fuente”, reiteraron hasta el cansancio… el de la maestra, claro está), algo de agua y a esperar.

La curiosidad me llevó a merodear por algunas publicaciones por las que me enteré que las mandarinas pertenecen a la familia de las Rutaceae, siendo su subfamilia la Aurantioidea y su género el Citrus. También que existen numerosas especies: Citrus reticulata, citrus unshiu, citrus reshni (clementinas, satsumas y comunes) y su porte es menor que el naranjo y algo más redondeado. La raíz es sólida, blanca y, bajo condiciones de cultivo, posee gran cantidad de pelos radiculares. Las hojas: unifoliadas y de nerviación reticulada, con alas rudimentarias pequeñas. Sus flores (las mandarinas también gustan del floreo) se presentan solitarias o en grupos de 3 ó 4 y el fruto (en eso estábamos, me parece) también es llamado hesperidio. Los hay muy semillados y también partenocárpicos.
Los aspectos científicos del tema impactaron e instalaron en mí un mar de dudas: ¿Serán mis mandarinas clementinas o tan solo de las comunes? ¿Y Federico, El Grande, qué mandarinas tenía? ¿Se puede saber qué quiere decir unshiu? ¿Y partenocárpicos?

Dudas o no, lo cierto es que pasaban los días y mis semillas (las de las mandarinas, al parecer semilladas, que nos engullimos Cata y quien esto escribe) parecían no darse por aludidas. Así y todo seguí humedeciendo los recipientes y cuando olvidaba hacerlo, allí estaba el puntal de la casa, mi mujer, andamiando socarronamente la dura parada. Lo cierto es que un día ellas se abrieron y tímidamente aparecieron los brotes. Tallo para elevarse hacia el sol, raíz para afincarse definitivamente al suelo. Y fueron creciendo poco a poco hasta que llegó el día de su mudanza a sendas macetas lejos del suave algodón, ahora en contacto con la tierra. Crecer tiene sus costos, le pasa hasta a las mandarinas.

Ahora, mientras escribo esto, otra duda anda rondando por mi cabeza: ¿Llegará el día en que estos breves tallos se conviertan en jóvenes arbolitos y se animen a dar fruto?
Respuesta: no lo sé. El tiempo lo dirá.
Tampoco sabemos –si cabe la comparación- si los jóvenes de hoy (por caso mis alumnos, o cualquier otro) acabarán dando mañana los frutos que se supone darán. Esperamos, creemos, suponemos. Necesariamente debemos dejar pacientemente que el tiempo se tome su tiempo para que la vida se consolide, cerrando el círculo. El del ciclo vital.

No está lejos el día en que deje de jugar al profesor. Habrá apuestas que ya no haré. Sin embargo allí estarán mis mandarinas.

1 comentario:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Del post me surgen un par de reflexiones, a saber:

-Federico sería muy prusiano, pero era un bon vivant que parlaba en francés, como dice el tango. Déspota ilustrado, su corte debe haber sido bastante interesante, empezando por Sanssouci.

-¿Las mandarinas clementinas serán las preferidas por el intendente de Río Grande? Ups, perdón por mi ignorancia, no estoy actualizado respecto de las internas radichetonas...

Gracias por recordarme al papel secante, otra especie extinguida...