19/1/09

Barroco III

“Vanidad de vanidades, dijo el predicador; todo es vanidad” Eclesiastés 1:2


La naturaleza muerta ha sido, por lo general, un caso menor en la historia de la pintura. Algo parecido al cuento de la Cenicienta o el Patito Feo. Es cierto que grandes obras contienen este tipo de temas (por caso ver la Cena de Emaus, acá nomás, un par de post más abajo), pero más cierto es que una pintura de objetos inanimados no gozaba de la estima suficiente para expresar ideales o un gran arte. Es que todavía se estaba en las grandes cosas, muchas de ellas imposibles, como bien hemos podido enterarnos leyendo un poco de historia.
Los artistas holandeses, creo, han sido los primeros en establecer la tradición de los llamados “bodegones”. Si hay algo que caracteriza a la pintura noreuropea es el meticuloso gusto por el detalle. Y si no me creen revisen la obra de Veermer, o tantos otros.
Lo interesante es que esto de las naturalezas muertas, o bodegones, fue imponiéndose progresivamente, de a poco, como todo lo que termina valiendo la pena y hacia fines del siglo XIX nos encontramos con quien considero el padre de la pintura moderna, Paul Cézanne, quien soslaya el bendito concepto de “gran arte” que las academias insistían en promover, y se despacha a gusto con múltiples naturalezas muertas con las que, además de sus extraordinarios paisajes en los que sintetiza a la Naturaleza, sienta las bases del arte nuevo.
Pero volvamos al Barroco y, en este caso, a un artista no tan difundido a nivel popular al que siempre rescato en mis adormecedoras clases de los lunes a la 08:00 hs. Hablo de Harmen Steenwyck (1612-1659), un especialista en naturalezas muertas, del que poco se conoce en términos biográficos. Se ve que el hombre anduvo dando vueltas por ahí, particularmente por lo que entonces llamaban Las Indias Orientales. Agrego, si me permiten la digresión, que yo también me hubiera ido a dar una vuelta por esos pagos; Holanda es muy bonita, pero no la imagino divertida en los 1600, año más año menos. Esos eran tiempos en que los holandeses estaban fascinados por el Antiguo Testamento y los predicadores calvinistas insistían en que la caída de Holanda sería provocada por el apego a las cosas terrenales, insistiendo en la futilidad de las mismas. No me van a comparar a una buena mulatona, con una puritana de Delft, ciudad natal de Harmen, calvinista ella. Y ni hablar del sol y otras delicias... En fin, pongámonos serios y vamos al punto. Hay un cuadro de Steenwyck, Vanidades (Vanitas -1640), que es una obra maestra, en cuanto a técnica pictórica y –además- en cuanto al mensaje que nos deja.
La obra que aquí se reproduce gracias a la cortesía de la National Gallery de Londres (1), está plagada de referencias a la muerte (es decir nuestra inexorable finitud en este mundo) y la vacuidad de la vida. Cuanto más se la observa o estudia, más se la entiende como una severa admonición sobre el sentido deleznable de lo fatuo.
Vamos a mencionar algunas de estas referencias, al menos las que desde mi escaso conocimiento logro reconocer o he reconocido a partir de la lectura de algunos textos. Empecemos por la luz, omnipresente en la obra barroca; el barroco –lo hemos dicho- es claroscuro, luces y sombras, dramatismo perenne.
Luego, observamos una concha vacía, a la izquierda del cuadro. Ella es la riqueza, pero está vacía, recordando la mortalidad humana. El derecho de poseer tal curiosidad no es mayor que el de la forma de vida que moró en ella.
Sigamos por el reloj abierto que, aunque valioso y probablemente no demasiado preciso, nos recuerda que hay un tiempo en el que necesariamente moriremos. Y vaya si lo sabemos, por más que nos empeñemos en atrasar los relojes.
Me detengo ahora en la espada japonesa, símbolo de poder terreno, de fuerza guerrera; así como en la flauta, símbolo fálico por definición, que está allí indicando los placeres sensuales de la vida que la muerte nos arrebatará.
El centro de la escena, como es de esperar, es ocupado por una calavera. En realidad este es el único objeto que explícitamente refiere a la muerte. Puede que, hoy por hoy, todo esto suene un tanto morboso pero creo que merece la pena recordar que la muerte ha estado siempre presente en la vida cotidiana de todas las sociedades anteriores al siglo XX.
Lo complejo o, en todo caso, lo que deberíamos repensar, es que una vez pasada la euforia de la modernidad, en la que el hombre se sintió un nuevo demiurgo, casi todopoderoso, terminamos observando en este incipiente siglo XXI que parece que las cosas no son tan así, que la vida vale cada día menos y nos invade la angustia de no saber que va a terminar pasando mañana. Todo es muy volátil, extremadamente volátil. Tengo la sensación que tomar conciencia de tal circunstancia nos pesa y no encontramos tan facilmente la vuelta del tornillo.
Volvamos a Steenwyck y su genial obra. La lámpara, recién apagada, con un hilo de humo es una referencia más a la finitud, así como la vasija que se muestra a la derecha del cuadro se ha pintado sobre el busto de un emperador romano, cuyo rostro no importa mostrar, simplemente se insiste en que la gloria y el poder terrenal son arrastrados por la muerte.
Hay otros objetos por ahí, pero quiero detenerme, ya sobre el final de este comentario, en uno que –en lo personal- me toca particularmente. Hay en este conjunto de objetos un par de libros que no son otra cosa que la capacidad de adquirir conocimientos que distingue a la existencia humana. Sin embargo, también aquí acecha la vanidad. “Porque donde hay mucha ciencia, hay mucha molestia, y creciendo el saber, crece el dolor” (Ecl. 1:18)

(1)'Still Life: An Allegory of the Vanities of Human Life', óleo sobre tabla, 39,2 x 50,7 cm; obra que pertenece a la National Gallery, Londres, quien tiene la totalidad de los derechos sobre la misma. La reproducción que aquí se realiza es a solo título ilustrativo.

4 comentarios:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Creo que hay también en nuestros tiempos, además de esa volatilidad que mencionás, un intento de negación de la muerte en tanto destino seguro de todos nosotros, que se manifiesta en el culto a la artificiosa juventud, patentizado en tanta cirujía plástica vigente. Ayer apareció en Perfil.com un buen artículo de Eliaschev al respecto (Los años, se titula).

Bueno, me fui por las ramas, para estar a tono con el autor del blog. Me gustaron mucho los tres post sobre "los barrocos", si hay más serán bienvenidos.

Un abrazo, Mike

ars dijo...

Hay más, Mike. Estoy barrocón, así que prometo un par de tonterías más. Después me voy a otros pagos, siguendo el viento, como decía Don Atahualpa.

Anónimo dijo...

Hace algunos años, asistí a un curso sobre el Barroco y el docente que lo coordinaba trabajó sobre un concepto interesante: el Barroco no es precisamente un movimiento sino una constante a lo largo de la historia. Para argumentar, mostraba cómo había características barrocas en obras de arte anteriores y posteriores al período. Algo de esto viene implícito en el post del otro lector. Salvando distancias y con diferencias de otra índole, el horror al vacío, el terror a la muerte, la insoportable finitud del ser, la exacerbación de lo desagradable están presentes en nuestra vida cotidiana.
En otro comentario, hice alusión al Barroco en Latinoamérica. Sería injusto no citar a un grande de la literatura española y jefe espiritual del movimiento: Francisco de Quevedo y Villegas. En su poema Aquí ardió Troya de su hermosura, vemos cómo la preocupación estética de las mujeres por parecer más jóvenes de lo que realmente son, no es un invento de estos días. Y si Don Francisco pudiera levantarse de la tumba y mirara cómo nos estamos comportando en este mundo, no dudaría en escribir Los sueños parte II, esta vez, versión recargada.

ars dijo...

Concuerdo. A mi me parece que esta cuestión de los "estilos" o "períodos" es algo así como una necesidad académica e historicista.
Me imagino lo que podría ser Los Sueños en versión recargada, a lo "Matrix" Muy buena imagen amigo.