Entre los tantos aspectos fascinantes que encuentro en la tarea de llevar adelante este blog, se destaca el intercambio de ideas con la gente que tiene la amabilidad de darse una vuelta por aquí de vez en cuando, ya sean amigos (la mayoría, haciendo "el aguante" correspondiente), u otras personas que tarde o temprano se convierten en nuevos amigos. Lo he dicho otras veces y hoy lo repito: me encanta. Bien, Lucas me ha enviado un correo acerca de la última entrega de "Dos" y, con su permiso, paso a publicarlo. Pasen y vean... o mejor dicho, lean.
Se está poniendo lindo. Sobre todo la hipótesis de porqué los viejos fueguinos quieren tirar todo abajo. Me hace acordar a cuando Frondizi ordenó tirar abajo la penitenciaría, que denunciaba la existencia inevitable del crimen y el castigo en pleno barrio de Palermo, a pocas cuadras del Botánico. Era muy parecida a nuestra cárcel y también una institución modelo, siendo famoso el pan dulce de los presos en las navidades, y la imprenta donde se llegó a editar el boletín oficial. Hoy es una de los espacios verdes más concurridos de Buenos Aires, con mucho de solarium, el colegio JF Kennedy -Lengüitas para los iniciados- y media docena de palmeras que sobreviven a la vieja cárcel. También en su momento derribamos las casas coloniales de San Telmo, donde más se evocaba a la epidemia de fiebre amarilla y a los primeros y sórdidos conventillos porteños que a la perezosa ciudad colonial, demolimos cientos de manzanas para tener la Avenida de Mayo, ensanchar Corrientes, diseñar las diagonales y abrir la imponente 9 de Julio. Ni siquiera el histórico Cabildo pudo resistir a la piqueta que lo dejó convertido en su propia maqueta. Y creo que los porteños, por lo menos una gran mayoría de ellos, miraron con entusiasmo los cambios. Queríamos dejar de ser la ciudad hispana, atrasada, ingnorante y conventual para incorporarnos a la modernidad. Lástima que no comprendimos que el progreso que pretende ignorar su historia es como un barrilete sin cola que no sabe bien para qué está en el cielo.
Lucas Potenze, Ushuaia.
Nota: Lucas es profesor de historia y Rector del Colegio Nacional de Ushuaia.
La respuesta a la pregunta que inicia el último aporte a esta historia por entregas tuvo, en realidad, dos respuestas. Una ya fue contada. Ahora intentaré desarrollar la segunda, casi una obviedad: resultaba necesario producir una documentación técnica que permitiera reconstruir la casa, apoyándose en la investigación histórica y resolviendo técnicamente el desafío. Sin ser en aquel entonces experto en la materia, bien sabía que las trapisondas a la Violet Le Duc no estaban muy bien vistas que digamos en los ámbitos académicos. Una cosa es la reconstrucción y muy otra diseñar desde uno mismo posicionándose como ser del pasado.
No sabía si quienes tenían la potestad de decidir tomarían la decisión que yo esperaba desde el mismísimo momento que me involucré en la aventura: que la casa se reconstruyera. Estoy contando una historia lo más objetivamente que puedo aunque uno jamás es totalmente objetivo, eso no existe, y por tanto solo me queda de ser sincero, aún en mi subjetividad. Yo quería recorrer este camino. Mi curiosidad innata era mucho más fuerte que todo consejo o consideración moderada que se presentara por ahí, que no faltaron. En ciertas circunstancias no suelo ser moderado, mucho menos prudente. La pasión me domina.
La casa se desarmó, hubo algunos dimes y diretes, ella estaba durmiendo –nunca muerta- esperando su resurrección, en un ignoto depósito, por obra y gracia de las circunstancias.
El peso de la prueba estaba en mi “rincón del ring”. Debía demostrar que no sólo era factible reconstruir este edificio sino que tal decisión tendría sentido y no sería un episodio más de los tantos que promueve la gestión estatal (en este caso la municipal) orientadas a las necesidades corrientes de toda comunidad, con sus buenas y malas. Redundante –no lo puedo evitar- me permito decir que no bastaba con rehacer la casa. Esta decisión debía servirle a la comunidad.
Por aquellos tiempos había un puñado de valientes que pensaban a Ushuaia como un destino turístico de peso pero así y todo, ni siquiera estos valientes concebían que tal destino -que se ha cumplido- podía ofrecer lo que hoy se ha catalogado como “turismo cultural”. Salvo excepciones, nadie creía en la potencialidad cultural de la gente de Ushuaia que sin embargo allí estaba, levando como la levadura hace del pan una exquisita explosión. El centro de las estrategias resaltaba los innegables valores naturales que Dios nos ha regalado. El mundo de los humanos no contaba. El pan, el que vendría, no era percibido, ni siquiera soñado, salvo muy honrosas excepciones.
No miento ni peyorizo sino que apenas cuento al afirmar que la mayoría de los antiguos pobladores o, en su defecto sus inmediatos descendientes, tenían una idea fija: demoler lo anterior (considerado de poco valor) para “modernizar” la ciudad. Las encandilantes luces de distintas metrópolis (Ushuaia no responde exclusivamente a “la metrópolis argentina”, Buenos Aires), eran más fuertes que el recuerdo y la valoración del pasado personal y local. Arriesgo una razón: el pasado de Ushuaia se emparenta con vidas y cuestiones asociadas a extremos sacrificios y algo mucho más fuerte: el desarraigo forzado por la pobreza, el aislamiento y la soledad. Los protagonistas de tales circunstancias no suelen resaltar sus miserias. Lo hacen, hacemos, quienes venimos luego y nuestros intereses no necesariamente son compatibles con aquellos protagonistas que dicho sea de paso no son próceres, solo personas en búsqueda de un destino, que no es poco. También lo promueven sus nietos, ya consolidados en una próspera realidad, ansiosos de una legitimación de su poder económico, producto del presente que ya será contado en algún momento y nada tiene que ver con un pasado no tan lejano, aunque absolutamente diferente.
Ante la posibilidad de que se decidiera proceder efectivamente a la reconstrucción de este edificio no fueron pocos los que manifestaron su oposición. Entre tantos argumentos esgrimidos pare ello, hubo uno central y refutado por los hechos: no se podía pensar en reconstruir una vieja casa, que estaba “podrida”. Un gasto inútil, cuando todos clamaban por nuevas paredes de mampostería, en la tierra de los tabiques de madera y chapa.
Roberto, mi amigo, migró hacia Buenos Aires por cuestiones familiares. Ya no tenía “apoyo técnico-político” y nunca un “equipo” que me respaldara. Apenas contaba con un grupo de amigos de entonces y el entusiasmo. Así y todo y contra todo pronóstico lo pudimos hacer: hubo una documentación de proyecto ejecutivo que permitía aspirar con fundamentos irreprochables a la exquisita aventura de ser partícipes de la historia. Nada menos, nada más. Diana, Charo, Viviana, Bocha, Bruno, Luis, Zulema, Mallón… Cada uno hizo su aporte. Y yo en el medio, asociando, resolviendo, asumiendo responsabilidades, poniendo la cara y jugado, como siempre. Contaba también con algunos "colegas" que deberán explicar alguna vez y a la hora de repasar conciencias, sus contradictorias y malintencionadas actitudes.
Lo cierto es que los planos necesarios estaban. Había que tomar decisiones y nosotros no teníamos la potestad de tomarlas.
Una tarde cualquiera se produjo un encuentro en el que se dijeron pocas palabras, las necesarias. -Francisco, en serio, ¿se puede reconstruir Las Goletas? -Vos sabés, Mario, que no miento, en todo caso me equivoco. -Francisco, no me vengas con esto, vos sabés que lo mío es la política. No puedo fallar, si así fuera, me matan. -Mario, si te digo que me animo es que creo que se puede hacer esta obra. -¿En serio? -Tenés mi palabra de honor. Es enserio. -Bueno, la casa se hace. -Fenómeno, Mario, pero ¿vos tenés presupuesto para esta obra? -No -¿…? -Mirá, de algún lado vamos a obtener los fondos. Estoy seguro que a Raúl [Raúl Berrone, entonces Secretario de Obras Públicas, un economista con sensibilidad de arquitecto] se le va a ocurrir alguna idea. Vos empezá a preparar la obra. Te vamos a llamar. Esta obra se hace o se hace. -Como digas. Yo sigo. Te creo.
Y así pasó. Las ideas y los caminos aparecieron. Pero esto es otra historia. Ya te vas a enterar.
Desarmamos la casa. ¿Y ahora qué? Había que guardar en sitio seguro los materiales y partes rescatadas. También las inservibles. La decisión de reemplazar alguna de ellas, por más relevamiento documental que se hubiese hecho necesitaba la prueba contundente de la física realidad. Al menos es lo que supuse en ese momento. Intuitivamente sentía que estaba jugando con algo delicado, importante: nada menos que una historia que no era la mía. Por más que Don Mallón, Bocha Martínez y otros me dijeran que teníamos una selecta colección de maderas podridas o en vías de pasar a mejor vida, leyes de la Naturaleza mediante, no me animé a tirar ni un clavo. Nadie se daba cuenta que nos habíamos involucrado en un caso singular y muy pocas veces visto en la historia de la recuperación y/o conservación de cierto patrimonio. Lo nuestro era muy jugado, diría herético.
¿Por qué el desarme? Bueno, ya he contado las circunstancias. O nos jugábamos o todo desaparecía. En el terreno vendido por la familia Beban se venderían autos provenientes de Rusia, una más de las exóticas cuestiones que sucedieron y suceden en esta Isla Grande de Tierra del Fuego.
-Roberto, ya desarmamos la casa. Decime adónde llevamos las cosas. ¿Te parece bien el depósito municipal? -Eso nunca. -¿Cómo? -Ni soñando, Francisco. Si llevás las cosas al corralón municipal, vamos a ver muchos asados. -¿Asados? -Sí. Los muchachos no van a tener que ir a buscar leña o carbón para el asado del fin de semana. Para ellos eso es madera vieja y sirve para hacer el fuego. -¿Y…? -¿No tenés un lugar donde guardar las cosas? -Bueno, tengo un depósito… Pero no me parece, es un sitio privado, la casa se supone un bien público. No sé, Roberto, es medio extraño. -Pues no te extrañes. Si llevamos la casa al corralón olvidate de ella. ¿Vos podrías guardarla en tu depósito? -Claro que la puedo guardar pero ¿con qué derecho? - Ninguno, Francisco. -¿Y…? -¿Nos jugamos o no nos jugamos? -¿Y por cuánto tiempo debería guardar yo estas cosas? - No sé. - Muy bueno lo tuyo, Roberto. -¿Qué querés que haga? Esto es así. -Bueno, la guardo por dos o tres meses, mientras ustedes ven qué hacer. - Te aviso que no tengo partida. - No, Roberto, eso no importa. Lo que no quiero que pase es que termine con un lío por tener en mi depósito estas cosas que, hoy por hoy, son un bien municipal.
Y así fueron las cosas. Cada tabla, cada tirante de madera, cada elemento que se pudo rescatar, útil o inútil, fueron a parar al depósito que en aquel entonces tenía y luego, ya contaré (o no, veremos) perdí por razones que ahora no tiene sentido detallar.
La anécdota jugosa, si se quiere, es que la torre -el cucurucho- no pasaba por el portón del galpón. Se quedó entonces en la puerta, bien pegadito al depósito, como para que nadie se animara a ir llevándose un recuerdo hasta que no tuviéramos nada. De hecho tuve que contratar a un señor que hiciera las veces de sereno a los efectos de que no nos robaran, porque –digámoslo bien claro- acá antes y ahora, se suele robar materiales y utensilios en depósitos y obras. Y bien que te saquean.
Pero lo jugoso no pasa por esto que comento. Un mes después de hacer lo hecho, aparece en un periódico local una denuncia de una vecina comprometida en la que expresaba que alguien se había robado el Hotel Las Goletas. Sociedad compleja la fueguina.
Conclusión: el sereno es el único que sacó partido de la circunstancia. O no, posiblemente han sido otros más. Yo no. En esos tiempos estaba enfrascado en la posible reconstrucción. La Arquitectura me dominaba.
Don Mallón (aymara occidentalizado por la historia, hombre pragmático por cierto, eterna gorra con visera en su testa, camioneta Ford F-100 roja, modelo nosecuantos que todavía conduce), no dejó de mostrar su asombro frente a las consignas que este sujeto le transmitía. “Como diga Arquitecto”, media vuelta, meneo de cabeza… “El pibe enloqueció…” Pero él, su cuadrilla, moderados y pacientes como todo americano que reconoce raíces que vienen de muy lejos, hacían lo solicitado. Es que para Don Mallón & Cía. lo que estaban haciendo no tenía el menor valor, a excepción de su interesante salario, en este caso doble ya que no demolíamos, sino desarmábamos.
¿Patrimonio? ¿De quién o quiénes? Se puede saber qué le podría importar a un nativo del Altiplano transportado a Ushuaia por fuerza de la necesidad una casa en ruinas de madera que, se suponía, había venido del norte de Europa a estos confines australes. Y, en mi caso, a un hijo de españoles, nacido y criado en las calles de Quilmes, por más arquitecto que fuese.
No me digan que la situación no deja de ser interesante. Para mí lo fue y lo sigue siendo, toda vez que –con los años- he seguido profundizando en este asunto del patrimonio. Hay que saber observar y escuchar. ¿Qué sería o vendría a ser esto de la identidad cultural? Pregunta que los habitantes de Ushuaia deberíamos hacernos más a menudo.
En el embrollo estábamos cuando se nos presentó un tema difícil de resolver: la “torre” o como la bauticé en su momento, el cucurucho.
08:00 A.M. Mallón dice: Mire, Arquitecto, a eso no le podemos dar; va a salir mal. 08:05 A.M. Yo respondo: Mallón, no embrome, ya desarmamos la casa entera, no se me achique. 08:07 A.M. Mallón dice: No Arquitecto, la torre no. Está alta, no tenemos andamios y me parece que si la desarmamos usted no la arma más. Acoto: Mallón sería aymara, pero no sonso, en el fondo comprendía de qué se trataba todo esto o, en todo caso, en el lío que se estaba metiendo su "Arquitecto". Supongo que me quería vivo, con vista a futuras lides. 08:10 A.M. Digo (hacía varios días que pensaba en el asunto y tenía mis severas dudas): Tiene razón, Don Mallón. ¿Qué hacemos? 08:12 A.M. Mallón dice: Traiga una grúa. 08:13 A.M. Pregunto: ¿Grúa? 08:14 A.M. Mallón contesta: Sí. 08:15 A.M. Replico: ¿Se puede saber de dónde carajos saco yo una grúa? 08:16 A.M. Mallón informa: El “Gallego” acaba de traer una para el puerto. 08:17 A.M. Respondo. ¿No me diga? ¿El Gallego? 08:18 A.M. Mallón ratifica: Sí, Arquitecto. 08:22 A.M. Pienso dos minutos y digo: Mallón, que la gente se vaya a su casa. Ordene el predio, limpiemos. Vamos a ver este asunto de la grúa. 08:23 A.M. Mallón (lo infiero) habrá respirado tranquilo. Por ahí llegó a pensar “este está loco pero no tanto”. O no, seguramente siguió convencido que “el Arquitecto” no estaba en sus cabales. Pero él y sus adláteres cobraban en término. Suficiente argumento, supongo, para seguir el juego.
Los “muchachos” limpiaron y pusieron orden (detesto las obras desordenadas, aclaro, es una deformación profesional, casi una obsesión), y partieron a sus casas satisfechos. Cobrarían su salario y ellos se concentrarían en un buen cordero acompañado con papas hervidas, a la boliviana. Fiesta.
Efectivamente había una nueva grúa en Ushuaia. El problema era que no la podíamos pagar. No estaba contemplado este gasto en el presupuesto. Todo un problema. No olvidemos que, si bien se trataba de los inicios de la aventura, esto ya se había convertido en una obra pública y como toda obra de esta naturaleza, estaba sujeta a normas que es imposible no contemplar, si es que se aspira a cumplir con la Ley.
Conclusión: había que convencer al Gallego de la necesidad de hacer un aporte trascendente a la historia de la ciudad. No fue sencillo, admito que cuando le fuimos con el problema lo primero que hizo fue soltar una sonora carcajada. Pero, amigos, la teoría del paso a paso y las bondades de la dialéctica sirven. Al menos en este caso así fue.
Tuvimos la grúa, y sacamos al cucurucho intacto, indemne. Más tarde, trabajado y restaurado, lo pusimos en su sitio y, obviamente, con la misma grúa. Gracias Gallego, estés donde estés. Y gracias amigo Mallón, aunque no lo imagino recorriendo este blog. ¿O sí? vaya uno a saber...
Ana, para todos “La Turca”, es una mujer valiosa. Ella se dedica –entre otras tantas cosas- a la difusión sana e irreprochable de la maravillosa cultura islámica. Y no solo esto, sino a propiciar y profundizar el encuentro multicultural. Es una buena amiga sobre toda las cosas y debo decir, de paso, que sus empanadas árabes son exquisitas.
Ella no es turca. Los turcos son otro pueblo. Hablo de árabes, sirios, libaneses... Otra gente, otros pueblos. En la Argentina los hijos de aquellas tierras son “Turcos”, los españoles “Gallegos”, los italianos “Tanos”, los franceses “Franchutes”, los bolivianos “Bolitas”… Y nosotros, en el mundo, somos lo que cada ciudadano de cada lugar desea que seamos, para bien o para mal. Pongamos, por caso “Sudacas” o “Argies”. Que de confusiones étnicas, cariñosas o de las otras, la tierra está llena.
Por más que me resistiera, un día Ana me llenó de libros, folletos, vídeos y demás publicaciones relacionadas con distintas manifestaciones del excelso arte producido por pueblos islámicos, muy particularmente aquellos que no podemos dejar de conocer y admirar, empezando por los “moros”, muchachos que habitan el norte Africa, frente a la costa sur de Europa, Mediterráneo mediante. Los mismos que generaron durante ocho siglos un espacio notable en lo que es hoy el sur de España. No tuve más remedio que leer y recorrer el valioso material que mi amiga me entregaba, cual tesoro. Y no es que no conociera de lo que estábamos hablando, ese no es el asunto. Esto era distinto y más importante. Mi amiga depositaba en mis manos información para ella significativa, sentida y amada. A los amigos se los honra, así que allá vamos.
A la vera del río Guadalquivir está Córdoba, ciudad nacida vaya a saber cuándo, aunque se registra que un pretor romano, Marco Claudio Marcelo, instaló por esos lares una colonia patricia hacia el 169 a.C. que llegó a alcanzar en tiempos del Imperio la dignidad de ser capital de la Bética. La misma ciudad en la que, tras unos aproximadamente trescientos o cuatrocientos años de idas y venidas propias del fin del Gran Imperio y los hechos posteriores a tal circunstancia (un “merequetengue” que no es difícil de explicar pero que en este momento resultaría algo largo y seguramente poco atractivo), se instalaron hacia los años setecientos (d.C.) los moros, provenientes del otro lado del charco, el azul Mediterráneo de Serrat. O el de los Cartagineses, antes los fenicios y los griegos… El mar de todos, el que comienza donde Hércules estableció sus columnas y culmina nada menos que en la soñada Bizancio, hoy tierra -esta vez sí- de los amigos turcos.
Por lo general en medio de la confusión generalizada (por lo del "merequetengue", claro está) gana el más inteligente y mejor formado (e informado, agrego). Los hombres del Islam tenían unas cuantas cosas bien claras y es así que no les costó demasiado establecerse en tierras visigodas. Era previsible, diría un “analista” de la época, que se afincaran a la vera del Guadalquivir, buen lugar según cuentan.
Córdoba, como buena parte de la Península Ibérica, quedó integrada en el mundo islámico como Al Andalus, emirato dependiente de Damasco. Eso pasó allá por el 716. Muy poco faltó, apenas cuarenta años, para que en 756 Abd al-Rahman I “el inmigrado” (que reinó de 756 a 788) proclamara la independencia del Islam Occidental. Parece ser que fue un singular y enérgico líder que hizo de la España musulmana un estado fuerte y organizado. No sé si esto habrá sido así, lo cierto es que tuvieron que pasar ocho siglos para que los pueblos cristianos recuperaran estos espacios. Además, comentario al margen, el "inmigrado" no era nada tonto. ¿Por qué rendir pleitesía a Damasco si sus dominos eran más amplios y prometedores? ¿Por qué seguir a una dinastía que no era la suya?
No hace falta explayarse para explicar que en menos de lo que canta un gallo se impuso la necesidad de una gran Mezquita (lugar donde postrarse) – Aljama (reunión o asamblea) que nada tuviese que envidiar a las más importantes, allende el charco. Así, en un promontorio pequeño, elegido por la mayoría de las culturas que por allí se anduvieron para rendir culto a lo supremo, esto es donde hubo más de un templo religioso, empiezan en 785 las obras de lo que terminó siendo uno de los edificios del pasado más interesantes y significativos de la historia: la Mezquita-Catedral de Córdoba.
En los primeros años de la instalación de la cultura musulmana en la Península Ibérica los árabes aprovecharon, como han hecho muchas veces diversas culturas en diferentes contextos históricos, los monumentos visigodos existentes en el lugar, no sólo para las cuestiones relacionadas con la administración o lo militar, sino que también los emplearon para el culto; en algunos lugares la basílica (y ya catedral, por lo de la “cátedra”) cristiana fue transformada lisa y llanamente en mezquita, en otros se reservó una mitad para los cristianos. Y esto es lo que había ocurrido inicialmente en Córdoba, ciudad ya importante antes de la irrupción de los seguidores de Mahoma, pero al establecerse allí el califato omeya, que no disimulaba su competencia con el califato abasí de Bagdad, los califas se empecinaron en que la mezquita de su capital no sólo no desmereciera de las más famosas de Oriente, sino que continuara la tradición que había iniciado la mezquita de Damasco, capital que tuvieron que abandonar en 750, cuando tomaron el poder en ella sus enemigos los abasíes. He aquí la razón central de la iniciativa tomada por Abd al-Rahman y quienes lo sucedieron en el trono.
Efectivamente, cuando Córdoba visigoda capituló ante el empuje musulmán se reservó a los cristianos una parte de la catedral dedicada a San Vicente que, huelga decirlo, se encontraba en el citado promontorio, cercano al río. De todos modos, aquella servidumbre no fue compatible con los proyectos de Abd al-Rahman I, por lo que finalmente se indemnizó a los cristianos para que cedieran completamente sus derechos a los musulmanes. Me gustaría conocer el carácter de la mentada indemnización. Aquellos no eran tiempos demasiado transaccionales que digamos. Habría que investigar un poco más, supongo.
No se sabe cuánto se ha conservado de los muros y columnas de la antigua basílica de San Vicente, pero sí que hay muchos materiales (en especial columnas) que venían de tiempos romanos que fueron reutilizados. También es archiconocido el concepto o solución estructural adoptada (doble hilera de arcos, a veces triple), basado –otra vez, vaya qué casualidad- en soluciones aplicadas por los extraordinarios constructores romanos, para mí los mejores de la historia. Creo interesante señalar también que el arco de herradura, tan característico de los monumentos árabes de las tierras mediterráneas, lo encontraron los musulmanes en los edificios de la época visigoda que se conservaban intactos. Si bien en los primeros monumentos árabes de Egipto se destaca el arco peraltado y hasta hay algunos ejemplos de arco de herradura, éste es apuntado, mientras que en España, donde los árabes lo emplearon con preferencia, el arco de herradura es circular. Por otra parte, al observar ciertos edificios (cristianos) románicos, tanto de España como de Francia, no extraña encontrarse con arcos cuasi islámicos. En otras palabras que, para variar, unos influencian a otros de modo tal que la historia se convierte en un flujo, un río que lleva sus aguas al océano de la humanidad.
En su plan primitivo, la mezquita de Córdoba tenía once naves, de las cuales la central, dispuesta hacia el mihrab, era más ancha, como era el caso de la mezquita de Kairuán. Otros Abd al-Rahman (II y III, además de sus respectivos hijos y demás sucesores), acometieron con diferentes obras ampliando primero a lo largo (es decir hacia el río Guadalquivir) y luego a lo ancho (cuando se toparon con el río) tan soberbio e impactante edificio. Agrego: este último crecimiento, a lo ancho decíamos, quebró el equilibrio de la simetría presentada por la planta original de once naves, la central y cinco a cada lado. Toda una curiosidad y muestra de pragmatismo por parte de los responsables de las obras. Si hay que ampliar pues ampliamos.
Y digo además Mezquita-Catedral porque esta gran mezquita acabó siendo definitivamente una catedral cristiana, con crucero y todo, gracias a la iniciativa del obispo Don Alonso Manrique, en el contexto del renacimiento expresado en España. En otras palabras, un ir y venir de poderes, en nombre de Dios, como si a Él estos detalles le importaran. Veamos este vídeo educativo y sencillo, con perdón de los que saben. Y hay más para ver, por suerte. Ustedes saben que You Tube es inagotable. Podemos disfrutar un poco más de este lugar que no conozco personalmente aunque -debo admitirlo- deseo poder recorrer alguna vez, como a tantos otros. Disfrutemos las imágenes. Me queda –ahora- una reflexión. Uno puede, como aquí lo hago, sentarse un rato a escribir naderías sobre lo que se le ocurra y, encima, tener el valor (o irresponsabilidad) de publicarlas. Lo he dicho cientos de veces, en definitiva esto no es más que un juego. Pero no lo es pretender enseñar estas cosas, contarlas a jóvenes en el contexto de una clase. ¿Cómo contar y explicar lo nunca visto, lo que no se ha vivido? ¿Con qué legitimidad puede uno describir un edificio que jamás se ha pisado? ¿Cómo relatar los aspectos sensoriales de la arquitectura de la Alhambra, el fluir del agua, el aroma de sus jardines, si nunca has estado allí? ¿De qué modo expresar la magnitud de la Mezquita-Catedral de Córdoba?
No faltará quien diga “pero ¿qué pregunta es esta, acaso no tienes a Internet?” Respuesta: hace quince años, sólo quince, las cosas eran diferentes, ni les cuento antes. Responderán entonces “bien, para algo estuvieron siempre los libros”. No creo que esta sea una explicación demasiado satisfactoria. No en este caso.
Sin embargo hace unos cuantos años que pretendo ser un enseñante de estas cuestiones, además de otras algo más cercanas a la esencia de la Arquitectura, y más sencillas para mí, por caso los mágicos caminos por donde nos llevan los procesos de diseño. Y dije que pretendo ser un enseñante y no que haya enseñado, que no es lo mismo. Supongo que soy un caradura.
También podría ser que en estas clases uno hable de sus sueños. Si así fuere, no hay mentira.
El deterioro producido en el frente por el cambio de nivel de la calle Maipú era evidente. Pero no solo nos enfrentábamos a este problema. La casa no había sido siempre una casa. Unos cuantos años después del fallecimiento de Fortunato Beban Jakovicin, (1880-1958) y habiendo crecido la familia, el edificio es arrendado para que se instalara allí una clínica médica, embrión de lo que luego se convirtiera en el Sanatorio San Jorge, hoy un complejo de medicina privada de importancia en la región. Esto ocurrió hacia la década del ’70. Esta circunstancia generó la primera intervención de magnitud por la cual se produjeron importantes modificaciones a los fines de adaptar los espacios al nuevo destino dado al edificio. Convengamos que no es lo mismo una casona que una clínica. Por ejemplo, aquí ya no hay balcón, sino un “moderno” ventanal.
Entre 1976 y 1978, aproximadamente, la clínica se consolidó como Sanatorio San Jorge y ya contó con su primer edifico propio, que aún subsiste, en otro sector de la ciudad. Es entonces que produce una nueva intervención en el edificio que pasa a convertirse en un hotel: El Hotel Las Goletas. (Dos versión 1.1)
Para nosotros, para muchos, este edificio no era “la Casa Beban” sino El Hotel Las Goletas. Así lo conocimos y ni sospechábamos lo pasado en décadas anteriores.
Cuando me refiero a intervenciones, no hago más que hablar de remodelaciones, ampliaciones, cambios, etc. Obsérvese la fachada antes de comenzar con nuestra experiencia, allá por el ’92, y compáresela con la fachada original. Los cambios habían sido muchos.
Y no sólo la fachada tuvo sus modificaciones y “modernizaciones”. Si volvemos a observar la planta del edificio original, para lo cual repito la publicación de esquema de planta baja al que arribamos después de nuestra investigación y comparamos esta planta con la fotografía que sigue a continuación, tomada desde atrás del edificio, podemos identificar bastante bien las “ampliaciones” o agregados que se había realizado. Vemos en la fotografía la parte de la cubierta (techo) original, distinguible por su color rojo (ya apagado por los años) y el resto que claramente se diferencia. Veamos, por favor.
Pero esto no es todo. Llegó el momento en el que se necesitaron nuevas habitaciones, más habitaciones, ante la creciente demanda de alojamiento. La solución no fue otra que aprovechar el espacio del amplio ático o entretecho. Se realizaron divisiones, se instalaron algunos sanitarios en forma precaria y se llegaron a abrir algunas ventanas en el techo a los efectos de aportar cierta iluminación y ventilación. Pero hubo un pequeño detalle que no fue tomado muy en cuenta: en realidad la estructura de este entretecho no estaba demasiado preparada para soportar este nuevo uso. Apenas si se concibió como lo que originalmente era: un techo y, bajo él, los cielorrasos. El efecto fue demoledor. Veamos, si no.
Termino con una anécdota que hoy me resulta graciosa, a la distancia y con los ánimos más aplacados, aunque en su momento no tuvo ninguna gracia.
Han visto ustedes el conjunto de la totalidad del edificio que había sido vendido y, luego, plan mediante, donado al Municipio. Bien, cuando finalmente tuvimos acceso al inmueble para proceder a su desarme, nos encontramos con que faltaba parte del mismo, en particular el sector posterior. No poca fue nuestra sorpresa. Recuerdo que inmediatamente consultamos a Alberto Beban (fue Director de Ceremonial de la Provincia), quien actuaba como interlocutor o representante de la familia. Su respuesta nos dejó pasmados: “están equivocados, chicos, nosotros sólo donamos la parte de adelante”.
Mi entonces amigo, y a esas alturas compañero de aventuras en este poco común emprendimiento, el Bocha Martínez –tan fueguino como Alberto e intermediario en lo que fue la venta del inmueble al Sr. Carletti- le respondió: “no jodás Albertito, alguien se llevó la galería, ¿de qué estás hablando?” La respuesta de Alberto no nos dejó helados sino más bien calentitos. “Pienso aprovechar los materiales en otra parte”. Uno, en medio de tal discusión, no sabía qué hacer o decir. Sin embargo disparé, fiel a mis diplomáticas actitudes:“si te llevás la carpintería que daba a la galería de atrás te denuncio”. Por suerte la carpintería original sigue ahora en su lugar.
Mientras este amable diálogo se desarrollaba, unos operarios contratados por Alberto y vaya uno a saber quienes más, se dedicaban a arrancar, literalmente arrancar, instalaciones eléctricas, caños de gas y agua, lavabos, inodoros y canillas vetustas. Basura, pura basura, que además nada tenía que ver con la vieja casa. Supongo que el límite del operativo Bubulina (1) fue la carpintería que daba a la galería. En algún punto debía detenerse el recupero de quienes no creyeron que íbamos en serio.
Decía que la mayor parte de lo que los operarios de Alberto & Co. arrancaban no era importante. Sin embargo habían desaparecido algunos elementos que sí lo eran. Por ejemplo la salamandra y las arañas de la sala principal. Ya llegaría el momento de negociar para recuperar algunas. El resto era –insisto- descartable y poco tenía que ver con el objetivo de reconstruir lo que fue una notable casa de un ignoto villorio llamado Ushuaia, luego una clínica; más luego un hotel y por último otra vez vivienda, aunque ya sin el esplendor del pasado. Por allí había pasado mucha gente. Nada menos.
Es que el tema central no era la familia Beban (con el respeto que me merece, debo aclararlo), sino algo diferente. Estaba en juego la memoria colectiva o, en todo caso una memoria que intuíamos necesaria construir. O se plantaba un mojón significativo del pasado, por pequeño que resultare, o inexorablemente la demolición modernizadora avanzaría sin descanso, hasta que todo se terminara de perder. Son apuestas. En ellas se gana y se pierde.
(1) Para los memoriosos, me refiero a una de las escenas más patéticas de la película Zorba el Griego. Nunca me la he podido sacar de la cabeza.
Luego, y perdonen la insistencia. ¿Alguna vez los señores que a lo largo de los años han transitado la Dirección Provincial de Energía (que no es provincial, dicho sea de paso, ya que en Río Grande sigue vigente una cooperativa que viene desde antaño) asumirán el desastre visual en el que nos han metido, a puro cable, postes de hormigón, transformadores a la vista, y cuanta porquería se les ha ocurrido, como si esto no fuese una ciudad sino una chacra habitada por pordioseros y porcinos?
En el post anterior publiqué una toma de la “fotito” que Amanda supo prestarme. Aquí va otra toma, algo más amplia, en la que se puede observar el famoso Trencito de los Presos. Para los que no conocen su historia, brevemente informo que se trataba de un tren de trocha angosta en el que se trasladaban encarcelados y carceleros desde el penal hacia la zona del Río Pipo para realizar uno de los trabajos principales que debían realizar los presos: obtener madera del bosque natural que rodeaba y aún rodea a Ushuaia, algo más magro y –en mi opinión- con riesgo de disminuir todavía más, con severas consecuencias.
Es posible observar también, a lo lejos y un poco difusa, la Casa de Gobierno y residencia del gobernador. Más lejos, el Banco Nación. El penal está oculto por el caserío. Al fondo, el Olivia. La costa se encuentra a la derecha de la imagen, ahí nomás en ese entonces.
Por último nótese que la actual Avenida Maipú (que ha terminado siendo una impactante “doble mano” cuasi una autopista del sur) no mantiene un nivel constante, casi horizontal, sino que presenta desniveles. Estos desniveles iban oscilando hacia las espaldas del observador, según la topografía natural de la zona costera. Esta situación se iba acentuando en las calles paralelas a la costa, trazadas en sucesivas cotas ascendentes cada 80 metros, siguiendo un eje que nacía en la zona del penal (actual calle Yaganes) y culminaba por el sector en hoy se encuentra el denominado Paseo del Centenario, calle Onas. Estas paralelas a Maipú son las actuales San Martín, Gdor. Deloqui, Gdor. Paz y Gdor. Campos. Estas calles paralelas se vinculaban entre sí por sucesivas calles perpendiculares a la costa, en sentido ascendente. En fin, una cuadrícula característica, con "manzanas" o macizos, de 80 m x 80 m. Ya contaremos más.
Finalmente, a la altura de la Av. Magallanes, la siguiente arteria paralela, se había acabado todo. Es más, unos cuantos años después hubo planificadores que supusieron que la Av. Magallanes sería algo parecido a una “avenida de circunvalación” que marcaría el límite de la ciudad. Que ilusos estos muchachos. Se equivocaron fiero.
Nota: Ya que estamos, recuerdo que la fotografía que ilustra el encabezamiento de esta saga, pertenece a Alejandro Madril, quien generosamente ha permitido su publicación en ars.
-¿Y con Las Goletas qué va a pasar? –Preguntó Roberto- No me digas que se demuele. - Y sí. Carletti le compró el inmueble a la familia Beban y piensa poner una agencia de Lada –contesté- Estoy trabajando en el proyecto. El arquitecto Roberto Rimoldi, ex compañero de trabajo hacia fines de los ’70 y parte de los ’80, luego un amigo -que lamentablemente ya no está con nosotros- había sido designado Secretario de Obras Públicas por el entonces muy joven Intendente, Mario Daniele. Si la memoria no me falla, Roberto, otros amigos y quien escribe, tomábamos un café en La Galería del Jardín, como otros tantos días, enfrascados en la resolución del mundo.
-¡Qué cagada! -Sí, es una flor de cagada, pero te aseguro que al Sr. Carletti no le interesa Las Goletas. El va a poner una agencia de Lada, ya te dije.
Por ese entonces no tenía demasiada idea de lo que implica la preservación del patrimonio arquitectónico. Sin embargo no se me escapaba que iba a desaparecer un edificio que, si bien se encontraba en estado casi ruinoso, seguía siendo un ícono de Ushuaia.
Recordé un trabajo de investigación en el que tuve el privilegio de participar en tiempos universitarios, relacionado con lo que podríamos definir como “Arquitectura de Ultramar” desarrollada hacia mediados del siglo XIX por varias naciones europeas, en especial el Reino Unido (aunque no fueron los únicos, ya verán). Arquitectura que impactó en nuestro país hacia fines de ese siglo y principios del XX, ferrocarriles, puertos y lejanas explotaciones agropecuarias mediante. Soy nacido en Quilmes y conozco muy bien lo que eran las estaciones del tren. Y aclaro, aunque me vaya un poco de tema, he conjugado deliberadamente en pasado al verbo “ser”. Quienes conocen el Gran Buenos Aires saben muy bien a qué me refiero.
Años después pude refrescar aquella experiencia recorriendo la ciudad de Punta Arenas, conociendo sitios como Gaiman o Trevelin, El Calafate, Río Gallegos y alguna que otra estancia de la Provincia de Santa Cruz; la propia Tierra del Fuego, en especial las estancias del norte de la isla. Y Ushuaia misma, lugar que conocí en 1970 y en el terminé radicándome ocho años después. No olvidaba (ni olvido) las historias, referencias y tantas cosas más que generosamente Don Vicente (Vicente Canga, mi primer jefe en Ushuaia) supo compartir con, en ese entonces, un audaz jovencito venido del norte. Lamentablemente hoy tampoco está Vicente, todo un caballero.
Pero, repito, lo de la preservación en sí misma y sobre todo sus fundamentos, técnicas y estrategias, eran para mí algo muy poco conocido. Para ser sinceros, diría que desconocido.
Roberto, en sus tiempos de Director de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas del entonces Territorio Nacional, había sido designado como representante o referente en Tierra del Fuego de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos y Lugares Históricos. Amén de ello participó activamente en la recuperación y adaptación de la Antigua Casa de Gobierno en 1983, obra pública encomendada por el entonces gobernador, el último militar que tuvo a su cargo el gobierno de la isla, el Capitán de Navío retirado Suarez del Cerro a su amigo y colaborador, el Capitán Escobar, para nosotros (jóvenes profesionales del Ministerio y el Instituto de Vivienda) El Loco Escobar. Allí funcionó a partir de diciembre de ese año la novel Legislatura Territorial, institución nacida con el regreso a la Democracia. A Roberto el tema le interesaba.
¿Cómo no iba a sentir mi amigo la pérdida del edificio que todos conocíamos por entonces como El Hotel Las Goletas? ¿Cómo no me iba a hacer ruido en la cabeza esta circunstancia si yo había conocido al “novedoso hotel” junto a la Arq. Norma Villarruel (Normita, para los amigos y al decir de Don Vicente), en una “inspección” que debía realizar en su carácter de Jefa del Departamento de Obras Particulares del municipio, allá por 1978?
Algo había que hacer. Y vaya que se hizo. Esta historia continuará…
Allí está el emperador, montando su rotundo caballo, dominando desde lo alto de la Piazza del Campidoglio la perspectiva del foro que en su niñez y primera juventud supo pisar César, a modo de nuevo símbolo de la Roma imperial y la papal. Estamos en el siglo dieciséis y nada menos que Bounarroti acometió con el nuevo diseño de este espacio por encomienda del papa Pablo III (Farnesio él), en ocasión de la visita a la ciudad eterna del emperador Carlos I (o Carlos V, es lo mismo, un tipo poderoso sin duda, jefe del imperio en el que no se ponía el sol) consolidando un conjunto arquitectónico asociado a la idea de poder en el mismo sitio que en otros tiempos lo supo ostentar la orgullosa República de Roma, resumida en la sigla SPQR (Senatvs Popvlvs Qve Romanvs). Advirtamos al lector desprevenido que en esos tiempos Roma daba asco y el jefe de la Iglesia de Roma no podía andar pasando papelones ante semejante visitante y muy poco le importaba este asunto del Senado y el Pueblo de aquella ciudad (república) que supo tener más de un millón de habitantes antes de que Cristo naciera.
No cabe duda que la escultura es magnífica y todo un ejemplo, sobre todo técnico (un alarde diría) de la capacidad del viejo imperio. Lo curioso es que el personaje inmortalizado es Marco Aurelio, considerado un filósofo estoico, quien según muchos se comportó moderadamente -en el contexto de su tiempo- a pesar su poder. No creo que germanos, partos, galos y otros bárbaros pensaran lo mismo, pero dejaremos este “pequeño detalle” a los habitantes del Walhalla o quienes se anduvieron por la antiquísima Mesopotamia.
Don Marco emitió numerosas reformas de ley en las que limitaba los abusos de la jurisprudencia civil. Promovió medidas favorables para los esclavos, las viudas y los menores de edad reconociendo las relaciones de sangre en lo que respectaba a la sucesión. Estableció también una división social entre los honestiores y los humiliores ("el más distinguido" y "el menos distinguido", respectivamente) (1). Y digo más, si bien los “novedosos” cristianos no eran todavía admitidos, no se metió demasiado con ellos. La sangre no lo excitaba demasiado y por lo que se cuenta, en el circo prefería no prestar atención a lo que sucedía, leyendo absorto algún texto. Todo lo contrario que su hijo y sucesor, Cómodo Antonino, que estaba más loco que una cabra y no se privó de nada: puro sexo, drogas y rock and roll, sangre incluida. Por suerte para todos nosotros el actor Russell Crowe –ficticio Maximus- se lo deglute al final de la película El Gladiador, aún a costa de su segunda muerte (la primera y más importante ocurrió cuando mataron a su mujer e hija, eso está más que claro), gens en mano. Menos mal que hoy tenemos a Hollywood. Estamos salvados.
Volviendo a esta arquetípica escultura –enchapada en oro, además de estar realizada en el siempre apreciado bronce- es interesante acotar que sobrevivió a la codicia de más de un papa porque se la suponía un homenaje a Constantino, el gran emperador cristiano y no por sus valores artísticos o históricos. Después de todo en tiempos de Marco Aurelio Roma era un ámbito pagano, en tanto despreciable para el pensamiento medieval. Debe admitirse que algunas confusiones del Medioevo resultaron convenientes, al menos en este caso. Cosas de la historia, o de la vida, siempre bañada por los equívocos. Tened paciencia vuestras mercedes, que hacia allí vamos.
Pero estamos en el Renacimiento, decía, y detengo el paso en la ciudad (república) de Venecia, la de la sabia y defensiva decisión de emplazarse sobre el agua; la misma que siempre supo hacer buenos negocios con sus naves. La aparente adversidad del agua fue su fortaleza, la gran barrera defensiva de la ciudad estado. Allí, en il Campo di San Zanipolo, entre el Ospedale y la basílica de San Giovani e Paolo, nos encontramos con la majestuosa escultura de Andrea del Verrochio, estatua ecuestre del condottiero (mercenario, guerrero profesional) Bartolomeo Colleoni, hombre de estirpe longobarda. Venecia siempre supo darse algunos gustos, entre ellos inmortalizar –contra las costumbres de la sociedad veneciana- a un militar a sueldo que no había nacido entre los canales, quien sobre fines de la Edad Media supo prestar sus exitosos servicios bélicos a la ciudad del mítico Marco Polo, en particular los devenidos de los entredichos con la siempre peligrosa y no poco poderosa Milán.
Y si de Milán y el orgulloso jinete del soberbio equino plasmado por Verrochio hablamos, es imposible pasar por alto a Francesco Sforza, quien supo tener bajo su mando al amigo Colleoni (¿cómo, no era que luchaba para Venecia?) y también como hábil adversario en el campo de batalla. Francamente, si se me permite la digresión, no faltan los políticos contemporáneos que cuyas conductas se parecen a las del condottiero, "borocotización" mediante. (2)
Fallecido el gran Francesco, trepa al poder el más que inquieto Ludovico, il Moro, su quinto hijo, quien terminó cayendo bajo la presión del no menos inquieto rey de Francia, asociado a –vaya casualidad- la república de Venecia y el papa Borgia (Alejandro VI) y su célebre brazo ejecutor e hijo, César (¿habrá tenido algo que ver su nombre con el recuerdo de aquel César de la vieja Roma?). Cosas de señores y guerreros. Asuntos de la historia que desde mi punto de vista es bastante borgiana, digamos circular.
Leonardo nunca pudo olvidar las sesenta o setenta toneladas de bronce acopiadas para concretar El Gran Caballo, homenaje ecuestre dedicado al padre de Ludovico. Sobre todo porque se la había pasado diseñando majaderías (hoy se las llamaría “instalaciones” probablemente) aptas para festines y sorprendentes –por lo adelantado de su concepción, ninguna viable en aquellos tiempos, todas hoy una realidad- máquinas de guerra para Ludovico y estaba frente a la oportunidad de realizar la mayor y mejor escultura ecuestre de todos los tiempos. No las olvidó, al fin, porque habiendo realizado el modelo final en arcilla (de unos siete metros de altura, deliberadamente superador de la obra de Verrochio, a la sazón maestro de Leonardo), comenzó la guerra de Milán con la coalición apuntada y allá se fue el bronce, en bombardas y demás artefactos de muerte de aquellas épocas. Para colmo de males, perdida la batalla, los arqueros franceses no tuvieron mejor idea que practicar el tiro al blanco con el modelo de Leonardo (después de todo no se trataba de otra cosa que la exégesis de los Sforza), y literalmente hicieron pomada al modelo, en sí una obra de arte. Casi nada quedó del ambicioso proyecto de Leonardo. Bocetos, algún pequeño ensayo en escala.
Frustrante experiencia para quien siendo -y sintiéndose- un maestro, necesitaba superar todo lo hecho hasta aquel momento. Lo cierto es que no hubo caballo superador de Da Vinci pero sí un traslado a tierras galas, Gioconda bajo el brazo, en el que todavía quedaron fuerzas e ingenio para algunas notables intervenciones (por caso las curiosas escaleras de Fontainebleau), bajo la égida de su nuevo mecenas -el rey Francisco I- quien según se cuenta, lo admiraba a punto de tener al maestro en sus propios brazos a la hora de su muerte. Dato aparte, a modo de cotilleo histórico: da la casualidad que el rey Francisco tuvo como gran rival al citado Carlos I. Lo dicho: un gigantesco embrollo circular. Todo un culebrón.
La figura ecuestre es un tema complejo. El caballo (y no el homenajeado) es lo más difícil, particularmente si de esculturas coladas en bronce hablamos. En fin, no es cuestión de hacer de esto un mamotreto. Baste mencionar que sobran ejemplos de homenajes ecuestres a lo ancho del mundo. Algunos muy buenos y otros, más de lo que uno desearía, mediocres. Muy pocos, quizás ninguno, como los del exquisito Verrochio o el desconocido escultor de la vieja Roma. Eso sí, a los poderosos siempre les ha gustado el bronce y, si es a caballo, mejor. Machismo puro, aunque no está de más adoptar una actitud prudente ante las "amazonas" del nuevo siglo. A mi me asustan, lo confieso.Luego, están los equinos y sus verdaderos jinetes, esos que saben y dificilmente serán plasmados en el bronce.
Pasaron los tiempos, cambiaron algunas costumbres. Los pueblos fuimos al rescate de nuevos héroes (o anti héroes; somos posmodernos) y míticos personajes, bronce mediante. Ya lo dijo Horacio Salas, en su muy recomendable obra El Tango (3), refiriéndose al Zorzal Criollo, Carlos Gardel: “…La sonrisa perenne, indestructible, adquiere tal carácter simbólico que además de acompañarlo como un tic estereotipado en sus fotografías lo acompaña en el monumento que se levanta sobre su tumba en el cementerio de la Chacarita. Cuando uno de sus más fanáticos seguidores lo bautiza “el bronce que sonríe”, por sobre la cursilería de la metáfora está la realidad: Gardel es de bronce.” Se sabe: Gardel cada día canta mejor.
Es Gardel precisamente quien engendra junto al gran Le Pera allá por 1935, a un “…noble potrillo / que justo en la raya / afloja al llegar…” Por una cabeza, tango inmortal, ese que nos cuenta de otras batallas, las de los eternos perdedores. Miserias, arrojos inútiles, éxitos a lo pirro, seguras derrotas. Historias de hipódromo y “burros”. Caballos de noble estirpe tales como Lombardo (vaya casualidad, me acuerdo de los muchachos de Milán, sus guerras y la Lombardía), Yatasto, Lunático, cuyo dueño era justamente el gran Carlitos. Vueltas y más vueltas de la vida, como las de la pista de carreras en la que los nobles equinos ponen todo, sabiamente guiados por diminutos jinetes, livianitos pero corajudos, mientras una multitud es capaz de jugarse todo, absolutamente todo, a cambio de nada o en todo caso, de una ilusión atravesada por la ambición o la desesperación. Igual que la historia de Ludovico quien, como hemos contado, terminó como Tarzán: desnudo y a los gritos. Por una cabeza...
Quien no acabó como el gran Tarzán, por prudente, y para muchos habitantes del Río de la Plata merecedor del bronce, ha sido Ireneo Leguisamo, “Legui” para los allegados y/o fanáticos. Maestro nacido en el Uruguay que ganó su última carrera tan solo a los setenta años, todo un joven. Gran jinete, un caballero y eximio bailarín del Turf, que no montaba al animal sino que formaba equipo con el bicho para hacer de la contienda un tango inmortal. Un tipo sensible, con la percepción necesaria para comprender al noble animal. Quinientos clásicos ganados. Para eso hay que saber hacer las cosas, sin violencias, pacientemente. No siempre sale bien, no es tan sencillo. Dije que Ireneo ha sido un grande o algo por el estilo. ¿Hay quien en este gran Río de la Plata lo ponga en duda?
No conozco de bronces que honren la trayectoria de Leguisamo pero sé, como creo que sabe la mayoría de los argentinos con un mínimo de memoria, de una bebida espirituosa que adoptó su apodo: Legui. Caña quemada Legui, licor que "nació" en honor al "Pulpo" (así le decían los amigos) a base de alcohol, azúcar, hierbas y agua. Se lo llamó “el licor argentino”. Se lo publicitó de extraña manera por medio de un comercial que hizo historia y que, vaya novedad, no transcurría en nuestras húmedas pampas. Un estúpido comercial según mi percepción, tan estúpido como nostros mismos. Miremos.
¿Por qué habrán puesto caballous? Respuesta: pregúntenle a Marco Aurelio, gilunes.
1. Interesante este asunto de los honestiores y los humiliores. No estaría de más profundundizar al respecto 2. Ver, para mayor comprensión de quienes no tienen la suerte de habitar estas hermosas tierras. AQUÍ. 3. Horacio Salas. El Tango. Emecé Editores S.A. 2004, Buenos Aires.
P.D. Ya que estamos ¿han notado la diferencia de gesto entre Marco Aurelio y el amigo Colleone? Ese palote que el condottiero lleva en su mano intimida.