15/1/12

Bajo tierra


Enero 2012, el calor aprieta. Andar por las calles de Buenos Aires es un desafío, sino el destino del laburante. En la superficie dirimen supremacías asfaltos y hormigones, acompañados por una comparsa insoportable y vocinglera de automóviles, buses, ambulancias, motos y cuanta fuente de ruidos puede existir en una ciudad. A pesar de ser época de vacaciones los embotellamientos no aflojan. Como no aflojan el sonar de bocinas e impaciencias, las ocupaciones callejeras y el trasiego de los equipos de aire acondicionado, aportando más temperatura al ambiente. Mientras tanto, en las entrañas de la ciudad se desparraman sesenta kilómetros de vías por las que circulan los trenes del Subte transportando a diario más de un millón y medio de ensimismadas personas que –estoicas- soportan más calor todavía y el hacinamiento de las horas pico. Seis líneas, 78 estaciones, diversas combinaciones, comercios de todo tipo, comidas al paso, una millonaria recaudación diaria en concepto de pasajes, publicidad, cánones de uso... También un espacio de oportunidades, ámbito de subsistencia de soñadores y desplazados, habitantes de un mundo bajo el mundo. Otro mundo.


Avenida Corrientes y Agüero, estoy en el Abasto. La noche se va acomodando. Cenaré en casa de mi amigo, recientemente mudado a la zona Parque Saavedra. Es un trecho, Buenos Aires no es una ciudad corta. Encaro para el subte, estación Carlos Gardel, línea “B”. A esta hora, pienso, se puede viajar tranquilo (a pesar de los calores), tanto que me animo a portar un viniyo espumante para brindar, pudendamente disimulado en una bolsa muy bonita, de las que te entregan cuando comprás una pilcha. Antes de llegar al molinete de acceso a los andenes del tren subterráneo, en el pasaje que empalma el shopping emplazado en el lugar del viejo mercado con el sector de boleterías y los infaltables locales soterrados, siempre mínimos, escucho una melodía de Mozart. Si no me equivoco se trata del Concierto para Piano Nº 21. Lo ejecuta una señora delgada, de porte elegante, pelo muy corto que no oculta las canas que el tiempo regala a todos sin excepción. No me llama la atención, la he visto (y escuchado) en varias oportunidades, siempre en el mismo lugar. Es más, no hace mucho descubrí que tenía voz y un fuerte acento propio del este europeo, mientras le indicaba a un transeúnte cómo llegar a la Estación Once, de la línea “A”, aquella que fuera inaugurada en 1913. Comento lo que comento porque ella, la señora, no suele hablar. Simplemente se limita a interpretar a distintos compositores clásicos durante varias horas. Bajo el piano se encuentra la funda del mismo, haciendo las veces de escaparate en el que exhiben para la venta unos ocho o nueve CDs que guardan su música. En la pared, bendiciendo el lugar, hay un cartel fileteado con la imagen del Zorzal Criollo, que aquí muestro.


“Señoresss passsajerosss, vengo a ofreceeer la novedá: la tiritaaa iluminadaaa, para diversión de niiiños y adultosss, recién immmportadaaa de Malasssia…La tiritaaa que no puedeee faltaaar en niiingún hogaaar…” Estamos en el tren, camino a la estación Pueyrredón y el infaltable vendedor de lo que venga, o mejor dicho uno de los vaya a saber cuántos que andan por los trenes del subterráneo, nos ofrece al módico precio de diez pesitosss, una especie de culebra plástica que, histérica, cambia de colores y es capaz de adoptar diversas formas para ser enroscada en el brazo, el cuello o donde el niiiño desee. Mientras observo el desarrollo del ciclo de ventas (magro, por cierto, cosa esperable; la “tirita iluminada” no entusiasma demasiado), que dura exactamente lo que el tren demora de ir de una estación a la siguiente, relojeo el avance de un par de muchachos, todavía en el vagón siguiente de la formación. Y escucho una tambora, o algo por el estilo.

El tren encara hacia la estación Pasteur. Los muchachos, dos para ser precisos, una guitarra convenientemente amplificada y efectivamente una tambora (más otros instrumentos de percusión), regalan a los pasajeros unos sones carnavalescos, en una especie de “mix” de murga y candombe que abarca las dos orillas del Río de la Plata. ¡A divertirse amigas y amigos!, proclaman los músicos. Es posible que se trate de una impresión subjetiva pero se me ocurre que no faltaron ganas de ponerse a bailar. Cerrado aplauso de los pasajeros y una gorra que recibe varias monedas y algún billete. Y esto no es nada. Mientras se desarrollaba el recital entre estaciones, digamos unos tres minutos, quizás cuatro, también anduvo por allí un ciego, canchero en esto de sobrevivir bajo tierra, al punto de haber ensayado unos moderados pasos de baile, siguiendo el ritmo de los muchachos. El ciego también ligó.

Entre Pasteur y Callao, un hombre de mediana edad ofrece a damasss y caballerosss  CDs que contienen la música de diferentes artistas, todos “estrenos”, al quinto de su valor habitual. Para que la amable audiencia corrobore la calidad de la mercadería que ofrece, el hombre carga un equipo portátil de reproducción bastante sonoro. El detalle está en los parlantes que, cual apéndices con aspiración de alas, surgen de su espalda a la altura de los omóplatos. Curioso ángel, pensé.

Ya vamos a la estación Uruguay. La cosa se presenta dura. Mientras el hombre de las alas electrónicas avanza hacia el siguiente vagón, aparece una suerte de heterodoxo de la Sierra Maestra, pero de acá: barba y pelo desaliñado, camiseta tipo “musculosa”, shorts a media pierna y ojotas. Mentalmente pido disculpas a José Martí por el zafarrancho que el personaje hace con su poesía, tan hermosa por cierto. El quía se ha disfrazado de revolucionario posmoderno y canta como la mona. Y bueno, allá va el hombre. Después de todo, admito, el calor condiciona. El hambre también. Por suerte, del vagón vecino llegan los acordes de una chacarera de Don Andrés Chazarreta que, camino a la estación Carlos Pellegrini, se desparraman por el vagón gracias a la sonora voz de otro ciego, hombre bien plantado, que se acompaña con una gastada guitarra. Fórmula infalible. Hubo aplausos nuevamente y la gorra capturó algunas monedas.


Me bajo para combinar con la línea “D”, debo ir hasta Congreso de Tucumán. Se va haciendo tarde y el enjambre de pasillos, andenes, escaleras, sucuchos y quioscos que configuran el nudo gordiano que en la superficie corona el Obelisco, se despeja. A estas horas es posible caminar por allí sin que el río humano propio de los horarios diurnos te lleve por delante. Las cortinas metálicas van bajando, los mostradores en los que expenden dudosos comestibles se vacían, aunque persiste el aroma de la fritanga. Un tipo, acovachado junto a una escalera arranca de un fuelle las últimas notas de un largo concierto ofrecido a todos, que no es para nadie. Adiós Nonino, Piazzola. La romería de músicos de toda laya, aventureros, vendedores ambulantes, tullidos, pungas, lastimados e indigentes, continúa su tránsito por los vagones que siguen circulando, posiblemente en la última ronda. Y se van yendo, nadie sabe dónde, como el día.

Entre 9 de Julio y Congreso de Tucumán median catorce estaciones. Es prudente interrumpir aquí este relato. Vaya mi homenaje, entonces, a los seres anónimos que habitan las entrañas de la ciudad, invitando al lector a ver este video, uno de los tantos que registran cosas que ocurren a diario en la Reina del Plata, bajo tierra.



Sugiero visitar, entre otros, estos sitios:


Diccionario:
Laburante: Trabajador.
Subte: Transporte subterráneo. Metro.
Viniyo: Vino.
Pilcha: Ropa.
Relojear: Observar.
A la gorra: Gratis.
Canchero: Conocedor, perito.
Liga: Suerte; agarra, atrapa.
Quía: Tipo innominado.
Sucucho: Vivienda del soltero. Lugar pequeño. 
Fritanga: Fritos.
Acovachado: Acomodado en un sitio; acurrucado.
Fuelle: Bandoneón.
Punga: Ladrón, carterista.


Para más referencias ver el Diccionario de Lunfardo, publicado aquí.
Nota: las imágenes que aquí se reproducen han sido tomadas de distintos sitios de Internet, de uso gratuito, y son utilizadas sin fines comerciales.

30/12/11

Año nuevo, vida cotidiana



“Año Nuevo es la fiesta que celebra el inicio de un nuevo año.”

Esta esclarecedora definición inicia el artículo publicado en WikipediA sobre esta generalizada fiesta, que no es de ahora, dicho sea de paso. Tampoco la única, aunque cierto es que por distintos motivos la mayor parte de este planeta festeja de algún modo el cambio de año según reza el calendario dispuesto por el papa Gregorio XIII tiempos del Renacimiento, allá por el siglo XVI, si no me equivoco.

No tenía en mente formular una crítica a la (para mí) interesante y muy peligrosa WikipediA. Pero no puedo con mi genio. Interesante porque es una herramienta formidable. Y por la misma razón, peligrosa: se pueden construir herramientas formidables que posibiliten la generalización de inexactitudes y/o giros literarios del tenor del señalado, formateando el pensamiento de cientos de millones de seres humanos. Por eso, amigos lectores de este pequeño espacio repito algo que no me he cansado de manifestar a cuanto joven estudiante se cruzara en mi camino: “cuidado con la Wiki.”

Volviendo al Año Nuevo o, mejor dicho, a los Años Nuevos, apenas digo que es bueno esto de festejar lo que está por venir. No conozco civilización, pueblo, cultura, o lo que fuese, que no tenga o haya tenido una celebración en este sentido cosa que, si lo pensamos un poco, es absolutamente lógica. En definitiva los seres humanos tenemos –entre otros- un motor existencial cuyo combustible se compone de esperanzas y expectativas por lo que vendrá, más miedos e incertidumbres por similares razones. La esperanza se festeja, la incertidumbre se conjura. Moraleja: necesitamos una fiesta.

Me voy yendo hacia el nuevo año mientras pienso que si nos ponemos ecuménicos, no faltarán motivos para reiterar festejos y conjuras. Apelando a la información aportada por la WikipediA, paso un calendario que, por las dudas, sugiero verificar.

Africa
Enkutatash, la celebración del Año Nuevo etíope, el 11 de septiembre.
América del Sur
We Tripantu, la celebración del Año Nuevo mapuche, tiene lugar el 24 de junio.
El Año Nuevo Aimara se celebra cada 21 de junio, la época del solsticio, con la llegada del invierno.
Medio Oriente
Rosh Hashanah, la celebración del Año Nuevo judío, suele llevarse a cabo en septiembre.
El Año Nuevo musulmán se celebra el 1 de muharram, cuya fecha correspondiente en el calendario gregoriano varía de año en año puesto que el calendario musulmán es lunar.
Asia Oriental
Losar, celebración del Año Nuevo tibetano, se realiza entre enero y principios de febrero.
Sudeste Asiático
En Tailandia, Camboya, Birmania y Bengala el año nuevo se celebra el 14 de abril.
Tết, celebración del Año Nuevo vietnamita, se celebra junto al Año Nuevo Chino.
Asia del Sur
El Año Nuevo hindú se celebra dos días antes del festival de Diwali, a mediados de noviembre.
Ugadi, celebración del Año Nuevo telugú, se efectúa entre marzo y abril.
Nouruz, celebración del Año Nuevo iraní, se lleva a cabo en el equinoccio de la primavera (21 de marzo, aproximadamente).
Naw-Rúz, la celebración de la Fe bahá'í, se realiza en el equinoccio primaveral (21 de marzo).
Europa
Algunos miembros de la Iglesia ortodoxa, como mantienen el calendario juliano, festejan el Año Nuevo el 14 de enero.
Entre los aborígenes guanches de Tenerife (Canarias, España), el Año Nuevo se celebraba con la recogida de las cosechas (aproximadamente el 15 de agosto), y se conocía con el nombre de Beñesmer.
Entre los rosacruces de AMORC se celebra el nuevo año entre el 21 de marzo y el 23 de marzo, lo más cerca posible del equinoccio de primavera.
1 de Vendimiario, celebración de Año Nuevo según el calendario republicano francés, equivale al 22 de septiembre.
Samhain, celebración de Año Nuevo del neopaganismo celta, cerca del 1 de noviembre.

En fin, no estaría nada mal festejar todo el año a los nuevos años. Es, supongo, una forma interesante de encarar las cosas que nos van pasando. Cada día de nuestras vidas implica una renovación.

Felicidades. Nos vemos el año que viene. Es decir siempre.



Nota 1: Por cierto, a los occidentales y cristianos todavía nos queda, pasada la fiesta del Año Nuevo, la llegada de los Reyes Magos. Al respecto, me remito a este post, publicado doce meses atrás.
Nota 2: No me quiero poner pesado con la Wiki. Sin embargo, si se lee la relación de “años nuevos” que allí se publican, rápidamente se concluirá en que no solo es incompleta sino que está pésimamente redactada. Es lo que hay... Y no es resignación lo mío. Sólo una lectura, por decirlo de algún modo.