27/01/12

Cuadrados


“Lo que aquí cuenta, desde el principio hasta el final, no es el supuesto conocimiento de unos supuestos conocimientos de unos supuestos hechos, sino la visión, ver. Ver (…) va asociado a la fantasía, a la imaginación. Esta vía de indagación conducirá, de una constatación visual de la interacción de un color con otro, a una conciencia de la interdependencia del color con la forma y la ubicación, con la cantidad (que mide las magnitudes de extensión y/o número, incluida la recurrencia), con la cualidad (intensidad luminosa y/o tonalidad) y con la acentuación (por límites que unan o separen)”[i].

Noche. Presencias, penas y olvidos se diluyen, sin desaparecer. La luz nos abandona y no vemos, aunque nuestro pensamiento continúe haciéndolo. Podría tratarse de sueños aunque no hace falta tanto: las imágenes están allí, siempre. Y con ellas el color. No podemos desprendernos de él, porque hemos visto y nos han contado. Así y todo, las sombras hacen su trabajo, inquietante. Lo visto y lo que nos ha sido relatado nos pertenece, es inherente a nuestro ser. También lo que no podemos ver. Imaginamos.

 El día que acaba ha sido azul, quizás celeste. Apenas unas horas atrás un cielo apabullante acompañó nuestro despertar. Azul y cielo, asociación instintiva, cultural me animo a decir. Azules esperanzadores que ensanchan expectativas e invitan a levantar la mirada. Pero… ¿Dónde está el cielo? ¿Es azul? Podría ser rojo, también gris. ¿No era, acaso, que los grises pertenecen al reino de la noche, donde se regodea la penumbra? ¿Y si se trataba del mar, el que suele ser verde?

No. Definitivamente el cielo fue azul y en él brilló el rojo intenso del sol. Porque lo vemos amarillo pero sabemos que es más rojo que amarillo. El explota, es fuego, y gases de color incierto lo rodean. Sin  embargo dudo: hemos visto llamas azules en el fuego. Van Gogh lo vio naranja, también amarillo. No recuerdo si el rojo estuvo en su paleta. Pero El es rojo… ¿Lo es? ¿Dónde están las sombras de la noche, me pregunto, mientras pienso en los colores del sol? ¿Acaso el sol tiene color, o el aire, es decir el cielo?

Y el mar también está, verde o azul. Gris y marrón en la tormenta, dorado en la paleta de Caspar Friedrich, atardeceres mediante o a la luz de la luna; blanco en la cresta de sus olas, cuando estallan en algún acantilado o simplemente se diluyen en el llano de la playa, aunque el agua es incolora, lo sabemos. Como sabemos de los cambiantes colores del mar, que es agua. Es curioso, hablo de los colores del mar y resulta que es de noche, no hay luz. No lo veo, solo lo intuyo, sé que allí está y pienso en su color. Podría tratarse del bosque y no del mar. ¿Es el bosque verde? Hay fuego en el bosque, entonces es rojo. ¿Puede ser rojo el mar? Dicen que las noctilucas lo aseguran.

¿Qué vemos los que decimos ver? Colores. Todo un tema.







[i] ALBERS, Josef. La interacción del color. Madrid, España, 1º edición 1963, Yale University, Alianza Forma, 1979.

22/01/12

Armas secretas

El Gobernador Rosas ordenó la construcción de un fuerte para contener el avance de los malones en lugar estratégico, hacia el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires. El Coronel de Milicias Pedro Burgos partió entonces desde los pagos de Chascomús y en diciembre de 1832 fundó el antiguo fuerte de San Serapio Mártir del Arroyo Azul. Esta presencia militar posibilitó la colonización de la zona, a partir de la donación de tierras decretada tres años antes por el gobierno provincial, bajo una serie de requisitos en cuanto a poblamiento y defensa de la frontera. Así nació la Ciudad de Azul, declarada como tal en 1895, hoy Ciudad Cervantina.


Centenares de ciudades de la República Argentina, Azul una de ellas, se desarrollan en ordenada cuadrícula y poseen una plaza, digamos “central”. En torno a este espacio se distribuyen (¿emplazan?), los edificios más importantes institucionalmente hablando, si nos atenemos a épocas fundacionales. Como en muchas ciudades del país la plaza lleva el nombre del Libertador, José de San Martín. Hay una explicación histórico urbanística sobre el particular, que nace en tiempos del viejo Imperio Romano, pasa por la Leyes de Indias y remata en algunos conceptos desparramados por buena parte del mundo de la mano del urbanismo neoclásico del Barón Haussman, el de la ambiciosa renovación de París en tiempos de Napoleón III. Pero esta es una historia que no viene a cuento en este cuento. Luego, no creo que haga falta explicar la alusión al Padre de la Patria, repetida a lo largo y ancho de este país, bastante largo y razonablemente ancho por cierto.

Una de las cabeceras de la Plaza San Martín, la de Azul, está ocupada por el Palacio Municipal. En la otra hay dos edificios sobresalientes: la Catedral, de un depurado estilo neogótico, y un teatro: El Teatro Español; edificio que llama la atención por su equilibrada arquitectura, de impronta neoclásica. Este teatro, fundado en 1897, es el más antiguo de la Argentina en su género.
-- o --

Nos dirigíamos a la Ciudad de Buenos Aires por la Ruta Nº3. Pasado el mediodía, a poco más de 200 km de nuestro destino, el lógico cansancio del viaje y el llamado de nuestros estómagos imponían una pausa. El desayuno supo ser frugal y un buen sándwich no vendría nada mal. Hubiera bastado con detenerse en una estación de servicio a la vera de la ruta, pero la avenida que lleva al centro de la ciudad, rotonda mediante, invitaba a la siempre presente tentación de echar un vistazo al lugar, a pesar de la temperatura ambiente, que se hacía notar. Y allí fuimos, al “centro” que, cardos y decumanos mediante, resultó fácil de localizar.


Camino a la Plaza San Martín, entre tanta construcción "moderna", iban apareciendo majestuosos edificios de porte clasicista y ecléctica arquitectura, mojones del pasado que ratifican el relato de un tiempo singular de nuestra historia, ese que va de fines del siglo XIX a las primeras décadas del XX. También algunas casonas, características de pueblos y ciudades camperas, algunas impecables, las otras sumidas en un injusto olvido. 


Mientras manejaba el vehículo con destino a un bar o confitería donde yantar (en lo posible con aire acondicionado), registraba las paradas que haría al retornar a la ruta para capturar estas imágenes en la memoria de mi cámara fotográfica, sabiendo que las damas de la familia que completaban el pasaje en la travesía harían uso explícito del derecho a queja, impaciencias mediante. La experiencia en estas lides domésticas, supongo, hizo que detuviera el vehículo en plena plaza. Por lo pronto, en esto de encontrar un sitio para el resuello tendría a mano y al pasar, varios objetivos a los que apuntar mi cámara. Sólo sería cuestión de caminar un par de cuadras bajo los rayos del sol, que derretían todo lo que se les pusiera a tiro. Las caminamos por cierto, hasta encontrar un bar en el que no había aire acondicionado, apenas unos sufridos ventiladores. La parada fue dura, pero los especiales de lomito resultaron reparadores. Y yo saqué mis fotos, al menos unas cuantas.

En las fotos estaba, concentrado en la fachada del Teatro Español, ya de vuelta y haciendo la digestión. De pronto me pareció oír unos ruidos extraños, posiblemente gritos. Como soy algo distraído y estoy un tanto sordo, no presté mayor atención. Además se imponía la necesidad de hacer caso omiso por unos minutos a las quejas familiares. Gajes del oficio diría un amigo, que no viene al caso nombrar.


“¡Carajo! A vos te estoy hablando (acoto: lo de hablar era a todas luces un eufemismo), no jodas con la bicicleta.” ¿Se dirigía a mí el hombre que, calle de por medio, gesticulaba ampulosamente? No, seguro que está increpando a alguien, me dije, mientras atendía al “clic” de la cámara fotográfica. Por las dudas volví la mirada a mis espaldas: no había nadie. Sólo la plaza vacía, incandescente bajo los rayos del implacable sol. A lo lejos, digamos una media cuadra, me esperaba el resto de la tripulación, con cara de culo, bajo la exigua sombra de un árbol que pedía a gritos una buena dosis de agua. Las tripulantes también.


“Te dije… bicicleta… no…” Evidentemente –clic- el señor se dirigía al irresponsable que andaba a cabeza descubierta –otro clic- sacando fotos al voleo, luciendo un atuendo fiesteramente veraniego que por pudor no describo, con anteojos de los que se utilizan para leer a partir de cierta edad superpuestos a las gafas de sol, calzando unas cómodas alpargatas; pelos, barba y bigotes desenfrenados: yo. Admito que mi accionar podía resultar sospechoso, sino insólito. “No te permito, la p…”, exclamaba el sujeto. ¿Y a este qué le pasa?, pensé. De todos modos –clic otra vez, la última- mejor irse, decidí. Si no retomamos el viaje tronará el escarmiento familiar. Encima, la radio no caza una emisora que pase algo de buena música y no tengo un miserable CD como la gente. Si no la corto ligo hasta Cañuelas. Son más de cien kilómetros. Mejor nos vamos de una buena vez. Y nos fuimos nomás.

¿Qué le pasaba al tipo de la plaza? La pregunta daba vueltas en mi cabeza mientras conducía el automóvil, esquivando camiones, hacia nuestra destino. ¿Qué le habré hecho? Nada, si yo estaba sacando fotos al teatro… ¿Se tratará de un gallego[i] cascarrabias? No creo. ¿Por qué le molestaría que fotografíe el edificio? Vaya uno a saber. Pero ¿por qué estaba tan enojado? Es más, bien podría haberle expresado mis quejas por haberse interpuesto entre mi cámara y el edificio, arruinando la toma limpia de su fachada. ¿Quién lo mandó a meterse? En fin… Seguí manejando. Ya estaba inmerso en el caos de tránsito que caracteriza a los accesos a la Capital y el horno no estaba para bollos.

Unos días después, muy lejos de Azul, me pongo a repasar las fotos que guardaba en la memoria de mi cámara, copiando una selección de las que considero mejores en mi computadora, descartando el resto. Y entonces vi, comprendí lo había pasado aquel día. Al mejor estilo Blow Up (Michelangelo Antonioni), lejana versión cinematográfica inspirada en el cuento Las babas del diablo (Julio Cortázar), registré sin proponérmelo algo inconveniente. Acá no hubo asesinatos ni la música de los Yardbirds, apenas sonaba por ahí, lejana e indefinible según recuerdo, una cumbia de Gilda. Tampoco estuvieron David Hemmings ni Vanessa Redgrave, sino el tipo y yo. Años luz separan lo que cuento del relato de Julio. Sin embargo, cuando el zoom hizo su trabajo comprendí que había capturado la imagen un afilador[ii] callejero. Un afilador de los de antes, similar al que pasaba por el frente de la casa de mi niñez, rara avis en los tiempos que corren. Y con él lo más sabroso: sus armas secretas. Como para no enojarse.


¡Salud, señor afilador! Ha sido usted descubierto in fraganti gracias a un bello teatro, la curiosidad de quien escribe y aquel calor que imponía un necesario descanso, por todos merecido, usted incluido. Puedo comprender su enojo, después de todo a nadie le gusta que registren sus personalísimas armas: la bicicleta-taller y el infaltable instrumento de viento que anuncia con sonido inequívoco su llegada.

Sepa que por un instante, mirando las fotos, me ha trasportado hacia tiempos felices, aquellos de las calles del viejo barrio en las que no había zapatos que resistieran más de una temporada, pateando pelotas de rastrón, emulando a los “cracks” que las figuritas inmortalizaban, sin miedos ni fantasmas. Sepa también que me encantaría que se diera una vuelta por casa, un imposible, claro. Eso sí, las puteadas te las podés guardar en el bolsillo, pibe.



[i] En la Argentina se llama genéricamente “gallegos” a todos los españoles (o sus descendientes), del mismo modo que “Tanos” a los italianos, “Rusos” a judíos y naturales de países del este europeo o "Turcos" a las gentes que provienen de diversos países islámicos. Cosas de la inmigración, por definirlo de algún modo.
[ii] Quien afila cuchillos, tijeras y demás, a domicilio, en forma ambulante.

15/01/12

Bajo tierra


Enero 2012, el calor aprieta. Andar por las calles de Buenos Aires es un desafío, sino el destino del laburante. En la superficie dirimen supremacías asfaltos y hormigones, acompañados por una comparsa insoportable y vocinglera de automóviles, buses, ambulancias, motos y cuanta fuente de ruidos puede existir en una ciudad. A pesar de ser época de vacaciones los embotellamientos no aflojan. Como no aflojan el sonar de bocinas e impaciencias, las ocupaciones callejeras y el trasiego de los equipos de aire acondicionado, aportando más temperatura al ambiente. Mientras tanto, en las entrañas de la ciudad se desparraman sesenta kilómetros de vías por las que circulan los trenes del Subte transportando a diario más de un millón y medio de ensimismadas personas que –estoicas- soportan más calor todavía y el hacinamiento de las horas pico. Seis líneas, 78 estaciones, diversas combinaciones, comercios de todo tipo, comidas al paso, una millonaria recaudación diaria en concepto de pasajes, publicidad, cánones de uso... También un espacio de oportunidades, ámbito de subsistencia de soñadores y desplazados, habitantes de un mundo bajo el mundo. Otro mundo.


Avenida Corrientes y Agüero, estoy en el Abasto. La noche se va acomodando. Cenaré en casa de mi amigo, recientemente mudado a la zona Parque Saavedra. Es un trecho, Buenos Aires no es una ciudad corta. Encaro para el subte, estación Carlos Gardel, línea “B”. A esta hora, pienso, se puede viajar tranquilo (a pesar de los calores), tanto que me animo a portar un viniyo espumante para brindar, pudendamente disimulado en una bolsa muy bonita, de las que te entregan cuando comprás una pilcha. Antes de llegar al molinete de acceso a los andenes del tren subterráneo, en el pasaje que empalma el shopping emplazado en el lugar del viejo mercado con el sector de boleterías y los infaltables locales soterrados, siempre mínimos, escucho una melodía de Mozart. Si no me equivoco se trata del Concierto para Piano Nº 21. Lo ejecuta una señora delgada, de porte elegante, pelo muy corto que no oculta las canas que el tiempo regala a todos sin excepción. No me llama la atención, la he visto (y escuchado) en varias oportunidades, siempre en el mismo lugar. Es más, no hace mucho descubrí que tenía voz y un fuerte acento propio del este europeo, mientras le indicaba a un transeúnte cómo llegar a la Estación Once, de la línea “A”, aquella que fuera inaugurada en 1913. Comento lo que comento porque ella, la señora, no suele hablar. Simplemente se limita a interpretar a distintos compositores clásicos durante varias horas. Bajo el piano se encuentra la funda del mismo, haciendo las veces de escaparate en el que exhiben para la venta unos ocho o nueve CDs que guardan su música. En la pared, bendiciendo el lugar, hay un cartel fileteado con la imagen del Zorzal Criollo, que aquí muestro.


“Señoresss passsajerosss, vengo a ofreceeer la novedá: la tiritaaa iluminadaaa, para diversión de niiiños y adultosss, recién immmportadaaa de Malasssia…La tiritaaa que no puedeee faltaaar en niiingún hogaaar…” Estamos en el tren, camino a la estación Pueyrredón y el infaltable vendedor de lo que venga, o mejor dicho uno de los vaya a saber cuántos que andan por los trenes del subterráneo, nos ofrece al módico precio de diez pesitosss, una especie de culebra plástica que, histérica, cambia de colores y es capaz de adoptar diversas formas para ser enroscada en el brazo, el cuello o donde el niiiño desee. Mientras observo el desarrollo del ciclo de ventas (magro, por cierto, cosa esperable; la “tirita iluminada” no entusiasma demasiado), que dura exactamente lo que el tren demora de ir de una estación a la siguiente, relojeo el avance de un par de muchachos, todavía en el vagón siguiente de la formación. Y escucho una tambora, o algo por el estilo.

El tren encara hacia la estación Pasteur. Los muchachos, dos para ser precisos, una guitarra convenientemente amplificada y efectivamente una tambora (más otros instrumentos de percusión), regalan a los pasajeros unos sones carnavalescos, en una especie de “mix” de murga y candombe que abarca las dos orillas del Río de la Plata. ¡A divertirse amigas y amigos!, proclaman los músicos. Es posible que se trate de una impresión subjetiva pero se me ocurre que no faltaron ganas de ponerse a bailar. Cerrado aplauso de los pasajeros y una gorra que recibe varias monedas y algún billete. Y esto no es nada. Mientras se desarrollaba el recital entre estaciones, digamos unos tres minutos, quizás cuatro, también anduvo por allí un ciego, canchero en esto de sobrevivir bajo tierra, al punto de haber ensayado unos moderados pasos de baile, siguiendo el ritmo de los muchachos. El ciego también ligó.

Entre Pasteur y Callao, un hombre de mediana edad ofrece a damasss y caballerosss  CDs que contienen la música de diferentes artistas, todos “estrenos”, al quinto de su valor habitual. Para que la amable audiencia corrobore la calidad de la mercadería que ofrece, el hombre carga un equipo portátil de reproducción bastante sonoro. El detalle está en los parlantes que, cual apéndices con aspiración de alas, surgen de su espalda a la altura de los omóplatos. Curioso ángel, pensé.

Ya vamos a la estación Uruguay. La cosa se presenta dura. Mientras el hombre de las alas electrónicas avanza hacia el siguiente vagón, aparece una suerte de heterodoxo de la Sierra Maestra, pero de acá: barba y pelo desaliñado, camiseta tipo “musculosa”, shorts a media pierna y ojotas. Mentalmente pido disculpas a José Martí por el zafarrancho que el personaje hace con su poesía, tan hermosa por cierto. El quía se ha disfrazado de revolucionario posmoderno y canta como la mona. Y bueno, allá va el hombre. Después de todo, admito, el calor condiciona. El hambre también. Por suerte, del vagón vecino llegan los acordes de una chacarera de Don Andrés Chazarreta que, camino a la estación Carlos Pellegrini, se desparraman por el vagón gracias a la sonora voz de otro ciego, hombre bien plantado, que se acompaña con una gastada guitarra. Fórmula infalible. Hubo aplausos nuevamente y la gorra capturó algunas monedas.


Me bajo para combinar con la línea “D”, debo ir hasta Congreso de Tucumán. Se va haciendo tarde y el enjambre de pasillos, andenes, escaleras, sucuchos y quioscos que configuran el nudo gordiano que en la superficie corona el Obelisco, se despeja. A estas horas es posible caminar por allí sin que el río humano propio de los horarios diurnos te lleve por delante. Las cortinas metálicas van bajando, los mostradores en los que expenden dudosos comestibles se vacían, aunque persiste el aroma de la fritanga. Un tipo, acovachado junto a una escalera arranca de un fuelle las últimas notas de un largo concierto ofrecido a todos, que no es para nadie. Adiós Nonino, Piazzola. La romería de músicos de toda laya, aventureros, vendedores ambulantes, tullidos, pungas, lastimados e indigentes, continúa su tránsito por los vagones que siguen circulando, posiblemente en la última ronda. Y se van yendo, nadie sabe dónde, como el día.

Entre 9 de Julio y Congreso de Tucumán median catorce estaciones. Es prudente interrumpir aquí este relato. Vaya mi homenaje, entonces, a los seres anónimos que habitan las entrañas de la ciudad, invitando al lector a ver este video, uno de los tantos que registran cosas que ocurren a diario en la Reina del Plata, bajo tierra.



Sugiero visitar, entre otros, estos sitios:


Diccionario:
Laburante: Trabajador.
Subte: Transporte subterráneo. Metro.
Viniyo: Vino.
Pilcha: Ropa.
Relojear: Observar.
A la gorra: Gratis.
Canchero: Conocedor, perito.
Liga: Suerte; agarra, atrapa.
Quía: Tipo innominado.
Sucucho: Vivienda del soltero. Lugar pequeño. 
Fritanga: Fritos.
Acovachado: Acomodado en un sitio; acurrucado.
Fuelle: Bandoneón.
Punga: Ladrón, carterista.


Para más referencias ver el Diccionario de Lunfardo, publicado aquí.
Nota: las imágenes que aquí se reproducen han sido tomadas de distintos sitios de Internet, de uso gratuito, y son utilizadas sin fines comerciales.

30/12/11

Año nuevo, vida cotidiana



“Año Nuevo es la fiesta que celebra el inicio de un nuevo año.”

Esta esclarecedora definición inicia el artículo publicado en WikipediA sobre esta generalizada fiesta, que no es de ahora, dicho sea de paso. Tampoco la única, aunque cierto es que por distintos motivos la mayor parte de este planeta festeja de algún modo el cambio de año según reza el calendario dispuesto por el papa Gregorio XIII tiempos del Renacimiento, allá por el siglo XVI, si no me equivoco.

No tenía en mente formular una crítica a la (para mí) interesante y muy peligrosa WikipediA. Pero no puedo con mi genio. Interesante porque es una herramienta formidable. Y por la misma razón, peligrosa: se pueden construir herramientas formidables que posibiliten la generalización de inexactitudes y/o giros literarios del tenor del señalado, formateando el pensamiento de cientos de millones de seres humanos. Por eso, amigos lectores de este pequeño espacio repito algo que no me he cansado de manifestar a cuanto joven estudiante se cruzara en mi camino: “cuidado con la Wiki.”

Volviendo al Año Nuevo o, mejor dicho, a los Años Nuevos, apenas digo que es bueno esto de festejar lo que está por venir. No conozco civilización, pueblo, cultura, o lo que fuese, que no tenga o haya tenido una celebración en este sentido cosa que, si lo pensamos un poco, es absolutamente lógica. En definitiva los seres humanos tenemos –entre otros- un motor existencial cuyo combustible se compone de esperanzas y expectativas por lo que vendrá, más miedos e incertidumbres por similares razones. La esperanza se festeja, la incertidumbre se conjura. Moraleja: necesitamos una fiesta.

Me voy yendo hacia el nuevo año mientras pienso que si nos ponemos ecuménicos, no faltarán motivos para reiterar festejos y conjuras. Apelando a la información aportada por la WikipediA, paso un calendario que, por las dudas, sugiero verificar.

Africa
Enkutatash, la celebración del Año Nuevo etíope, el 11 de septiembre.
América del Sur
We Tripantu, la celebración del Año Nuevo mapuche, tiene lugar el 24 de junio.
El Año Nuevo Aimara se celebra cada 21 de junio, la época del solsticio, con la llegada del invierno.
Medio Oriente
Rosh Hashanah, la celebración del Año Nuevo judío, suele llevarse a cabo en septiembre.
El Año Nuevo musulmán se celebra el 1 de muharram, cuya fecha correspondiente en el calendario gregoriano varía de año en año puesto que el calendario musulmán es lunar.
Asia Oriental
Losar, celebración del Año Nuevo tibetano, se realiza entre enero y principios de febrero.
Sudeste Asiático
En Tailandia, Camboya, Birmania y Bengala el año nuevo se celebra el 14 de abril.
Tết, celebración del Año Nuevo vietnamita, se celebra junto al Año Nuevo Chino.
Asia del Sur
El Año Nuevo hindú se celebra dos días antes del festival de Diwali, a mediados de noviembre.
Ugadi, celebración del Año Nuevo telugú, se efectúa entre marzo y abril.
Nouruz, celebración del Año Nuevo iraní, se lleva a cabo en el equinoccio de la primavera (21 de marzo, aproximadamente).
Naw-Rúz, la celebración de la Fe bahá'í, se realiza en el equinoccio primaveral (21 de marzo).
Europa
Algunos miembros de la Iglesia ortodoxa, como mantienen el calendario juliano, festejan el Año Nuevo el 14 de enero.
Entre los aborígenes guanches de Tenerife (Canarias, España), el Año Nuevo se celebraba con la recogida de las cosechas (aproximadamente el 15 de agosto), y se conocía con el nombre de Beñesmer.
Entre los rosacruces de AMORC se celebra el nuevo año entre el 21 de marzo y el 23 de marzo, lo más cerca posible del equinoccio de primavera.
1 de Vendimiario, celebración de Año Nuevo según el calendario republicano francés, equivale al 22 de septiembre.
Samhain, celebración de Año Nuevo del neopaganismo celta, cerca del 1 de noviembre.

En fin, no estaría nada mal festejar todo el año a los nuevos años. Es, supongo, una forma interesante de encarar las cosas que nos van pasando. Cada día de nuestras vidas implica una renovación.

Felicidades. Nos vemos el año que viene. Es decir siempre.



Nota 1: Por cierto, a los occidentales y cristianos todavía nos queda, pasada la fiesta del Año Nuevo, la llegada de los Reyes Magos. Al respecto, me remito a este post, publicado doce meses atrás.
Nota 2: No me quiero poner pesado con la Wiki. Sin embargo, si se lee la relación de “años nuevos” que allí se publican, rápidamente se concluirá en que no solo es incompleta sino que está pésimamente redactada. Es lo que hay... Y no es resignación lo mío. Sólo una lectura, por decirlo de algún modo.

24/12/11

Se viene la Navidad (V)


¡Qué rico, chico! Se viene la Navidad.