3/7/09

Volviendo a Venus

Franciszek Zmurko (1859-1910), es uno de los artistas plásticos que supo retratar muy bien la atmósfera que se vivía en su Polonia natal, a fines del siglo XIX.

Los argentinos estamos, estuvimos, lejos de las expresiones culturales de sociedades de los denominados "paises del este europeo". No es casual, no solo nos separan lejanías geográficas y barreras culturales, comenzando por las dificultades idiomáticas. Hubieron guerras, fascismos, dictaduras... Demasiados líos, ninguno positivo. Por suerte hoy -por defectos que existan- estamos en democracia y las comunicaciones son una herramienta central a la hora de interactuar entre los seres humanos.

Pero volvamos al amigo Franciszek, artista que se destacó por el estudio y representación de lo erótico, siempre en el límite justo. Un tipo inteligente, creo. Y si no lo fué, al menos no se ha privado de bellas modelos. Todo un logro por cierto, desde un punto de vista no machista, sino masculino.

Su "Mujer con abanico" es célebre. Y lo es, porque es casi perfecta en su explícita imperfección. En otras palabras es humanamente perfecta. Ella es bella, paradigmática, el clima es el ideal. Hay allí desplegada una estrategia precisa y sutil: la de apenas dejar entrever y cubrir el resto -abanico mediante- sugiriendo que lo que se ve es un módico adelanto de una sensualidad atrapante, en la que la mujer disfruta del ejercicio de la seducción, aunque todo pase de un modo en que se supone debemos percibir que hay una cierta capacidad (relativa a la seducción) que sobrepasa holgadamente los límites de la voluntad.



Algún crítico expresó que "los cuerpos se cubren en seda tan suave como la satinada piel de las mujeres retratadas por Franciszek". Y es muy cierto. El encanto de esta dama -retratada en Florencia, vaya casualidad, en 1884- radica en la combinación de su reposada gestualidad, además de los accesorios que luce. Luego -me parece- hay en esta mujer un aura de vulnerabilidad y una cierta distancia o distanciamiento del mundo cotidiano. Ella está, más allá de lo que pase o deje de pasar en el exterior de un ambiente íntimo que muy claramente expresa el artista.

Zmurko materializó un tipo particular de belleza que aún hoy resulta interesante, atrapante. Lo ha logrado a partir de un uso armónico del color, que lo incorpora o asocia a la vertiente pictórica de los simbolistas. Lo curioso es que este artista se volvió famoso como retratista de mujeres elegantes, lo que supuso un impedimento para explorar otras búsquedas estéticas, profundizando algunos rasgos que, desde sus obras de juventud (en general religiosas o mitológicas, según las costumbres de su tiempo), suponían otros horizontes.



Francamente creo que Franciszek no se equivocó. Hoy, en el Museo Nacional de Varsovia (ver) (institución que incluye en su colección la obra que intentamos comentar), el público se detiene frente a esta joven de singular y enigmática belleza, ansioso de asistir a la consumación de un milagro, por supuesto imposible: que la figura cobre vida y que, comprendiendo el deseo ajeno, deje caer de una vez por todas el inoportuno abanico.


PD: Pregunto, por si anda por ahí alguien que entienda la lengua polaca, ¿Franciszek es lo mismo que un castizo Francisco? Me encantaría ser tocayo del maestro. Tanto como el límite erótico.

2 comentarios:

Miguel A. Mastroscello dijo...

Amigo Franciszek, muy interesante post.

ars dijo...

Mucho más si el dichoso abanico finalmente "se deja caer" ¿no?